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Editoriales | Paro Nacional

Vándalo

Richard Eduardo Hayek Pedraza
[email protected]
Licenciado en Educación Básica con énfasis en Lengua Castellana
IDEAD Universidad del Tolima

VÁNDALO. S. Hombre o mujer, sin que el género importe mucho; tampoco el número porque hoy por hoy son miles; con más porvenir que edad; cuya conciencia y acciones políticas, lejos de estar alineadas con alguna rancia ideología, representan el pensar y el sentir de los marginados, de los expropiados, de los exiliados, de los desaparecidos, de los que perecieron, de los más pobres de una larga taxonomía de pobres… para abreviar, de los pobres de todos los tiempos y espacios juntos. 

El vándalo es una especie nueva de homo sapiens, digamos que es un homo sentis (y me importa cinco si tal nombre existe o no), que vivió erguido a manos del Estado por varias generaciones; que aprendió a hacer fuego con lápices y versos; que resistió diluvios de antaño y apocalipsis postmodernos al amparo de la naturaleza y los cantos ancestrales; que sobrevivió a la hambruna de salario mínimo con pan de campo y sació su sed de justicia con agua de panela, masato y chicha de maíz; que persistió en sus sueños de libertad y equidad social, pese a la pervivencia de un sueño totalitario y homogéneo que se tragó pueblos enteros. 

El vándalo promedio se reconoce a la legua: en el rojo lacrimógeno de sus ojos; en el olor a leche que corre trasnochada por su rostro; en el andar sin reverencias con que cruzan las esquinas; en la heroica estela que dejan sobre el asfalto, tras las barricadas de la primera línea; en los CAI’s donde “son tocados hasta el alma”; bajo las tanquetas donde son partidos a la mitad “por accidente”. 

Se sabe que alguien es un vándalo porque se apellida indígena, campesino, afro o mestizo; porque no viste como la gente de bien, sino que anda desarreglado de diferencia, de diversidad de pies a cabeza… siendo hombre, mujer o ambas; de cabello largo, corto, multicolor, incluso calvo; aretes, piercings, expansiones, tatuajes; perfumado de graffiti y trementina, de compa, de café caliente de $500, de cigarro que se rota, de última cena, de palabras que van y vienen;  vestido de pobre a mucho honor, calzado de calle a todo fragor. 

Estos vándalos cargan en su mochila un libro o dos, algo de comida y uno que otro souvenir de

la patria que sueñan, no de la patria boba donde nacieron; fuman hierba, hermandad, compromiso y humanidad; y se desdoblan de opio y malabares por avenidas y semáforos de la gran ciudad, con unas ganas inmensas de jugársela al destino, de construir uno propio, uno en el que quepa Raimundo y todo el mundo.

Un vándalo se para fuerte, duro, inquebrantable así esté molido de tanto batallar; y sigue parado con los bolsillos vacíos y la conciencia limpia, cuando llueve agua, cuando llueven balas; sin que sus miedos, que los tienen, les impidan hacerse mito y leyenda en un país de pobres corazones, pese a la muerte anunciada que los convierte en crónica roja de la prensa sensacionalista.

En otra época, jamás me hubiese sentido representado por la palabra vándalo, pero hoy por hoy, siento mucho orgullo de serlo, de ser un vándalo a la distancia, pues nuestros jóvenes han logrado (re)significar tal palabra, la han (re)semantizado, la han transformado en todo un símbolo, quizás en el símbolo de un país cuyos símbolos han perdido peso, legitimidad y trascendencia. Vándalo es, ahora, gracias a Lucas, Santiago, Allison y los demás que perecieron

por intermediación del Estado colombiano; y a los que siguen en pie de lucha, sinónimo de héroe, de conciencia crítica, de ciudadanía, de democracia sentipensante, de humanidad que se abre paso en medio de la deshumanización generalizada.

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