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Editoriales | Paro Nacional

Una reflexión a propósito del Paro Nacional

Gabriela Arbeláez Rojas
[email protected]
Departamento de Matemáticas
Universidad del Cauca

Nosotros, hombres de la cultura europea occidental, con nuestro sentido histórico, somos la excepción y no la regla. La historia universal es nuestra imagen del mundo, no la imagen de la “humanidad” […]. Y cuando se extinga la civilización del Occidente, acaso no vuelva a existir otra cultura y, por lo tanto, otro tipo humano, para quien la «historia universal» sea una forma tan enérgica de la conciencia vigilante.
Spengler, O. (1918). La decadencia de Occidente

En estos días el panorama es desalentador. Las medidas represivas que ocurren a diario dan cuenta de un gobierno que no le interesa resolver la debacle social y económica que llevó a un pueblo empobrecido y en el límite de su capacidad de aguante a levantarse y exigir justicia social. Ante el panorama de violencia y muerte que nos rodea, el pesimismo y los sentimientos negativos parecen invadirlo todo. Sin embargo, a pesar de esta zozobra, se rastrean energías positivas en el ambiente: se percibe en la mirada de una joven en la que los rastros de ese mundo patriarcal y machista, que nos gobernó por siglos, empieza a desvanecerse; en la imponencia de una juventud más fuerte, resistente y comprometida con lo social; en la chica o chico para quien los problemas medio ambientales se vuelven algo muy serio que debe enfrentarse sin más dilaciones. 

Pero bajo mi lectura particular del momento, me permito afirmar que estos cambios posiblemente obedecen a un movimiento que está incubándose en un nivel global. Si bien es cierto que el asunto tiene múltiples matices, una de las caras de esa moneda es el inminente colapso del planeta que habitamos si no transformamos nuestra forma de vivir.  Lo anterior me obliga a hacer una reflexión. Si los problemas ambientales presionan al género humano a plantearse de una manera más equilibrada su relación con el entorno físico, no es posible seguir privilegiando aquella mirada unilateral del pensamiento occidental:  el mundo nos pertenece y por tanto lo podemos explotar y usufructuar a nuestro antojo. 

¿Será que en esta máxima se condensa el súmmum de los problemas a los que se enfrentan los seres humanos de todas las latitudes? A mi juicio aquello está evidenciando un punto de quiebre: la historia de la humanidad revela el hecho de que los pensamientos hegemónicos terminan por desaparecer en el tiempo, dando paso a nuevas culturas y cosmovisiones. El filósofo alemán Oswald Spengler lo predijo en el siglo pasado y se puede resumir en el título de su obra La decadencia de Occidente. Posiblemente los seres humanos nos estamos aproximando a una nueva era en donde hay un cambio de paradigmas, interconectados en todos los niveles; pero que se puede resumir en otra máxima: el mundo cada vez se sitúa menos del lado del hombre (masculino), blanco, occidental y va tomando un cariz femenino, multirracial y no occidental. 

En el Paro Nacional de 2021 han salido a flote varios elementos que apoyan lo anterior.  Desde la época colonial y aún siendo una población mayoritariamente mestiza, nos enseñaron a renegar de nuestro pasado indígena, como si ello fuese un estigma. En la movilización hemos sido testigos de un cambio. No es fortuito el recibimiento apoteósico que le brindó gran parte del pueblo a las mingas indígenas tras su llegada a las distintas ciudades. Pero quizás lo más importante fue el reconocimiento de las virtudes que practican sus comunidades; virtudes que se pueden resumir en solidaridad, resistencia y armonía con el entorno. 

En esta lenta transformación de un imaginario juega un papel esencial lo simbólico: el hecho de derrumbar estatuas de héroes ya caducados (ahora más bien anti-héroes) y de renombrar avenidas como la famosa Avenida Jiménez en Bogotá por Avenida Misak, da cuenta de un trueque de valores hacia elementos raizales y autóctonos. Yo pienso que la historia de Colombia se volverá a escribir. 

En otro ámbito, tuve la oportunidad de escuchar la entrevista que le hizo un reportero independiente a una chica (no universitaria) en Puerto Resistencia. Allí fui testigo de las palabras de una joven de la primera línea de resistencia que da su visión del conflicto y del porqué no están dispuestas y dispuestos a dar su brazo a torcer. Esta mujer representa a una mujer que en mi generación era impensable: una feminista que no requiere hablar de feminismo porque de hecho lo asume como parte de su identidad. Aunque el machismo no ha desaparecido y todavía nos golpea de frente, la diferencia entre nosotras (las más viejas) y ellas (las más jóvenes) es la manera de enfrentarlo. 

En nuestra generación hablábamos de feminismo, en la generación más joven se combate desde la lucha y resistencia. Lo he percibido de muchas formas hablando con mis estudiantes y sobrinas más jóvenes. Pero el desligarse de ese mundo patriarcal implica refutar valores ligados a él, como por ejemplo el de liderazgo. Esta joven lo destaca en su entrevista; no se requiere de un personaje que decida y direccione la movilización, se trata más bien de propiciar un trabajo desde lo comunitario y lo barrial. 

Evidentemente las transformaciones no suceden de la noche a la mañana. En la movilización y en muchos ámbitos de la sociedad se reconocen los vestigios de un pensamiento clasista, racista y machista, enquistado en un amplio grupo de la población colombiana, al cual pertenece el gobierno y su séquito de seguidores. 

¿Será que bajo esta perspectiva el mundo se va acercando a algo mejor? Lo creo firmemente. ¿Nos estamos acercando a un mundo perfecto? No soy tan ingenua. Este mundo seguirá siendo gobernado por la raza humana y ya conocemos las miserias que nos acompañan desde que habitamos este planeta. 

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