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Editoriales | Paro Nacional

Un paro particular

Jesús David Buelvas Pedroza
[email protected]
Escritor
Docente licenciado en español y literatura

El gobierno Duque y el uribismo, realmente, tienen que preocuparse ante las singularidades que se están presentando en el paro actual. Este paro de 2021, en contraste con  los pasados, ha tenido una serie de características que lo diferencian y lo convierten en lo que podríamos empezar a llamar un verdadero estallido social, el cual no se conformará ni se aplacará con los acuerdos falaces e incumplidos de las veces anteriores. Este paro es, en verdad, una demostración de fuerza y de ganas de cambio por parte de la población colombiana consciente de que los gobiernos, que hasta el momento hemos tenido, no han estado a favor del pueblo, sino de una élite que cada vez refina más sus mecanismos para seguir contando de manera mezquina con sus privilegios, mientras el pueblo raso se hunde en el dolor, la necesidad y la miseria. 

Los medios de comunicación más vistos en el país siguen en su postura de manipuladores de la información a favor de los intereses de las élites y el gobierno. Sin embargo, en esta ocasión, esta tarea les ha quedado difícil ya que no les es posible negar la legitimidad de los reclamos hechos por el pueblo que protesta ni mucho menos ocultar los abusos cometidos por las fuerzas policiales que pretenden controlar e incluso infiltrar y vandalizar las marchas. 

Tal ha sido la dificultad que se les ha presentado a los noticieros y a la prensa que se han visto obligados, por la presión tanto internacional como nacional, a desmontar su estrategia acostumbrada de deslegitimación de las protestas usando el lenguaje criminalizador. Un lenguaje cargado de expresiones de censura en contra de los marchantes y de eufemismos a favor de la policía que con sus excesos pretende sofocar a como dé lugar la libertad de expresión del pueblo que protesta; un lenguaje que seguro es direccionado por los esbirros que entrenandos mantienen nuestros, nada ingenuos, gobiernos de ultraderecha.  

A la poca efectividad de esa sucia estrategia mediática se le suma esta vez el despliegue que las redes sociales les facilitan a quienes se han tomado el trabajo de convertirse en periodistas ad honorem que cubren  los hechos desde los intestinos de las marchas. Tal ha sido la posibilidad informativa que las redes sociales han permitido a los marchantes que el gobierno y sus aliados han buscado la manera de censurar y bloquear su uso como mecanismo de información sobre las manifestaciones, pues gracias a ellas es que esa parte del pueblo que está ciega de tanto ver noticieros privados ha podido enterarse de que existe otra cara de la moneda. También gracias a las redes, las noticias de cómo avanza el paro y la represión en Colombia se han convertido en una preocupación internacional, lo que ha permitido que haya una mirada distinta sobre el accionar del gobierno Duque a la que antes transmitían los medios oficialistas.  

Gracias al hábil uso de las redes por parte de los periodistas del paro y de los ciudadanos que cada vez confraternizan más con el pueblo que reclama, no solo se ha dificultado el trabajo antiético de la prensa arribista y vendida de nuestro país, sino que las ganas de marchar al parecer se han contagiado más que la misma pandemia del coronavirus que también nos afecta. Gracias a las redes, y por medio de ellas, las ganas de marchar y de levantar la voz de reclamo ha llegado a poblaciones que anteriormente no eran noticia y se mantenían al margen de cualquier lucha social que en el centro del país y en algunas de las grandes ciudades de Colombia se realizaban. Hoy día, gracias a las redes sociales, nos enteramos de que a la protesta se han sumado los habitantes de poblados que ante cualquier forma de reclamo social anterior permanecían en la indiferencia. Estos habitantes, cansados y sumidos en la pobreza generada por el abandono estatal, han comenzado a movilizarse y están bloqueando caminos y carreteras. 

A este nuevo aspecto de la movilización de 2021 habría que sumarle otros dos fenómenos igual de novedosos. Primero, la protesta social se ha descentralizado, así como han salido a protestar poblaciones que antes no lo hacían, también en las ciudades se ha dejado de protestar solo en las grandes avenidas y en las plazas centrales. A estas movilizaciones que siempre han sido significativas se les suman ahora los puntos de resistencia que se están tomando los barrios y los espacios neurálgicos de todas estas ciudades. Esta nueva forma sectorial de manifestarse además de dificultar el control policial, está contagiando las ganas de reclamar y la voluntad de lucha a los habitantes de cada barrio que ahora sacan sus ollas, sus sartenes y sus banderas para animar, desde las terrazas y las ventanas, a los marchantes, mientras estos pasan enarbolando sus pancartas y gritando sus arengas por el frente de sus residencias. 

Segundo, el otro aspecto de cuidado para el gobierno tiene que ver con la solidaridad que se despierta en un pueblo cuando ve que las autoridades que deberían protegerlos se dedican a maltratar, a asesinar o a desaparecer a los suyos, a los que están en la calle reclamando por sus derechos. Ya son innumerables los videos en los que los habitantes de los barrios, además de grabar y difundir el abuso y la persecución policial, abren sus puertas para refugiar a manifestantes perseguidos o salen y se enfrentan a las patrullas para evitar que los capturen, frustrando así la sevicia con que la policía intenta ejecutar sus procedimientos.  

Esta mutación de la protesta en Colombia debería convertirse en un serio indicador para el gobierno Duque, para el uribismo y para cualquier otra forma de corrupción electorera y gubernamental de este país. Un indicador que demuestra que la mentalidad política del colombiano está cambiando en una dirección que a ellos se les está saliendo de las manos, pues se nota que quieren contener las acciones que esta nueva manera de pensar genera con las viejas estrategias del engaño mediático y el uso y abuso de la fuerza. 

Parece ser que la astucia se les está acabando, que el lenguaje lleno de eufemismos y falacias y el grito del autoritarismo ya no tienen efecto en una población que cada vez se acerca más a la certeza de que en las calles se pueden generar los cambios que han sido frustrados en las urnas con la complicidad existente entre la registraduría y los entes de control, pues estos se hacen los de la vista gorda ante la compra y venta de votos, y ante los fraudes que en elecciones se hacen para mantener en el poder una oligarquía podrida que se ha quedado sin discurso y que de tanto corromper y corromperse ya no se puede mostrar como una solución fiable para quienes desean un país de futuro y posibilidades de vida generadas a partir de todas sus riquezas. 

Esta mutación de la protesta en Colombia debería ser un indicador para tener en cuenta, tanto en el presente como por todo aquel que en el futuro desee participar y hacerse elegir como parte de los gobiernos venideros. Si no hacen ese análisis y desechan esta manera de salir a la calle de los colombianos, puedo asegurar que las futuras generaciones de políticos se verán destinadas al fracaso, al tratar de gobernar una ciudadanía que cada vez cree menos en el Estado y que está dispuesta a todo para que no se le siga humillando y para que, al momento de tomar decisiones, sus gobernantes siempre la tengan en cuenta. 

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