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Sueños de una mente utópica sin retorno: ¡no queremos guerra, queremos paz!

Dina Patricia Jaraba Maldonado
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Paz, palabra tan diminuta, pero grande en sentido. Por ella muchos seres humanos han emprendido grandes aventuras y guerras, tratan de buscarla en un orden de cosas existentes o por existir, en lugares que potencialicen nuestra imaginación narrativa o en personas que nos amen. 

En este momento tan crucial para el país, nos debatimos aún si queremos seguir con las cadenas y herencias que dejó un gobierno colonial de siete siglos atrás, aunque esto implique asumir actualmente el costos o el manejos de corrupción y de grandes mafias que se quedan con la renta del país; o si se sale a la calle a protestar, mientras personas de instituciones que deben cumplir una función social —como es la de proteger a la ciudadanía y salvaguardar vidas— se dedican a generar escenarios de muerte y desolación en una conciencia colectiva.

En otras palabras, actúan con dolo para amedrentar a la ciudadanía con actos vandálicos, pues se sabe que hay infiltrados en las protestas que pueden ser policías disfrazados como ciudadanos o puede que sean vándalos pertenecientes a cualquier grupo delictivo que masacra mujeres, niños y niñas, jóvenes y estudiantes, y demás comunidades indígenas y raizales.

Estaremos de acuerdo en que la realidad que nos quiere pintar el gobierno y sus instituciones no se desdibuja ni siquiera por una doble moral, sino por la banalidad misma de su actuar que haciéndose pasar por “acciones legítimas y necesarias”, debido a que vienen de una fuente “legal” como son los uniformados de la Policía, el Escuadrón Móvil Antidisturbios [ESMAD]; además, se intuye la intención de generar caos para justificar un nuevo “orden de gobierno”. Entre varios de sus métodos —aparte del uso coercitivo e irracional de las fuerzas públicas—, se sustentan en el uso indiscriminado de los medios de comunicación, por medio de los cuales proliferan la creencia de que “los pobres son pobres porque quieren”, “hay que producir y no parar”, “los que piensan diferente son unos vándalos o reaccionarios”, etc.

No obstante, la subdermis del conflicto que ha diezmado la vida de muchos ciudadanos en el país tiene que ver siempre con un conflicto de intereses políticos, económicos y territoriales. Así pues, yo me cuestiono: ¿cómo se dimensiona el poder desde lo local, es decir, desde los municipios y poblados de las cinco regiones del país que han sido golpeadas por el conflicto?, ¿cómo ha sido el acto del poder de unos sobre otros?, ¿cómo educarnos y sensibilizarnos para una cultura de paz en un país tan territorializado por la violencia como Colombia? Y, entonces, ¿cómo podemos concebir la paz? 

Con tan solo una de tantos sueños que tengo, expresaré que sueño con que exploremos la paz desde nuestra cotidianidad, empezando por reconocer nuestros deberes para asumir con plena confianza y libertad nuestros derechos. Por ejemplo, comenzar por no tirar basura en la calle, dejar que los niños y niñas dibujen sus propios sueños o no imponer métodos de cómo adquirir un saber sobre algo. 

Sueño con un país en el que todos seamos capaces de recorrer nuestro territorio sin que nos sintamos temerosos por nuestra vida y organizarnos para trabajar en conjunto, con aquellas comunidades sociales, indígenas y raizales despojados de sus localidades.

Sueño con que nuestra lucha diaria esté encaminada a vencernos muchas veces a nosotros mismos; para escuchar y desarrollar nuestra inteligencia emocional y espiritual; para escuchar al otro, contrariamente a la capacidad de callar al otro, que ha sido una manera de nominar a otros sujetos categóricamente hacia un encubrimiento total de sus facultades como individuos y colectivos sociales, culturales y políticos. 

Sueño con una cultura de paz en la que nosotros, como jóvenes, y las generaciones que vengan no solo luchen y marchen por sus derechos, sino que efectivamente vivan esos derechos, sin tener que ponernos como ofrendas de sacrificios y como sujetos-objetos mártires en medio de una guerra de élites.

Sueño con que valoremos nuestras emociones y razón de ser, dándonos la posibilidad de aprender del prójimo; lo que implica el hecho de cooperar para tener acceso a los mismos recursos.

Sueño con que vivamos la paz aprendiendo de la lengua de nuestros aborígenes y creando pedagogía de libertad con ellos. Sueño con que no nos miremos desde una postura ideológica específica, para luego sentirnos desplazados en nuestro propio país. 

En conclusión, la paz, hermanas y hermanos de lucha, es armarnos de valentía para llevar la universalidad de cada saber y de nuestras experiencias en las universidades a los rincones de cada país. 

Es leerle un cuento o contarle una anécdota a un niño, niña, joven o adulto no conocido para nosotros, para que aprendan ellos mismos a narrar y a vivir una vida distinta a la de estar, por ejemplo, enajenados por la compra de votos para elecciones y el tráfico y cultivo de drogas o desplazados de los territorios que por derecho nos pertenecen, el secuestro y masacres por la expropiación de tierras; y lo peor, alienar la mente de niños y niñas al uso de armas por temor a que estos o su familia sean asesinados. Y luego llegar al punto de preguntarnos: ¿cuántas vidas más tienen que ser diezmadas para armar una lucha justa frente aquellos que han sorteado la vida de muchos colombianos a causa de la corrupción de su alma?

Una respuesta a «Sueños de una mente utópica sin retorno: ¡no queremos guerra, queremos paz!»

Muy bueno su discurso. Estamos en medio de una guerra de ideologías corruptas, ideologías que no promocionan la vida, ni promocionas los DDFF. Una paz que no dejan llegar, y un régimen de negligencia y muerte. Colombia se merece crecer, y transformarse en potencia de salud y vida.

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