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Editoriales | Octubre

Sobre minifaldas y rebeldía

Laura María García
[email protected]
Estudiante de Diseño Visual
Universidad de Caldas

¿Cómo es que, en pleno 2021, 50 centímetros de tela y 130 centímetros de pierna pueden ser tan problemáticos? Tal vez, al impulsar la minifalda en los años 60, Mary Quant pensó que la sociedad estaba preparada para que las mujeres enaltecieran sus piernas desnudas y las enmarcaran entre zapatos y textiles de todos los colores, y si no lo estaba ¿a quién le importaba? al fin y al cabo terminaría convirtiéndose en símbolo de rebeldía. Sin embargo, después de 60 años y de considerables logros patrocinados por movimientos feministas, la minifalda sigue siendo fuente de controversia entre los más tradicionalistas.

¿Cómo podríamos omitir las voces cuchicheando cosas enfermizas? Elegir ponerse una minifalda depende, finalmente, del nivel de tolerancia que tengamos ─tolerancia no, aguante─­ para recibir, como mínimo, miradas malintencionadas. Aunque en un principio esta prenda haya sido tan escandalosa, significó también la liberación de la mujer ante las regulaciones de vestimenta tradicionalistas, además de la comodidad y versatilidad que representaba una falda que quedaba bien en todo tipo de cuerpo. Adicional a esto, con el uso de la pastilla anticonceptiva, la creciente independencia económica y la búsqueda de libertad, la sociedad demandaba revolución y transpiraba rebeldía; requerimientos que la minifalda cumplía.

Es importante resaltar el cambio que la sociedad británica experimentaba en la década de los 60, pues Quant se encargó de impulsar este atuendo entre una población que se encontraba en transformación. La minifalda se abría paso entre una juventud que rebosaba aguate y se levantaba contra la cultura de las ataduras y las inhibiciones. Jacky Hyams, en su libro White Boots & Miniskirts lo describe como la Era dorada del optimismo donde «Mini-skirted London was widely acknowledged as the swinging city, an unprecented explosion of Brit creativity had made a huge impact all over the world… Youth culture was big news, on the march, especially across the Atlatic» (2013). Esta explosión de creatividad, propia de los jóvenes londinenses, funcionó como motivación para la re-significación de diversas dinámicas sociales, por ejemplo, la moda.

Para ese entonces, la mujer se desligaba de miedos tales como el embarazo no deseado, leyes anticuadas de divorcio, restricciones económicas por género; todo empezaba a girar alrededor de la libertad (Hyams, 2013). Deshacerse de las siluetas Christian Dior, de maxifaldas acampanadas y pasar a las minifaldas versátiles de Quant era una oda a esa anhelada libertad.

Mientras Mary Quant y André Courrèges se disputaban la autoría de tan escandalosa pieza, el espacio de trabajo, la casa, restaurantes, bares y, sobre todo, la calle se volvían escenarios de mujeres con piernas descubiertas. Fue en ese momento que la democratización de la moda se convirtió en una realidad, y la sociedad femenina se apropió de su cuerpo para poder exhibirlo con mayor seguridad:

(…) [la] visibilización de la corporeidad como toma de conciencia del poder biopolítico de la indumentaria planteaban un amplio espacio de reivindicación que los diseñadores de la moda joven intentaban conquistar y que hablaba de una nueva forma de entender la corporeidad. (García, 2020, p. 43)

Las nuevas siluetas propuestas por Quant eran la respuesta a lo que la sociedad y, sobre todo, la mujer de los años 60 pedía: la emancipación de los estándares anticuados de la posguerra y la apropiación del cuerpo femenino como expresión de libertad. De hecho, a lo largo de la historia la moda, como el arte, han sido la representación de los fenómenos sociales. La moda constituye, en palabras de Julio Salazar (2011), un elemento estético sociológico proveniente de las calles. Con el objetivo de expresar ideas y conceptos, la indumentaria da cuenta de las dinámicas de una época en la que cada día se multiplicaban las mujeres con minifaldas y las minifaldas con menos tela.

La defensa de la minifalda jamás ha sido pasiva. No se debe considerar que todos pensaron maravillas de ella, que la recibieron con los brazos abiertos y las piernas destapadas o, mucho menos, que aceptaron que la mujer expusiera su corporalidad. La rebeldía, transgresión y comodidad que la minifalda significaba hasta entonces, empezaba a tergiversarse. Los detractores de esta prenda se lanzaron a tildarla de obscena y desagradable; las mujeres más conservadoras optaron por considerarla «horrorosa» e «indecente», según Chanel (como se cita en Foreman, 2014). «La minifalda es una reacción contra el convencionalismo y el puritanismo inglés» (Pueblo, 1968, como se cita en García, p. 47) y para muchos significaba una amenaza a las buenas costumbres y a la moral.

En aquella época, las minifaldas generaron tanta convulsión que se las empezó a culpar de los males de la revolución sexual de la sociedad ¿50 centímetros de tela? Sí, pero significaban rodillas y muslos «peligrosamente» descubiertos. La minifalda empezó a influir en esferas políticas: la Ciudad del Vaticano prohibió la entrada de mujeres con estas prendas. París casi las veta después del mensaje público de la prefectura de Policía, el cual afirmaba que «las minifaldas atraen a los desequilibrados y se les considera responsables del aumento de violencias de orden sexual» (Pueblo, 1967, como se cita en García, 2020, p. 49).

Una vez realizado el recorrido histórico, nos damos cuenta de que usar minifalda se pensó como símbolo de resistencia y liberación, pero se terminó convirtiendo en «atrevimiento» e «incitación». 60 años después se sigue juzgando a las mujeres que sufren abuso por la ropa que llevan[1]; después de tantas revoluciones culturales y protestas por la liberación de nuestros cuerpos, seguimos dudando de usar esta prenda de 50 centímetros de tela, la cual puede exhibir rodillas, muslos, tobillos, osadía y resistencia.

Conocer la historia de la minifalda nos lleva a valorarla como lo que es: un instrumento estético para la apropiación de nuestro cuerpo femenino. Y, ojalá no tenga que pasar mucho tiempo para que las futuras generaciones de mujeres se sientan seguras de que nadie atentará contra ellas por usarla. En últimas, los cuerpos no deben ser cubiertos para exigir respeto y la moda, como el arte, es la manifestación de la individualidad y de la sociedad. En este sentido, debe ser respetada hasta el punto de que las piernas se enmarquen y se enaltezcan las faldas por ser uno de los medios de expresión más revolucionarios. Como dijo Mary Quant en un reportaje para la revista Pueblo: «La minifalda no tiene que ver con eso [los males del siglo] […] los que no estén de acuerdo que se cubran hasta los tobillos» (p. 48).


Referencias

Blue Radio. (2013, 12 de noviembre).  A qué está jugando una niña que llega en minifalda: Andrés Jaramillo. https://www.bluradio.com/48044/que-esta-jugando-una-nina-que-llega-en-minifalda-andres-jaramillo

Foreman, Katya. (2014, 20 de julio). La minifalda: cómo surgió la prenda que conquistó al mundo. BBC Mundo. https://www.bbc.com/mundo/noticias/2014/07/140717_iconos_moda_minifalda_finde_dv

Garcia, Francisco. (2020). Mary Quant en España. La mini, la midi y la maxi a través de las fotografías de Juana Biarnés para el diario Pueblo. Indumenta: Revista del museo del traje (3), 40-55. https://www.culturaydeporte.gob.es/mtraje/en/dam/jcr:57057ff8-1bfd-4c8c-8b69-5ec4fc21ea5d/3-indumenta-04-maryquant.pdf

Hyams, Jacky. (2013). White Boots & Miniskirts – A True Story of Life in the Swinging Sixties: The follow up to Bombsites and Lollipops. Londres: Editorial John Blake.

Salazar, Julio. (2011). MODA, IDENTIDAD Y CAMBIO SOCIAL. Tres aspectos importantes del estudio de la industria cultural. http://files.americanadisenho.webnode.es/200000007-7a3187b2b4/J_SALAZAR.pdf


[1] Ejemplo de esto es el caso del restaurante colombiano Andrés Carne de Res, cuyo propietario, en una entrevista con la cadena radial Blu Radio (2013), comentó sobre la violación de la joven en el parqueadero del local y se refirió, específicamente, al sobretodo y a la minifalda que llevaba para descargar la culpa en su vestimenta y no en el agresor.

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