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Editoriales | Paro Nacional

Realidad latinoamericana en el cine

Reseña de la película Amanecer Rojo (1989)

Juan Sebastian Rosas Rubio
[email protected]
Estudiante de Profesional en Filosofía y Letras
Universidad De Caldas

Para iniciar el análisis de esta película quisiera destacar la razón por la cual la hago:, el hecho de que por medio del cine se pueden contar historias que marcan y cambian vidas, pues este es un medio para aprender  y concienciar a los demás. Es importante tener en cuenta lo que un gran medio audiovisual puede hacer, cómo se puede transmitir una historia con imágenes que se quedarán en nuestra memoria y que probablemente también nos permitan sentirnos identificados con lo que se narra y se muestra. 

Rojo amanecer es una película mexicana del año 1989 en la que se narran los hechos ocurridos en la Plaza de las Tres Culturas (Tlatelolco) en Ciudad de México, los días dos y tres de octubre del año 1968. Está escrita por Guadalupe Ortega y Xavier Robles, y dirigida por Jorge Fons. Esta película independiente y clandestina tiene como argumento la masacre  realizada por la Policía y el Ejército contra los estudiantes, trabajadores y líderes sindicales, la cual ocurrió días antes de los Juegos Olímpicos en este país.

Colombia estuvo cerca de esto en el presente año al ser una de la sedes para la copa América, junto con Argentina. Afortunadamente la resistencia y el enfado del pueblo hicieron que este evento no se llevara a cabo. No obstante, las masacres, las desapariciones y la violencia en contra de los manifestantes —especialmente los jóvenes— aún continúa y se siente como si esto nunca fuese a parar; puesto que las miradas indiferentes de la gente en ocasiones prefieren observar un televisor en el que se transmite un partido que no solucionará ninguna problemática social en nuestro país que observar la represión y el daño que un gobierno comete en contra de aquellos que alzan su voz.

La película inicia en la mañana de ese 2 de octubre con un primer plano de un reloj, un elemento que nos acompañará durante toda la cinta y que será bastante importante para el desarrollo de la misma. El primer personaje que nos encontramos es con el abuelo de la familia, el señor Roque —interpretado por Jorge Fegan—, el padre de la matriarca del hogar. Este personaje es un hombre que prestó servicio militar en su juventud y que logró ascender al puesto de capitán. Claramente es un símbolo del conservatismo, un símbolo que nos es muy familiar, ya que todos tenemos a alguien así cerca: tíos, tías, abuelos o incluso nuestros padres. 

Poco a poco los integrantes de la familia se van despertando, entre esos la madre, Alicia —interpretada por María Rojo—, quien es la unión de la familia y con la que el espectador conectara más, pues será por medio de ella que veremos y escucharemos los diferentes puntos de vista de cada uno de los integrantes de la familia. A través de sus ojos vemos cómo se van dando poco a poco los acontecimientos de la película, dado que toda esta se desarrolla en el apartamento en el que viven.

Luego tenemos ante nosotros la figura del padre, Humberto —interpretado por Héctor Bonilla—, un hombre que trabaja para el Estado y está en un puesto relativamente privilegiado. Un padre que sabe que el gobierno para el que trabaja no se anda con rodeos y que no juega a la hora de decir y hacer las cosas, es por esta razón que les advierte a sus hijos que no sigan insistiendo en esos movimientos estudiantiles y de marchas. Este personaje no es del todo conservador, pero está resignado a aguantar al gobierno que se encuentra en el poder y para el cual trabaja. Un personaje que teme alzar su voz aunque no esté de acuerdo con todo porque sabe que los gobiernos autoritarios —como en el que nos encontramos en este momento en Colombia—, disfrazado de democracia, hacen cualquier cosa para callar a los inconformes. 

Seguido a este personaje, están los dos hijos mayores: Jorge y Sergio —interpretados por Demián Bichir y Bruno Bichir, respectivamente—, estudiantes universitarios que creen fielmente en el movimiento estudiantil y trabajador. Están inconformes con el gobierno de turno y marchan por una mejor calidad de vida, por la libertad y por la aparición de aquellos que no han vuelto a ver. Estos dos personajes son con los cuales podemos sentir una gran afinidad ahora mismo, debido a la posición en la que nos encontramos y a todo lo que sucede en nuestro país actualmente. Otros dos integrantes de la familia  representan, en cierto punto, la esperanza y  la inocencia:  Graciela y Carlitos —interpretados por Paloma Robles y Ademar Arau—, son los hijos menores, estudiantes de colegio y relevantes en esta historia en unos puntos álgidos.

Cada uno de los integrantes de la familia simbolizan algo, por medio de lo cual podemos ir viendo cómo se desarrolla este fatídico día grabado en la memoria de todos los mexicanos. Y, como si fuera poco, día que se repite constantemente en otros países y que pertenece ahora a una memoria colectiva. 

En la mañana, se reúne toda la familia para desayunar y, mientras lo hacen, escuchan las noticias en la radio. Están hablando sobre una marcha, la cual terminará en un mitin en la Plaza de las Tres Culturas;  además,  se menciona que los ciudadanos deben tener cuidado, pues las marchas pueden ser violentas. Las horas de la mañana son tranquilas para los integrantes de la familia y esa violencia de la que hablan en la radio parece alejada de ellos. Muchos sentimos eso cuando vemos o escuchamos las noticias, pero poco a poco nos damos cuenta que es una realidad que nos toca a todos.

Después de haber desayunado, cada uno de los integrantes de la familia se organiza para ir a realizar sus respectivos deberes: el padre a su trabajo; los hijos menores  a la escuela; los mayores a la universidad, luego a las marchas y posteriormente al mitin; y tanto la madre como el abuelo se quedaran en casa. El tiempo transcurre con normalidad, pero poco después se da la primera pincelada de represión y anomalía, la energía es quitada en todo el sector y, de esta manera, nadie puede oír la radio o ver televisión para saber lo que sucede. 

Todo gobierno represivo siempre busca silenciar a las personas desde las formas más sutiles, ahora nos toca ver cómo las redes sociales censuran o desaparecen las publicaciones de aquellas personas que tratan de mostrar la realidad de lo que se vive. Incluso “periodistas”, como Paola Ochoa, propusieron en nuestro país apagar el internet, esto, claro está, solo con el fin de silenciar al pueblo. Nada más autoritario y represivo que la censura.  

Tenemos leves primeros planos de los relojes de la casa, los cuales nos van acercando paulatinamente —con cada movimiento de sus manecillas— a lo que será un angustioso día. Los más jóvenes llegan a la casa después de haber estado en la escuela, el menor quiere jugar con su abuelo a los soldados y su hermana desea ir a casa de una amiga después de almorzar. El abuelo y el nieto salen al pasillo para hacerse en una pequeña terraza y jugar con los soldaditos del niño. 

Encontramos un primer plano de los juguetes formados y empuñando sus armas, y de repente un grupo de hombres de civil que están armados ingresan al lugar  en búsqueda de un lugar alto, uno de ellos porta  un rifle de francotirador. Estos hombres hacen parte del Batallón Olimpia y conforman un grupo de soldados vestidos de civil que iniciarán la masacre al lanzar unas bengalas de colores que serán la señal para que comiencen a acribillar a los manifestantes. Una estrategia bastante conocida en América Latina: policías y militares de civil que harán lo que quieran con sus armas y su poder.

El abuelo y su nieto vuelven a entrar al apartamento. Aunque la energía no ha vuelto, en ese momento entra una llamada, la madre contesta y es su esposo; él desea decirle algo, pero la voz se va disminuyendo poco a poco. Lo que la familia no conoce es que las líneas telefónicas de toda la ciudad han sido deshabilitadas. La madre, sin saber lo que sucede, envía a su hija a buscar un teléfono que funcione, pero esta vuelve intriga no solo porque ningún teléfono en toda el área no funciona, sino que también porque la cantidad de policías y ejército es inmensa. Vemos nuevamente un reloj, el día va avanzando y se acerca cada vez más la masacre. 

La niña sale de su hogar para dirigirse a la casa de una compañera de la escuela, tanto su madre como su abuelo le dan unos consejos. La tarde transcurre sin mucha novedad, el niño mira por la ventana la gran cantidad de gente que se encuentra en la Plaza de las Tres Culturas y escucha  una voz en unos parlantes que dice que el mitin ha finalizado y que es hora de que todos vuelvan a sus casas. Es en ese momento cuando una bengala de color rojo ilumina el cielo de la tarde y los militares comienzan a dispararles a los manifestantes, el niño ve con terror lo que pasa y llama a su madre, ella solo puede pensar en sus hijos. La masacre ha comenzado, la violencia de la cual hablaban en la radio y parecía lejana ahora se ha acercado un poco más a ellos. Tal como lo narra la antropóloga Margarita Nolasco:

De pronto llegó un carro militar y bajo un hombre vestido de civil que dijo:

– Soy del Batallón Olimpia, corran a esa gente vienen los demás. 

Entonces uno de los soldados ordenó:

– Se van de aquí inmediatamente.

– ¿Por qué nos tenemos que ir, si estamos en la calle?

Entonces nos apuntan con el rifle y nos dicen:

-Por esto. (Nolasco como se cita en Poniatowska, 1971)

El abuelo coge a su hija y a su nieto, y se los lleva al cuarto para que estén lejos de la ventana. Una bala entra a través de ella y queda incrustada en un retrato de Jesús, ni las figuras religiosas se libran de la barbarie. La madre, el abuelo y el niño esperan a que todo se calme, pero las cosas no parecen calmarse pronto. Son las 6 de la tarde y el abuelo enciende unas velas para iluminar el apartamento, después de esto decide ir a buscar a su nieta. La madre y el hijo se quedan en el cuarto del anciano esperando y rogando que no les pase nada a ninguno de sus familiares y es en ese momento que la puerta suena y entran al apartamento sus hijos acompañados de otros jóvenes, uno de ellos herido de gravedad. La sangre de los jóvenes se derrama primero, la sangre de aquellos que buscan el cambio.

Los disparos parecen cesar un poco y hay un poco de tranquilidad, dentro de lo posible. La madre atiende al joven herido —quien ha perdido a su hermana menor ahí afuera—, mientras los jóvenes se acomodan en el cuarto de los hermanos mayores. En ese instante, la energía vuelve, las luces se encienden y la puerta principal suena. Cuando la abren, encuentran al abuelo con su nieta, pero junto a ellos vienen dos militares y le solicitan al anciano que le presenten los papeles que confirmen que él fue militar. 

Los jóvenes están ocultos y guardando silencio, la madre busca estos papeles y luego se los lleva a su padre. Mientras lo hace, ve cómo afuera —en el pasillo— unos hombres de civil llevan a rastras a un profesor de matemáticas y a un estudiante, los golpean y los insultan; la violencia está ahora en la puerta de sus hogares. Los militares confirman que el anciano fue militar y se marchan del lugar. La violencia siempre termina llegando a las puertas de nuestros hogares, buscan falsos positivos para incrementar las estadísticas de los “delincuentes” y “terroristas” que capturaron en nombre de la represión gubernamental. 

El tiempo sigue transcurriendo y, en las horas de la noche, las líneas telefónicas son restablecidas, la madre decide preparar una comida para los jóvenes y el resto de la familia mientras esperan la llegada del padre. El ambiente es tenso y lleno de terror, el padre llega a casa y se ve aliviado, pero aún así acongojado por todo lo que tuvo que ver fuera del edificio donde viven. Les cuenta a todos cómo los militares llenaban dos camiones con cuerpos de persona y cómo los militares golpearon a un médico que les reclamaba, pues había encontrado a una anciana con una herida de bayoneta en la espalda.

Después de hablar un rato, deciden sentarse a escuchar las noticias y es en ese momento en el que confirman, aún más, la manera en que los medios están amangualados con el gobierno y sus fuerzas militares, en especial, cuando dicen que los manifestantes tenían francotiradores y estos iniciaron el fuego al atacar a las fuerzas policiales y militares, lo que dio pie al despliegue armado. Al oir esta afirmación, la indignación es grande y se refleja en el rostro de los jóvenes. 

Los gobiernos siempre compran a los grandes medios de comunicación para desinformar, tenemos a dos grandes ejemplos en la televisión de nuestro país y ni qué decir de los medios escritos. Nada como la infame imagen de las noticias de las 7:00 pm de RCN, diciéndole al pueblo que la multitudinaria marcha que se veía en Cali era porque celebraban y no porque protestaban a favor del Paro Nacional. Para eso están conformados esos medios: para mentir y tergiversar, ese es el famoso cuarto poder.

Después de esto deciden ir a descansar y planean cómo saldrán cuidadosamente en la mañana para volver a sus hogares. Parece que el horror ha acabado y que por fin podrán descansar. Transcurre la noche y llega la madrugada, y es en este momento que nos muestran una escena muy potente en la que una madre angustiada y sufriendo por su hijo recorre piso por piso el edificio de apartamentos, llama a su hijo desaparecido. Una escena fuerte y que no se aleja de la realidad latinoamericana y  de todo país que ha pasado por momentos iguales a estos. Los jóvenes alzan sus cabezas y escuchan a la mujer, después de esto vuelven a dormir. 

En la mañana, golpean la puerta, son tres hombres armados y vestidos de civil; ordenan que abran la puerta. Los padres se levantan, los jóvenes inmediatamente se esconden en el baño, los hijos mayores se quedan en su cuarto, el abuelo esconde al niño menor bajo la cama y la niña menor se queda en el cuarto de sus padres. Los hombres armados entran y amedrentan a toda la familia, no hay respeto de ninguna clase, el padre les advierte que es un trabajador del gobierno y como respuesta le amenazan con un arma, pues —en palabras de quien le amenaza— esa es la única influencia que vale en ese momento. 

Los jóvenes son descubiertos y es en este punto donde el título de la película cobra sentido, es en medio del amanecer que los jóvenes son ejecutados uno por uno. a madre, el padre y el abuelo, la niña y uno de sus hermanos mayores logran salir al pasillo, el otro hermano mayor es ejecutado en el apartamento. En el pasillo se escuchan varios tiros, luego solo queda silencio y despacio sale el niño menor de bajo de la cama. El niño llama a su mamá; sale del cuarto y los ve a todos muertos; camina descalzo sobre la sangre y los cadáveres; luego, en el pasillo fuera del apartamento, encuentra a su otro hermano mayor y a su hermanita ejecutados; llega a la última planta y ve a un soldado patrullando y a otro limpiando el suelo ensangrentado.E el niño se aleja, él sobrevivió esa mañana, pero su inocencia no.

Todos tenemos como referente a La Noche de los Lápices (1986), pero quería traer esta película que tal vez es poco conocida, pero que cuando la ves golpea con fuerza. Es inevitable sentirse identificado con los personajes y los sucesos acontecidos en aquel año son referentes que se deben tener en cuenta y que no se deben olvidar. El arte es un medio por el cual historias como estas siempre estarán ahí para permitirnos recordar; el arte nunca nos dejará olvidar; y, por esta, razón el arte se debe cuidar, porque es un testimonio para muchas personas y muchas generaciones que vendrán. 

Referentes

Fons, Jorge; Bonilla, Héctor & Trujillo, Valentín. (1989). Rojo amanecer. México: Cinematográfica Sol S.A.

Poniatowska, Elena. (1971). La Noche de Tlatelolco: Testimonios de historia oral. México: Ediciones Era.

Olivera, Héctor & Ayala, Fernando. (1986). La Noche de los Lápices. Argentina: Aries Cinematográfica Argentina Sociedad Anónima.

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