Categorías
Editoriales | Paro Nacional

Panegírico al movimiento

Rafael Eduardo Ruiz Vergara
[email protected]
Filósofo/Sociólogo
Est. Estudios Clásicos
Universidad de los Andes

Si uno se para a pensarlo bien, en toda circunstancia nos acecha el naufragio. Es cierto que no hay sepultura para el que sucumbe entre las olas.
Petronio, El Satiricón, III, 115.

En los últimos meses nos hemos podido dar cuenta, más que nunca, de que la indolencia es hermana de la ignorancia, pues se nutre de circunstancias deplorables que buscan ocultarse. Colombia se ha vuelto el escenario de los movimientos conscientes de sus habitantes frente a un estatismo político —muchas veces arbitrario— que opta por inmovilizar el querer pensar nuevas realidades. A través de una alegoría de mares, navegantes y caminantes, queremos relatar un proceso que parte de la impasibilidad e indiferencia hasta llegar al conocimiento de la realidad y al convencimiento de cambios necesarios para el país.

La profundidad

Sumergidos en océanos de discursos ideológicos y propagandísticos; permanecemos absortos ante la realidad como fósiles conservados en ámbar, perturbados —si acaso— por los vaivenes de intereses y actitudes políticas que nos mantienen atados —con los grilletes del dogmatismo— a una indiferencia hacia el otro que no piensa como nosotros. Como ciudadanos, flotamos entre algas en este claroscuro fondo marino que compartimos, espectadores de acantilados que destilan corrupción y que nos enseñan —convencidos de que así son las cosas— que los ideales políticos deben defenderse con insultos; que las desacertadas políticas de los gobiernos deben resolverse con cambios de posturas desentendidas; y que el único medio por el que debe optar el Estado para encontrar soluciones a las peticiones generalizadas es la represión.

Ante las burbujas que ascienden zigzagueantes a la superficie —muestra de la efervescencia interna de los cuerpos que pulsan por expresarse frente a las injusticias— y sin aún dar cuenta de la terrible levedad de la existencia suspendida, consideramos estas nefastas ideas (insultos, pretendidas confusiones y represalias) como axiomas, sedados por la presión que anula el pensamiento, viviendo el letargo de la zona bentónica y quizá empuñando la mano, con maravillosa lentitud, ante las iniquidades que se expresan a diario en este país.

En esta nación dispersa —sumergida en frías e inmutables aguas—, los gritos se deshacen, inaudibles frente al ruido blanco de las atrocidades de la fuerza. Aquí, donde no hay tierra, coexistimos como rocas marinas; oyendo promesas y consuelos como ecos, inmersos en desdichas y embarcados en ruinas (Eurípides, Medea, 30). Inmovilizados, damos por cierto que las lágrimas por las pérdidas —acto público de eterno valor— no son más que manifiestos llevados por corrientes al olvido, alejándonos de la imperativa acción de despertar.

Somos como las tétricas y, al mismo tiempo, bellas imágenes góticas de aquellas mujeres preservadas en cristales de la película The Black Cat (1934) del director Edgard Ulmer, con la diferencia de que nosotros estamos vivos y con los ojos abiertos. Nos ahogamos en el sopor de la espera, incólumes, observando transacciones arbitrarias de poder y atribuciones de cargos, como si de una repartición de dulces se tratase. Sin embargo, aquí no hay pasteles y mermelada, solo amargura. La cotidianidad se ha inundado bajo avalanchas de difusiones televisivas y radiales, arrastrándonos de izquierda a derecha, entre acusados y acusadores, noqueándonos. En la profundidad, reprimir es asesinar la actuación y, por esto mismo, menospreciar el significado de la política como diferencia.

La superficie

Es en el seno de esta calma acuática que los ciudadanos, al encontrar puntos de apoyo unos en otros, recuperan el aliento y, agitando la superficie del adormecido mar, inician una reacción. Fuera de esta confusión se respira el aire de una extraña libertad, se olvida el entumecimiento de la mente y se forman, por fin, opiniones propias.

Estos que han despertado, ahora nadadores, se encuentran pronto con toda suerte de islas, donde recuerdan que pueden alzarse y caminar, sintiendo el peso propio de sus vidas. El mundo que se expande es distinto, crítico por cuanto libre de grilletes, y de ellos depende que se formen caminos y se lideren procesos. Son estas personas las que comparten mensajes y crean redes de información, dan a conocer lo que sucede y cómo se vive en los lugares más apartados de nuestro país. Semejantes a inventores, construyen naves y se echan a navegar de nuevo —poniendo en riesgo sus vidas— sobre mares de incertidumbre, violentos pero de calma aparente.

Algunas de estas embarcaciones levantan mástiles y extienden velas, pero se dejan llevar por los suaves vientos de alta mar y profieren discursos sobre aquellos que antes los ahogaban. Estos navegantes son los que se han alzado en la política bajo imperios demagógicos. Se sabrá entonces que solo deseaban salvarse a ellos mismos, y así: “Al reducirla a una música ligera y vana, a una especie de entretenimiento, habéis convertido el discurso en un cuerpo sin nervio, sin vida” (Petronio, El Satiricón, I, 2).

Frente a estos, no obstante, hay otros que no comparten sus acciones e ideales y, a causa de esta misma inconformidad, no olvidan a aquellos que fueron sus puntos de apoyo. Crean y lanzan salvavidas, procuran movimientos incesantes de ondas para transformarlas en olas y, así, avivar a los sumergidos indolentes. Mientras aquellos comparten información desatendida y malintencionada, esparcida sin distinción con redes que atrapan al desprevenido; estos transmiten información específica de las realidades a través de la política como pedagogía, comprenden la singularidad de los segregados y de los excluidos, atados a lo más profundo, y se vinculan a un ejercicio de pensamiento y acción consciente de sus problemas de raíz.

Desde entonces se han reanimado millones y juntos han ayudado a los que naufragan, han encontrado a los desaparecidos que se enfrentaron, con valentía, a las fieras marinas que manejan el poder. Esta labor del líder que informa y protege es, lamentablemente, cada vez más escasa, pues no conviene a los oradores que fomentan el odio y la guerra en el país, aquellos que desean conducir a los ciudadanos de nuevo a aquella soporífera profundidad.

Como en todo, algunos de estos líderes se ven perdidos entre pruebas y desatinos, como Jasón y Odiseo; hacen frente a toda suerte de reveses, pero sus convicciones deben llevarlos a hacerse los de oídos sordos ante las distracciones de aquellos poderes tradicionales de la política que, como Caribdis, atraen y arremolinan intereses, resguardados por herencias inamovibles como aposentos de rocas. Esta es la lucha que se vive en la superficie; una en donde el sueño de la ignorancia y la vigilia de la participación se entrelazan, como si de una moneda lanzada al aire se tratase, mostrando, a veces, la cara de los ciudadanos que buscan asirse a tierra firme y, otras, el sello de los oradores que manejan la guerra creyéndose, de manera equívoca, victoriosos; pues en una nación en guerra, como hemos aprendido de nuestra historia, solo se cuentan pérdidas.

Los movimientos

De seres pensados como reales a imágenes del mar, las musas de las aguas han terminado por convertirse en símbolos que potencian y suavizan las marchas que inician con este despertar ciudadano[1]. De todos aquellos que han emergido de la perplejidad, gran parte se han visto ayudados por estas fantásticas musas, vueltas pasión e inspiración que fomentan el descubrimiento de la creatividad a través de mensajes y bailes de cuerpos que se movilizan con pendones, banderas, cartulinas y todo tipo de materiales.

Aun arrostrando penas del inmóvil pasado y poniendo los pies sobre la tierra con el fin de rectificar el significado de la política como diferencia, los nadadores, ahora caminantes, se han vuelto a escribir cartas y a transmitir videos en los que denuncian e informan. Con ello se inicia un temblor, expresión de la efervescencia de los cuerpos antes neutralizada; despiertan a los que dormitan allá a lo lejos, neutrales ante el mundo; forman un oleaje que desecha grilletes y que aumenta la agitación de un mar revuelto que cuestiona estructuras de poder que mantienen a los cuerpos en aguas templadas de la información sin crítica; sacuden la eterna quietud y nos arroja afuera; nos permiten ver, de manera conjunta, el lugar donde permanecíamos anestesiados. En las marchas que recorren al país que ha emergido, fuera de aquel mar impenetrable y confuso, se recuerda a aquellos que sucumbieron entre las olas, víctimas de choques con escollos y pináculos, lucha de cuerpos que marcharon en son de paz frente a máquinas que marcharon en son de guerra.

Por las calles, carreteras, trochas, caminos y senderos del país, la multitud avanza contra la corriente que desea tragárselos de nuevo. Esta vez hacen sentir sus gritos y cánticos, y abandonan el estatismo de la profundidad y la contradicción de la superficie. En esta tierra, Colombia, se protesta por el eterno movimiento de las convicciones.


Referencias

Eurípides. (2019). “Medea”. En Esquilo, Sófocles y Eurípides. Obras completas. Ed. Cátedra. 260-288.

Petronio. (2018). El Satiricón. Ed. Gredos

Platón. (2007). Diálogos II. Gorgias. Menéxeno. Eutidemo. Menón. Crátilo. Ed. Gredos. 339-461.

Ulmer, E., Laemmle, C & Asher, E. (1934). The Black Cat. Estados Unidos: Universal Pictures.


[1] Si de algo es testigo la mitología griega, es de la hermosa coincidencia entre los nombres de las divinidades y sus cualidades, acciones y pensamientos. No en vano, Sócrates hizo su mayor esfuerzo por explicar a Hermógenes los nombres de los dioses por la naturaleza de sus atributos (Crátilo, 396a).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *