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Editoriales | Paro Nacional

Noctívagos

Joal
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Estudiante de Filosofía
Universidad Nacional Abierta y a Distancia

El día está despampanante, el primer rayo de luz se viste de sueños, los noctívagos por tocar a uno de ellos no descansan. Las golondrinas danzan y en el cielo se regocijan con los cantos de lucha y esperanza.
El sendero está húmedo, los charcos son testigos de las huellas que han dejado cuando corren porque la muerte ahora susurra en sus oídos.
La tarde se arropa con el frío, la lluvia en sus miradas se confunde con las lágrimas que sobre otros cuerpos han sido derramadas.
Han de vislumbrar por última vez el ocaso, ahora las tinieblas juegan a las escondidas por las calles y los disparos penetran los suspiros, se escucha el eco de los llantos.
La mujer tumbada en el lecho que la cubre de nostalgia, sus manos ensangrentadas y su corazón tan abatido. El maldito que apuntó a sus ojos, el clamor de un pueblo herido; “no hay perdón tampoco olvido”, que retumben nuestras voces y en el fuego renazcan los latidos.
El noctívago ondea la bandera mientras el viento solloza despavorido, la madre observa detrás de la ventana, pero aún no llega su hijo; se pregunta:  “¿por qué no desaparece la guerra?”. Pero allá afuera las gotas de lluvia se vuelven tormenta, su hijo está desaparecido.
Sus escudos están hechos de resistencia y valentía; sus armas de libros, arte, trozos de rebeldía y todo aquello que pueda derribar la tiranía.
Se enfrentan noctívagos contra la sevicia del tirano: ellos son quienes disparan balas, el país se desangra entre sus manos. A los estudiantes les arde el alma, nunca se rinden y aunque les llamen “vándalos”, todos sabemos quiénes son los villanos.
“Sí hay derechos, pero no humanos. ¡Resistencia, resistencia!”, vocifera el joven mientras camina desolado el anciano, llevando consigo el peso de los años aún anhela una guerra de dos cuerpos abrazados.
Hombres que se convierten en monstruos, en cazadores nocturnos, autoritarios y asesinos; otros con la mirada puesta en el horizonte, donde se refleja la tierra labrada por el campesino. ¿Cuál ha de ser nuestro destino?, si a la libertad la encadena la injusticia y esas tertulias en las que se sacian con sangre llevando a cabo planes cruentos y mezquinos.

¡Los noctívagos van por la victoria! No están vencidos porque en sus mochilas guardan folios que narran la historia; sus ojos nunca se apagan, si en estos se retrata la memoria.
Líderes sociales muertos a manos de quien mueve los hilos de nuevos títeres; ¿a qué democracia te refieres?, si las voces retumban en el silencio que tanto hiere.
Y si todo lo anterior también a ti te duele, entonces no permitas que la indiferencia haga hueco en tu interior y se convierta en otro centro de tortura. Esculpe la belleza de Colombia en una pintura y si esta lectura sensibilizó tu postura, declama sin censura “¡Mi pueblo significa lucha contra la barbarie y la dictadura!”.

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