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Editoriales | Mayo

Mi espacio vital

Juan Pablo Rodríguez Urriago [email protected]
Estudiante de Antropología y de Filosofía y Letras Universidad de Caldas

Entre lo que es y no, se mueve este lugar lleno de cosas y recuerdos. Indudablemente, lo que antes parecía formar parte de la lógica misma de la habitación en su función y forma, ahora se ha convertido en un privilegio, en un hecho vital, en la pupila que me reconecta con otros lugares y otras personas. A partir de la ventana de tres por tres metros que en la mitad tiene un enrejado color café y en cada uno de sus extremos la posibilidad de abrirla para dejar entrar y salir el aire y los rumores, comprendo mi territorio: mi lugar de confinamiento. El territorio, ese espacio con significado. A través de las prácticas humanas otorgamos los significantes a este. Nunca se accede directamente a él, a este sustrato espacial que es necesario para toda relación humana. Siempre accedemos desde una elaboración significativa que no es solo física.

Lo que estaba encerrado en el tiempo inamovible de la historia ha adquirido vida. Un evento a escala mundial ha llegado para demostrarnos lo insignificantes que somos. Así como la bacteria Yersinia pestis provocó una pandemia devastadora en el siglo XIV (la peste negra); en nuestro tiempo presente, un virus ha sido el responsable de recordarnos que una partícula proteica acelular que solo puede verse bajo un microscopio, pude ser la causante de los millones de muertes que se registran por el COVID-19.

Sin embargo, mientras los centros de investigación y los laboratorios farmacéuticos trabajan por el estudio del virus y los mecanismos más eficientes de inmunización, solo nos quedaba una cosa por hacer: encerrarnos, evitar el contacto con las otras y otros, e implementar un protocolo de desinfección que creo deberíamos estar haciendo antes de pandemia.

Cuando se fuerza a hacer algo, la cosa cambia. Gran parte de la población que disfrutaba estar sola, salir poco y ver series desde la cama, empezamos a sentir el sinsabor de una rutina impuesta. Cierto es el dicho que dice que nadie sabe lo que se tiene hasta que lo pierde. Justamente desde la prohibición y la imposición es posible comprender nuestras libertades, los espacios, las personas, las necesidades básicas y los caprichos. Y lo más importante de este asunto es el reconocimiento negado a las y los demás. Volvimos nuestra mirada al vecino, a la vendedora ambulante, a quien perdió su trabajo, a nuestros compañeros de universidad, a quien en el supermercado llenaba hasta el tope su carrito y a quienes solo pueden comprar lo que queda o lo que puede. Porque una cosa había en común: indefensos somos todos ante el poder de la naturaleza.

Estar confinadas y confinados implicó, para la gran mayoría, un cambio de orden, de escala, de realidad. No es necesario que precisemos lo que significa estar en esta situación. Cada unx de nosotrxs tiene su experiencia propia y resultará siempre en un entramado difícil de comprender para los demás.

Solo me gustaría, a través de las líneas que siguen, darle visibilidad a un hecho elemental que hemos negado hace mucho: la depresión. Bien es sabido por usted, que lee estas páginas, los innumerables tabúes que giran en tono a la salud mental. Y la ausencia de una política pública en salud mental es nefasta para un país como el nuestro. La Universidad de Caldas, trabaja en la construcción de una. Sin embargo, como dice el verso protesta: hay que ver las vueltas que da.

Desde lo que escribí algunos meses atrás, quiero que comprendamos lo que podemos llegar a sentir muchas y muchos de nosotros, en los tantos días de encierro, dificultad, agotamiento y tristeza; estas palabras expresan los míos:

El color parece escondido dentro de la tierra. Los días grises en Manizales no son extraños. Pero ahora se viven con mayor intensidad. El paisaje oscurecido por la realidad de la ausencia nos recuerda que estamos vivo por los sentidos: la piel siente el aire frío, los oídos escuchan sirenas de ambulancias a lo lejos, los ojos contemplan el juego de las sombras y el olfato percibe olor mentolado de los antibacteriales.

Pero, en un lugar del silencio, las voces temen expresar razón alguna. En las pocas veces que he salido a la calle, hasta de parpadear tengo miedo. Y esto da paso a la sensación de tristeza. Creo que ni el rocío ni las cenizas volcánicas tocan esta tierra densa y melancólica en que el silencio parece un personaje misterioso, aturdido solamente por el sonido de los semáforos que indican el paso de los peatones ausentes. Como si de un ave de mal agüero se tratase, trasmite la angustia de querer sepultarnos en la montaña.

El aire tiene tanto poder, que no solo arrasa las partículas habituales. Ahora, arrasa también con los afectos y emociones cuando amplifica sonidos que antes eran de lejos.

Como los guaduales se estremecen con los vientos en agosto y en su bullicioso canto se sienten las sacudidas, los plantas de la Avenida Santander se estremecen con el aire gélido y acompañan las risas de lxs niñxs que aún no saben que es la tristeza ni le temen a la muerte. Para ellxs el mundo es bueno de todas las formas. Siempre están jugando. Nosotrxs, sentadxs, vemos con desconsuelo la vida y a los que se van. A lxs que nunca regresan. A lo que nunca vuelve.  

Sin embargo, en este momento, prestamos mayor atención a los detalles que el ruido de nuestra humanidad nos ocultó por años. Oímos con mejor claridad las llaves en las cerraduras. Y es entonces cuando el silencio nos da terror porque no sabemos hablar cuando él está presente. Y el mundo se oscurece. Se pone gris.

Encontrar el color y la vitalidad en nosotros mismos es caótico. No podemos hablarnos. Y creemos que el mundo ha muerto en la ausencia de lo de afuera. Y buscamos hablar con un ser desconocido en las iglesias o así sea por televisión, para evitar hablarnos a nosotros. El terror es tan grande que unx pregunta: ¿qué es ese ruido? Es el silencio, nos responden.

Desde la puerta de la habitación, se visualiza el escritorio rojizo lleno de fotocopias y algunos libros que eventualmente estoy usando. Junto a él, una biblioteca desordenada y llena de recuerdos de muchos lugares. Al lado derecho de la habitación, el armario color ocre y, junto a él, un televisor que me ha salvado de noches en que me siento ausente, invisible y moribundo. Justo frente al escritorio y la biblioteca, los dos elementos más importantes de mi espacio: mi cama y la ventana con vista al ecoparque los Yarumos que es, en definitiva, lo mejor que tengo. Ahora me redefino a través de ella. Es desde aquí que contemplo los peligros y las prohibiciones.

Esta es una de estas tantas noches que, con la ventana abierta para sentir la conversa lejana de otras habitaciones, escribo: ¿será este nudo que siento, esta presión asfixiante, una minúscula parte de lo que representó el caos del origen del mundo? Silencios, muchos silencios. Palabras vacías, sin ninguna emotividad. Respiros prolongados y nauseabundos que asemejan mi putrefacta existencia con un canasto de mangos dulces en descomposición.

Miradas furtivas que se pierden en la distancia de los recuerdos que, como si de un tesoro preciado se tratase, estoy guardando en un baúl con cientos de candados, para evitar así que esta maldita melancolía me los arrebate para siempre. Oídos sordos a los gritos desesperados de mi alma y mi corazón que quieren liberarse de toda esta amargura que me aprisiona en la cárcel de la indiferencia y el narcisismo de mi yo cruel, perverso, frío y muerto por dentro.

Como el mayor de los hipócritas, ando por el mundo con sonrisas y palabras de aliento que nada dicen de mi jardín de rosas muertas. Todo aquello que es provechoso y saludable no cumple en mí su propósito. Mi cuerpo responde a lo que biológicamente está programado. Aquello de las afecciones profundas del alma y el sembrar siempre sembrando me ha sido arrebatado por los vientos de la desgracia de la vida.

Como un condenado al exilio de los desamores y el desencanto, camino entre estos muros y calles de cemento buscando, en las bellas flores y los árboles que siempre me han devuelto a la vida, una pizca de simpatía y cordialidad para no dejar de respirar; para desear abrir los ojos después de cada parpadeo y no quedarme en la oscuridad infinita de la nada que representa el negro de una noche si estrellas ni luz alguna.

Pero aquí estoy. Vivo. Y quiero seguir estándolo hasta cuando el último pétalo de mi jardín caiga a la tierra y la fecunde con mis luchas.

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