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Editoriales | Septiembre

«Las cosas que perdimos en el fuego» (2016) y el terror latinoamericano

M. Andrea Soto
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Las cosas que perdimos en el fuego de Mariana Enríquez fue publicado en el 2016 por la editorial Anagrama. Es un compilado de cuentos de terror latinoamericano —específicamente argentino—, en el que priman los misterios paranormales y la violencia urbana en un contexto tercermundista, A continuación, se hará un breve diagnóstico respecto a las temáticas desarrolladas por Enríquez en algunos de los cuentos recopilados.

Sobre la antología: violencia y terror latinoamericano

Gran parte de las atmósferas exploradas por Enríquez se centran en la mezcla entre la violencia y el misterio, ambas temáticas hacen del libro una ventana al mundo real que se vive diariamente en América Latina. Y es precisamente este tipo de narrativa —entre violenta, cruel y terrorífica— lo que atrae con demasía cada uno de sus cuentos. La autora no busca romantizar la pobreza extrema, sino contar historias desde el barrio, desde la cotidianidad, desde el reconocimiento de zonas marginadas y olvidadas por el Estado, como lo es el barrio Constitución en Buenos Aires. El siguiente fragmento hace parte del cuento El chico sucio (Enríquez, 2016) con el que la autora empieza la antología:

No quiero escuchar las historias de terror del barrio, que son todas inverosímiles y creíbles al mismo tiempo y que no me dan miedo; al menos, de día. Por la noche, cuando trato de terminar trabajos atrasados y me quedo despierta y en silencio para poder concentrarme, a veces recuerdo las historias que se cuentan en voz baja. Y compruebo que la puerta de la calle esté bien cerrada y también la del balcón

La destreza de la autora consiste en narrar las historias desde la sencillez del lenguaje y desde la misma concreción de las acciones de sus personajes: no le interesa describir de manera extensa un lugar o un suceso —a menos que sea totalmente indispensable para la trama—. Aun así, logra crear una visión verosímil sobre la atmósfera social que construye. Es así como, toda persona nacida en Latinoamérica, puede sumergirse en su narrativa, sobre todo, por la cercanía del contexto social.

A estas historias se les debe agregar el contexto social y de denuncia muy sutil que hace Enríquez. Por ejemplo, en La Hostería, donde la trama gira en torno a una venganza por culpa de los celos padre-hija, la autora permite que sus protagonistas vivan el miedo y la zozobra de la dictadura argentina, sin necesidad de retratar una atmósfera real de la misma. Es así como la historia te empieza a envolver en un ambiente de encierro y pánico sin necesidad de la obviedad. Para ello, hace uso de la polifonía del lugar, de la noche y de las visiones —muy parecido a la voz en off en de la dramaturgia—, para retratar el hostigamiento militar y la tortura a rehenes:

No quiere que los turistas piensen mal, dice mi papá, porque fue escuela de policía en la dictadura, ¿te acordás de que lo estudiamos en el colegio?
¿Qué, mataron gente ahí?
Mi papá dice que no, que Elena se persigue, que ahí fue escuela de policía nomás. (Enríquez, 2016)

En El patio del vecino y El chico sucio es donde, a mi parecer, se retrata con mayor fuerza el olvido del Estado en los barrios marginales, la pobreza extrema que recae sobre la infancia: niños[1] huérfanos sin padres ni madres, a merced de las limosnas que pueda ofrecerle la sociedad. Pero el ingenio de la autora va más allá del realismo que podría encontrar en otro tipo de textos. Ella propone una visión deprimente del mundo real con el misticismo y el mundo paranormal. Ya sea desde el sincretismo religioso, muy acorde con los ritos brasileros en torno a la protección y a la imagen de San La Muerte; o al suspenso de un ser particular con aspecto humano, pero sin la capacidad de controlar su instinto animal. El retrato que hace, en ambos casos, de estos seres masculinos —el primero, un niño; el segundo, una especie de adolescente— son muestras de la decadencia del Estado y el auxilio que la sociedad ha negado a seres que pueden ser vulnerables e inocentes, pero también despiadados e incapaces de distinguir sus límites carnales.

También toca el tema sobre la modernidad, el encierro y la obsesión con el internet en Verde rojo anaranjado, en él su protagonista se sumerge en el mundo virtual hasta negar todo contacto con el mundo real. Este es uno de los relatos que más se acercan a esta nueva era en plena crisis sanitaria, donde la instrumentalización de la virtualidad y las nuevas normas de bioseguridad están marcando una nueva forma de existir y, sin ánimo de ser fatalista, de sobrevivir.

Otro aspecto importante es el papel de la mujer en todo el compilado, esto se debe a que la mayoría de sus cuentos son protagonizados por mujeres. En ellos se abordan temáticas femeninas sin necesidad de crear una especie de falsa moralidad sobre lo que deben o no hacer las protagonistas. Es decir, no pretende tomar partido, simplemente, los y las lectoras se harán una idea sobre los hechos y sobre las historias que se narran. Existe todo un panorama temático al respecto, desde violencia de género, como en Tela de araña; la crueldad y el oportunismo femenino, como aparece en Los años intoxicados; la obsesión por la imagen física en Nada de carne sobre nosotras.

Las cosas que perdimos en el fuego

Uno de los cuentos que mayor impacto tiene es precisamente el que recibe el nombre de la antología: Las cosas que perdimos en el fuego. Enríquez parte de una imagen real: una mujer quemada que pide monedas en uno de los subtes argentinos. La figura de esta mujer, tan fuerte para la autora, es la inspiración de la historia o, en términos de Mauricio Kartún (1995), la imagen como detonador. A esto se le agregaría la impotencia y el deseo por narrar un mundo ficcional capaz de hacer justicia por mano propia, pues “Es un texto que está pensando cómo debe ser la reacción frente a esa violencia” (Enríquez, 2010).

El cuento empieza con una mujer quemada que pide dinero en uno de los subtes de Argentina. Silvina, la narradora, empieza contando tres casos de mujeres que fueron quemadas por sus parejas sentimentales. En todos los casos, los criminales culpaban a las mujeres de quedarse dormidas con el fuego cerca, es decir, todo era parte de un accidente ocasionado por la víctima. Esto empezó a ser desmentido por las mismas víctimas, quienes —a pesar de las quemaduras de segundo y tercer grado— lograron sobrevivir un tiempo para relatar la verdad de los hechos y, lamentablemente, morir.

Este inicio del relato recuerda el caso de Natalia Ponce, agredida en el año 2014 por Jhonatan Vega, quien usó ácido sulfúrico sobre Ponce. Durante los juicios y entrevistas, Vega declaraba que lo hizo pensando en que Ponce iba a asesinarlo, a modo de esquizofrenia paranoica. Afortunadamente y debido a la lucha legal de Ponce, Vega fue sentenciado el 8 de septiembre de 2016 a veintiún años y diez meses de prisión por tentativa de homicidio.

Tristemente, este es uno de los pocos casos donde se pudo hacer justicia, ya que múltiples ataques de ácido han quedado impunes y, en muchas ocasiones, el agresor también resulta ser un desconocido. Se le suma a lo anterior la violencia con armas cortopunzantes y blancas, además del incremento de casos de agresión debido al encierro en esta crisis sanitaria.

El ingenio de la autora radica en la creación de una historia donde se dé lugar a una protesta radical en contra del hostigamiento hacia las mujeres. Es así como a partir de la quema indiscriminada de mujeres por parte de sus parejas, muchas de ellas deciden agruparse para crear una secta en contra de esta violencia: Las mujeres ardientes.

El juego de palabras es propicio para toda la trama del relato, la relevancia del fuego y la quema de brujas contemporánea a mano propia. Silvina narra el momento en que la mujer quemada del subte se encuentra a las afueras de un hospital donde hay una manifestación en contra del aumento de casos:

Si siguen así, los hombres se van a tener que acostumbrar. La mayoría de las mujeres van a ser como yo, si no se mueren. Estaría bueno, ¿no? Una belleza nueva. (Enríquez, 2016)

La belleza femenina y el estereotipo

Otro tema que es importante destacar es el de la belleza femenina y la imagen del cuerpo como instrumento de dominio masculino. La mujer quemada en el subte es consciente del impacto que tiene frente a los distintos tipos de espectadores: mujeres, hombres, ancianos, niños. Estos espectadores que prefieren ver a la ventana para evitar las cicatrices y deformaciones en el cuerpo de ella, por eso, siempre busca saludar de la mano o agradecer con beso en la mejilla. La protesta ante el cuerpo perfecto y el ideal de belleza la hace por medio de la confrontación a la vista y al tacto de los pasajeros como se relata en el siguiente fragmento:

Su método era audaz: subía al vagón y saludaba a los pasajeros con un beso si no eran muchos, si la mayoría viajaba sentada. Algunos apartaban la cara con disgusto, hasta con un grito ahogado; algunos aceptaban el beso sintiéndose bien consigo mismos; algunos apenas dejaban que el asco les erizara la piel de los brazos. (Enríquez, 2016)

Luego del incremento de casos por quemaduras, las mujeres —en forma de protesta— deciden optar por crear un nuevo tipo de belleza. Algo impensable en un contexto real, pues, en la ficción son muchas las que se suman al acto de incineración como protesta contra el abuso y la agresión de género. Esta lucha por un nuevo modelo de belleza lleva a Silvina a presenciar el inicio de una nueva era del eterno femenino. Comienza la era de las Mujeres ardientes.

En paralelo con el contexto real de la violencia de género latinoamericana, cabe resaltar un fragmento de Despentes (2007) en su Teoría King Kong:

Nunca iguales nuestros cuerpos de mujer. Nunca seguras, nunca como ellos. Somos el sexo del miedo, de la humillación, el sexo extranjero. Su virilidad, su famosa solidaridad masculina, se construye a partir de esta exclusión de nuestros cuerpos, se teje en estos momentos. Es un pacto que reposa sobre nuestra inferioridad.

Y, en esta posesión del cuerpo femenino, el cuento busca narrar la lucha contra los estereotipos y contra las agresiones. En el mundo ficticio creado por Enríquez, es paradójico el accionar de las autoridades, quienes se muestran indulgentes en su capacidad para sentenciar y penalizar a los agresores. Sin embargo, en el momento en que la protesta de las Mujeres ardientes empieza a adquirir más adeptas y los casos de quemas aumentan, deciden buscar y sentenciar a las autoras intelectuales y materiales de dicha protesta: “Las quemas las hacen los hombres, chiquita. Siempre nos quemaron. Ahora nos quemamos nosotras. Pero no nos vamos a morir: vamos a mostrar nuestras cicatrices” (Enríquez, 2016).

Un cuento importante para el contexto latinoamericano y necesario para las personas que de una u otra manera se han visto involucradas en algún tipo de violencia de género. El talento de Enríquez va más allá del solo narrar; crea un escozor, una identificación con las protagonistas de su relato, con la madre de Silvina, con las Mujeres Ardientes y con la justicia poco eficiente, en la que la responsable de los actos termina siendo la víctima. Son muchos los relatos de las mujeres que han sido víctimas y que ahora deben cargar con el peso de sus cuerpos deformados, no solo como recuerdo de la impunidad de los agresores, sino como punto de encuentro de miradas y juzgamientos sociales por no encajar en el prototipo de belleza impuesta desde el pensamiento masculino: para consumir y vender.

Todas las historias creadas por Enríquez, desde la fantasía y desde su propia experiencia —como lo ha relatado en muchas entrevistas—, tienen la vitalidad del misterio, del horror, de los sucesos paranormales. Muchas de sus historias dejan abierto el final, en muchos casos, para que el mismo cuento termine creando una sensación de pánico a los y las lectoras. Imágenes crudas y fuertes, relacionadas con diferentes ritos brasileros, donde aparecen cabezas humanas sin cuerpo, violaciones, canibalismo; edificaciones con vidas propias, mujeres atormentadas y obligadas a la autoflagelación; obsesiones por el cuerpo humano, entre otros hechos que permiten darle un peso enorme a cada cuento. A diferencia de la literatura de terror norteamericana y europea, la latinoamericana lleva consigo todo un contexto de violencia cruda, donde se le puede tener miedo a seres sobrenaturales, pero se le teme, con mayor horror, a los seres vivientes.


Referencias

Canal BIBLIOTECA NACIONAL MARIANO MORENO. (21 de enero de 2019). Mariana Enriquez. Autores x autores. [Archivo de vídeo]. Youtube. https://www.youtube.com/watch?v=w4ZIq5zNYW0

Despentes, Virginie. (2007). Teoría King Kong. Traducción Beatriz Preciado. Editorial Melusina, S.L.

Enríquez, Mariana. (2016). Las cosas que perdimos en el fuego.  EditorialAnagrama. Argentina, España.

Fiscalía General de la Nación: en la calle y en los territorios. (2016). Sentenciado a 21 años y 10 meses de prisión Jonathan Vega por atacar con ácido a Natalia Ponce en su rostro. CMR/AAEA. https://www.fiscalia.gov.co/colombia/noticias/sentenciado-a-21-anos-y-10-meses-de-prision-jonathan-vega-por-atacar-con-acido-a-natalia-ponce-en-su-rostro/

Kartún, Mauricio. (1995). Apuntes de dramaturgia creativa. Teatro del Pueblo. SOMI. URL: http://www.teatrodelpueblo.org.ar/sobretodo/06_sobre_la_creacion_dramatica/kartun001.htm


[1] Me refiero a niño en masculino, pues ambos protagonistas lo son.

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