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Editoriales | Paro Nacional

Inhumanidad en el Paro Nacional o el porqué nos quitan los ojos

Anyela Botina
[email protected]
Licenciatura en Filosofía y Letras
Universidad de Nariño

En Antropología de la inhumanidad de María Victoria Uribe (2018) se analizan las masacres que vivieron las zonas rurales de Colombia en la época de la violencia bipartidista (1946-1964), el surgimiento de las guerrillas en los años sesenta y el paramilitarismo durante las décadas finales del siglo XX. Hoy, en el estallido social que vive Colombia, es pertinente retomar el análisis de este libro para reflexionar acerca de los actos violentos que todos hemos vivido con proximidad y que nos han llevado a afirmar que la violencia que por muchos años ha vivido el campo ha dejado de ser invisible para las personas que habitan las ciudades del país.

Se ha dicho que la violencia que ha sufrido el campo no puede compararse a la violencia que hoy vemos en las ciudades por el estallido social, pero esto hace pensar que la guerra del campo es una realidad alterna y mínima al escenario que vive toda Colombia, cuando la guerra nunca ha terminado. Pues, mientras se ha intentado reparar, resignificar los territorios y buscar la verdad, siguen apareciendo muertos en los ríos, madres buscando a sus hijos desaparecidos bajo un manto de indiferencia, debido a que esta guerra tiene como mejor arma el silencio cómplice y la mirada de desprecio hacia los colombianos que habitan la periferia del país.

Para continuar con el análisis, tomo como referencia el capítulo Las masacres como síntoma social en donde la autora define el síntoma social como “una mancha inerme que no se puede incluir en el círculo discursivo” (Uribe, 2018, p. 80). Es así como la violencia en Colombia ha permeado todos los escenarios sociales, puesto que, las reestructuraciones históricas que ha vivido el país han permitido que las ciudades puedan mirar un panorama aparente de tranquilidad; mientras que simbolizar y tramitar la guerra en el campo, donde el conflicto sigue vivo y a sus anchas, es una forma de resistencia marginada que lucha en contra de la violencia, el olvido y la injusticia. Una labor más que heroica, injusta.

Las prácticas crueles que hoy se viven en las ciudades son parte del síntoma social colombiano, son el fantasma que nunca se ha ido, que acecha desde siempre en el sueño tranquilo de las personas en la ciudad y que al menos hoy miramos en todas partes, sin lograr ser indiferentes. Tanto así que podemos afirmar que las ciudades están conociendo, en una pequeña dosis, la zozobra y la incertidumbre  que por años han tenido que vivir las zonas rurales de nuestro país. O será, más bien, que por fin quisimos ver esa incertidumbre como nuestra porque siempre ha estado ahí, retumbándonos en la cabeza, pero solo la escasez, los casos de violencia que noche a noche se escuchan frente a nuestras casas o en redes sociales y que nos impide seguir con nuestra vida “normal” ya no nos ha dejado poder mirar para otro lado.

Las masacres que se viven en el campo, hoy se viven en las calles y dan cuenta de que este país ha sido y sigue siendo el país de las masacres. Estas que son un síntoma colectivo que nos impide ver la realidad social y resignificar los espacios, la cultura y el futuro que se ha normalizado en el odio hacia el pobre, el campesino, el negro, el indígena y la mujer, y que muestran la negación de un conflicto y de nuestras responsabilidades como ciudadanos.

El síntoma social en Colombia hoy se evidencia en los ataques de la fuerza pública hacia los y las manifestantes. Los casos de agresiones oculares —o como comúnmente se nombra: “sacarles los ojos”—, se consideran actos cometidos al azar e incluso son señalados como engaños o exageraciones. Prueba de esta manera de concebir las agresiones oculares es la afirmación de la senadora Paola Holguín: “dejen de llorar por un solo ojo” (Holguín, 2021). Pero estos actos no ocurren al azar, sino que son casos de violencia sistemática en contra de los y las manifestantes que van mucho más allá de ser una simple agresión y se encuentran lejos de ser un engaño.

Según la ONG Temblores, han ocurrido 65 casos de agresiones oculares en lo que va del Paro Nacional desde el 28 de abril al 31 de mayo (Temblores ONG, Indepaz y Paiis, 2021). Estos hechos son de total repudio, pues confirma que la mejor arma del estado es el miedo que se inscribe como mensajes de terror en los cuerpos y que busca, al igual que la guerra en el campo, silenciar con el fin de que estos casos queden en la impunidad y las víctimas sean cubiertas por la indiferencia social.

Esta tecnología del terror que utiliza los cuerpos como textos da cuenta de que los cuerpos de los manifestantes se deshumanizan y se expropian de su identidad. En el caso de las agresiones oculares, el ojo tiene una doble función: por un lado, dentro del campo de lo simbólico, esta parte del cuerpo humano contiene una representación ligada a nuestra humanidad y, más aún, la mirada. Es la mirada lo que nos permite reconocer al otro, es el rostro lo que nos acerca y nos humaniza, y que también puede ser un castigo y generar incomodidad cuando la mirada del otro nos increpa, nos crea conflicto y nos vigila. Además, dentro del fenómeno actual representa una gran herramienta porque, hoy en día, los medios de comunicación y las redes sociales privilegian el sentido de la vista y es por estos medios donde se han denunciado los ataques de la fuerza pública. Como también  ha sido por medio del arte plástico que se han resignificado los espacios —como las avenidas, los puentes, las estatuas— a través de grafitis, murales y monumentos que denuncian las prácticas inhumanas de la Policía y el Gobierno.

Por otro lado, las agresiones oculares son un mensaje de terror, pues se rompe con el orden simbólico del cuerpo que crea una identidad corporal ambigua que produce desconcierto e intimidación, como lo afirma uno de los testimonios de las víctimas: “el ojo se abrió en dos” (Lago, 2021). Es así como estos mensajes cumplen la función de perpetuarse en el tiempo al permanecer grabados en la piel y convertirse en una advertencia para los y las manifestantes.

Dentro de estos mensajes de guerra que se inscriben en el cuerpo, también es importante resaltar los 25 casos de violencia sexual a mujeres por parte de la fuerza publica (Temblores ONG, Indepaz y Paiis, 2021). Aunque se considere que estos delitos son arbitrarios a las manifestaciones, por el contrario, diría que dan cuenta de la lógica de la guerra, el terror y la misoginia que están presentes en nuestra sociedad; que utiliza los cuerpos femeninos como territorios de conquista, como mensajes de guerra que deshumaniza los cuerpos femeninos y los expropia de su identidad; y que vulnera el derecho de las mujeres a manifestarse.

Todos estos abusos y delitos por parte de la policía son sistemáticos y buscan generar terror en la sociedad, pero también desnaturalizar a los y las manifestantes con el fin de que haya una retirada o un debilitamiento de las convicciones y problemas que hoy nos importan a todos; pero que si todo se acaba hoy, aquellos jóvenes heridos y mujeres violentadas sexualmente, no serán más que eso, casos aislados, cifras inciertas, sin nombre. Tan solo una realidad alterna e impropia que miramos con indiferencia, que sabemos que quedará impune y que a nadie le importan. Prácticamente, una muerte en vida.

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