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Editoriales | Paro Nacional

Dormir se siente tan egoísta por estos días

María Camila Aricapa
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Estudiante de Antropología

―¡Nos están disparando!, ¡necesitamos asistencia médica!, ¡por favor! compartan y denuncien ante organizaciones de derechos humanos, ¡nos están matando!, ¡lo mataron!, ¡la mataron!, ¡está herido!, ¡está muerto!, ¡necesita ayuda!, ¡necesitamos ayuda!― gritan las y los manifestantes y el personal médico frente a una cámara con miles de personas al otro lado de la pantalla. Con voces quebradas y cansados de correrle a las balas; a los bolillazos; y a los atropellos de policías, del Escuadrón Móvil Antidisturbios (ESMAD), de los Grupos Operativos Especiales de Seguridad (GOES) y, ahora, a ‘civiles de blanco con alma negra’. Asfixiados; con rostros blancos por el efecto del agua con bicarbonato; ojos hinchados y rojos por los gases, pero más que nada por el dolor y la tristeza de verse ultrajados.

Y nosotras, las gentes al otro lado de la pantalla, nos quedamos aturdidas e impotentes. Algunas, muy pocas, se toman en serio la tarea ―la única que pueden hacer― de compartir y denunciar la brutalidad ante organizaciones internacionales, pues las nacionales están siendo acalladas o simplemente callan. Otras, la mayoría, prefieren pasar rápidamente las historias de las redes sociales, sin detallarlas, sin escucharlas, sin sentirlas, sin llorarlas. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, un refrán que define a Colombia. Siempre ha sido más fácil callar que alzar la voz. Siempre ha sido más fácil tener  ceguera selectiva a molestarse por las injusticias de un pueblo al que no se quiere pertenecer, al que no se quiere reconocer. 

Ya es de madrugada y siguen compartiendo los videos de denuncias por la brutalidad policial. Cierro los ojos y creo escuchar los gritos desgarradores de la madre de Santiago Andrés Murillo, a las afueras de urgencia en Ibagué: “era mi único hijo, era mi único hijo. Mátenme a mí también”. Sigo escuchando los gritos tímidos de las gentes que se atreven a alzar la voz desde las ventanas al ver a policías sacando sus armas y apuntándole a quienes solo tienen una teja de zinc como escudo y una botella de agua con bicarbonato para despistar los gases. Sigo escuchando las voces quebradas de las chicas y chicos de prensa que ―tirados en el suelo y recibiendo bolillazos, patadas y puños― les imploran a sus agresores que paren: “por favor, somos prensa, tenemos distintivos”, “por favor, no estamos haciendo nada”, “por favor, paren”. Sigo escuchando el llanto de niñas y niños que están asfixiados por los gases que indiscriminadamente tiraron a casas, barrios y conjuntos cerrados. Sigo escuchando los gritos del personal médico que suplica a la policía y al ESMAD que les permitan entrar a zonas de enfrentamiento para atender a las y los manifestantes heridos. Sigo viendo rostros desgarrados por la impotencia que solo pueden ver “en vivo” el cómo asesinan a compañeros y amigos. Sigo viendo calles manchadas de sangre, de injusticia, de impunidad.

No sé qué me asusta más, las balas o la apatía. ¿Quién no se llena de rabia e indignación viendo los atropellos en esta aparente ‘democracia’?, ¿quién no rompe en llanto al escuchar los gritos de auxilio de las madres que están perdiendo a sus hijos?, ¿quién puede dormir tranquilo cuando sabe que a cada hora hay un nuevo desaparecido, un nuevo herido, un nuevo muerto?, ¿a quién no se le hace un nudo en la garganta al ver los videos de Lucas Villa llenando de alegría la marcha y denunciando la matanza sistemática horas antes de ser masacrado? Es que: ¿hay acaso una ceguera o una empatía selectiva? 

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