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Editoriales | Paro Nacional

Dictador de nada

Mariana Aguirre Martínez
[email protected]
Estudiante de Profesional en Filosofía y Letras
Universidad de Caldas

—Alexa1, pon Duque Chao en Spotify— dijo el dictador esa mañana mientras inclinaba la cabeza hacia atrás tratando de ver qué tan largos tenía los pelos de la nariz. No recordaba dónde había dejado las tijeritas que usaba para cortarlos, entonces los dejó así.Y Duque chao, Duque chao, Duque chao, chao, chao” , sonaba la música en el baño; siguiendo el ritmo con sus pies, el dictador dejaba caer un chorro de shampoo sobre su mano para después masajear el cuero cabelludo en círculos con las yemas de los dedos. Tratamiento matizante para que sus canas decoloradas no empezaran a tornarse amarillas. Debía agendar cita con la estilista, ya se le estaba notando la raíz. La rutina de seguir el libreto del dictador era demasiado agotadora.

Al salir  de la ducha, notó que en el televisor estaba en vivo la emisión de noticias y estaban hablando de él: “Nuestro dictador ha hecho las cosas bien, ha dicho que no hablará con nadie, que aquí se hace lo que él diga y que se relajen con un rocksito, 15 de volumen y una cervecita en Andrés DC”2. Ahí se veía él, caminando por los pasillos de la casa de Nariño, ojalá sus jefes le dejaran vivir ahí, tenía toda una sala de cine en dónde podría sentarse todos los días a ver Bohemian Rhapsody, le encantaba la actuación de Rami Malek como Freddy Mercury. 

El Iphone sonaba, una llamada entrante de su esposa, Maria Luciana debía tener los ojos encharcados. Dictador, acostumbrado a ver las lágrimas de orgullo en todos los que lo amaban, contestó el teléfono presumiendo su emisión en el noticiero matutino, no debe ser cualquier cosa ver una mañana de miércoles a tu esposo en televisión.

Aunque le gustaba esa vida no se acostumbraba, sabía que cuando todos los planes dieran frutos, podría sentarse a ver la nación de los sueños de sus jefes, que a ese punto también se había convertido en su sueño. En ese momento las cosas estaban complicadas, la masa informe que no piensa —como la llamaban en la organización— se había dado cuenta de su plan para concentrar la riqueza en un solo sector, se empezaron a manifestar, se tomaron las calles. Cada día salían con algo nuevo, que su marcha carnaval, que su caravana de motos, que camioneros, que plantón, que rompiendo vidrios, incendiando estaciones de policía. Básicamente, él tenía el país encima y esa era su tercera semana de lidiar con eso.

Ese día había cosas por hacer. La ciudad estaba colapsada por la cantidad de manifestantes, pero él debía ir con su sastre a probarse los trajes nuevos. Tenía una reunión con sus jefes para acordar los nuevos discursos y decidir si se sentaría o no a hablar con esa gente que lo quería fuera de su cargo, lo trataba mal, lo abucheaba, le hacía carteles ofensivos, se burlaban de su físico. Y sí, él era un dictador mano de piedra, caradura al que no le debía afectar eso, pero a veces tenía pesadillas con el feed3 de Twitter y los memes de Facebook.

Todos le llamaban dictador, pero él no era quien mandaba, él era solo la cara de una organización, su trabajo era replicar y llevar a cabo las decisiones que allí se tomaban. Si pudiera mandar, lo haría de la misma forma, pues sabía que sus jefes tenían la razón, el petrocastrocorreachavismo4 pulgoso y roñoso de izquierda sería nuestra perdición si le abríamos la puerta, por eso había que acabar con quienes pensaban diferente a ellos. Pero esos no son los temas importantes, los trajes del sastre estaban perfectos, vestido así se veía serio, mayor, más tenaz. Nunca le creyó a sus estilistas cuando le dijeron que lo podían hacer ver mayor, pero en ese momento, frente al espejo lo entendió, al fin se había convertido en la persona que todos querían que fuera y su imagen le daba determinación para hacer lo que le ordenaron en principio.

Atrás quedaron esos días de “Se acabó la guachafita”, “Colombia con P mayúscula” y “Los siete enanitos”. Ahora él podía hacer cosas admirables como usar el avión presidencial para el cumpleaños de su hijita, llevarle saludes de su jefe al rey de España y, su último logro, en una alocución presidencial había ordenado militarizar las ciudades que no hacían lo que él quería. En la reunión oyó muchas cosas, recuerda la palabra molecular y la palabra disipada, quien sabe de qué estarían hablando. Por último, todos lo miraron fijamente y ahí él supo que venían las indicaciones:

“Vas a hablar con ellos, vas a tumbar la reforma 1, vas a decirles que sí les vamos a dar educación gratuita, que vamos a hablar en serio, pero que va a seguir la militarización. Así van a entender que si siguen saliendo a la calle, ya no va a ser nuestra responsabilidad lo que pase con ellos, dale a la fuerza pública… Blah, blah, blah”. Escuchó algo sobre fuerza pública, órdenes, 700 balas cada noche, pero ya eran demasiadas cosas en las que concentrarse. Al fondo escuchó que aquella voz gruesa aumentaba el volumen: “Mírame, no nos importa lo que hagan con la gente que capturen, lo importante es que no den mucha lora. Tienes, escúchame bien, tienes que seguir criminalizando esa protesta, así la gente de bien nos va a ayudar a controlar esto”

Él asintió con la debida seriedad de un mandatario, al levantarse a darle la mano a sus jefes no calculó el movimiento y tiró un vaso de agua sobre la mesa, en la cara de todos se vio el descontento; pero son errores humanos y él, aunque se viera muy dictador, no estaba exento de cometerlos. Salió de ahí con cada una de las cosas anotadas en forma de lista y con un cuadrito al frente para chequear cuando hiciera cada una, su asistente era la persona más organizada del mundo y hacía ese tipo de cosas por él. 

En la entrada al edificio había cuatro personas que no deberían haber estado ahí. Y claro, debían estar ansiosos por conocer a su presidente, el hombre que todo lo puede, pero él tenía órdenes estrictas de no detenerse y de no hablar con nadie, entonces solo levantó la mano en un saludo, aplicando sus clases de simpatía. Eso lo distrajo y no vió el escalón que había frente a él, cayó al piso y no tuvo tiempo ni de mirarse los golpes porque en ese momento empezaron a sonar estallidos de bala. Los seis escoltas que lo acompañaban lo rodearon en el piso y los demás se encargaron de la situación. Eso sí que parecía literalmente un golpe de suerte, pero él sabía que la suerte no existía, su fe le recordaba que era la protección de la virgen de Chiquinquirá. Su caída fue obra de ella, un aviso de que lo iban a matar. La sensación de inquietud no se iba, le pidió al chofer que cambiara la ruta, que reforzara la seguridad y llamó a su jefe dos o tres veces sin respuesta.

La alocución fue un desastre, aunque trataba de no usar muletillas, dijo la palabra vándalos siete u ocho veces por minuto. Los críticos dijeron que se escuchó como una razón y la gente siguió en las calles como si no pasara nada, nadie agradeció la clemencia que tuvieron. De ahí se fue a su casa, a esperar órdenes y no pasó nada, encendió el televisor y entonces entendió todo, su jefe había muerto. Le dispararon ocho veces, lo mataron al primer balazo y los otros siete fueron con saña. Él no estaba triste, no tenía un gran afecto por ese hombre; pero estaba asustado, nadie lo cuidaría, nadie le diría que era lo siguiente y nunca supo si había —entre tantos planes— alguno de emergencia para ese momento. Nadie lo llamó, nadie le avisó; pasaron días y nadie le dijo qué hacer, ni su familia, ni su equipo de seguridad; nadie le atendía las llamadas. No era nada, no era nadie. Y en un estallido, mientras veía caer las paredes del edificio, los vidrios quebrados y el fuego en todas partes, su vida se acabó.

“Este es un momento cumbre en la historia, es el fin de la dictadura, nuestros académicos, amigos y libertadores exiliados en el exterior deben estar haciendo maletas para volver, pues esos años de terror y represión quedaron atrás” Fue el discurso que pronunció un hombre, con traje de sastre, en una plaza pública, rodeado por cinco escoltas, con una comitiva de apoyo, compuesta por seis personas mayores que él, todos hombres de negocios y con una amplia carrera política. El ciclo volvía a empezar el mismo día.


1 Alexa, Asistente virtual controlado por voz creado por Amazon.
2 Reconocido restaurante-bar en la zona T de Bogotá.
3 Inicio de Twitter, donde aparecen los últimos Tweets.
4 El término original es Castrochavismo y fue empleado en la campaña presidencial de Colombia en 2018, por parte de un sector político, para referirse a los movimientos de izquierda.

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