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Editoriales | Paro Nacional

De la indiferencia a la acción

Camilo Ospina Patiño
Estudiante de la Licenciatura en Lenguas Modernas
Séptimo semestre
Universidad de Caldas

El teatro de la vida: el espectáculo y la realidad

En Colombia, el teatro de la vida se torna cada día en una tragicomedia absurda. Los ricos cada vez más y más ricos, más opulentos, llenos de propiedades, privilegios y cabezas de ganado. Mientras que la clase media lucha para no descender en el escalafón del progreso socioeconómico, se ahoga entre préstamos bancarios, servicios al alza y la carencia del fin de mes. Los pobres, más y más pobres, se arrastran entre el fango de la violencia y la desigualdad; la apatía y el olvido de sus compatriotas.

El cinismo y la corrupción son el pan de cada día, ¿en qué otro país los mal llamados “representantes del pueblo” interpretan tan cómicas y perversas actuaciones? En Colombia, los payasos no se limitan a dormir y vociferar barbaridades en plenarias del Senado; y, mucho menos, escatiman en costosos esquemas de seguridad y sueldos exorbitantes que pagamos con nuestros impuestos. Aquí el espectáculo no es de los payasos, sino de los espectadores, pues los primeros, entre risas y decretos a puerta cerrada, ponen a su audiencia vestidos coloridos, narices rojas y pomposos Cocacolos; mientras hacen sus juegos de naipes y, entonces, inocentemente despreocupados, reímos a carcajadas, ya coloridos, ya risueños, mientras nos avientan un pastel de mierda en la cara. ¡Pero no importa! Seguimos riendo, con los rostros y las sonrisas cubiertas de inmundicia, seguimos riendo y solo nos queda comer resignados, pues al fin y al cabo mañana será otro día y hay que trabajar.

Lo trágico y lo cómico se bifurcan en la triste pasividad de los oprimidos y abnegados; en conciencias alienadas en la labor diaria, en las oficinas y el transporte público; en las placenteras comodidades de opiniones fuera de contexto, de inválidos indignados tras pantallas y botones de compartir; en el miedo a tomar partido en acciones reales y concretas.

La moral de los bien pensantes

“[…] los nueve o diez cristianos a pies y puño limpio
haciéndonos sangrar con los símbolos de amor y paz
sobre sus pechos desalmados”.

El Relevo, Gioconda Belli

A menudo las comodidades y las atenciones hacen de la empatía algo abstracto y desconocido. Mientras para algunos no existan preocupaciones por la subsistencia diaria, poco importan las necesidades del prójimo, más allá de los ruegos por monedas o limosnas. Allí, en la cumbre de los lujos, se erige una cruz de apatía y se crucifica al desfavorecido. Estos pobres vergonzantes, camanduleros sin grandes riquezas pero llenos de odio y desprecio hacia los pobres, deben al banco sus viviendas y automóviles, y hasta dejan de comer por darse un “gustico” con el cual ostentar y aparentar el éxito resultado del trabajo duro y las oraciones.

Las falsas conciencias dividen y atomizan a nuestra ya fragmentada sociedad. Las ideologías recalcitrantes de la oligarquía colombiana han predicado los buenos y sagrados valores de la civilización cristiana, evangélica o católica, o cualesquiera de esos credos bastardos que predican el amor de Dios y para Dios, mientras aplican el odio y la más grande de las hipocresías. Pues, al fin y al cabo, la culpa y el perdón de los pecados se pagan yendo a misa, aportando un diezmo o confesándose con la autoridad terrena de un dios muerto. La fe y el miedo financian campañas políticas y grupos armados y, entre tanto, se llenan los hocicos recitando sus salmos favoritos, cantando, bailando y regocijándose bajo un halo de superioridad moral. 

El nuevo ídolo o Estado, baluarte de tan buenos valores, conserva en su interior la moral servil de credos inoficiosos para añadir los preceptos de “seguridad,  democracia y orden”. ¡Claro! Como todos aquellos dogmas, su naturaleza transaccional, ahora encarnada en las buenas acciones, y la defensa de la propiedad autorizan a los autodenominados “colombianos de bien”1 a defender su derecho sagrado a la violencia, la censura y a la supresión de todo lo que amenace sus privilegios y su buen gusto, pues no hay beneficio sin inversión tanto en la tierra como en el cielo. Amén.

Política de Estado

“Si la democracia es el gobierno de las mayorías,
¿cómo es posible que las mayorías estén desprotegidas
y se encuentren en la pobreza o en la miseria?”

Carlos Gaviria Díaz

En Colombia, lo más equitativo es la injusticia y mansamente aceptamos tan buena repartición de los buenos valores y deseos de los poderosos. En este país, conceptos como: equidad, libertad, dignidad y paz —tan bellos sobre un trozo de papel o pronunciados en un discurso político— están vacíos, no son más que cascarones rotos, sin significado o pretensiones que vayan más allá de cualquier campaña política de turno. 

En Colombia, la violencia es la ley y el Estado no es civil, sino más bien de naturaleza. El monopolio de la fuerza y la violencia lo ejerce todo aquel que posea los medios físicos, simbólicos o espirituales para coartar las ya reducidas libertades de un pueblo arrodillado en busca de lo que le queda de dignidad; agobiado por las armas legítimas como ilegítimas; preso de la incertidumbre y el terror. 

En esta esquina de América Latina, la actitud servil de nuestros gobiernos siempre ha complacido las razones e intereses imperiales del gran capital. Como decía el profeta de la Nada: “Ellos son poderosos porque nos han robado nuestra fuerza” (Arango, 1964, p. 42). Nos la roban y nos la seguirán robando, pues claudicamos sin siquiera luchar o ser conscientes de lo que está en juego; agachamos la cabeza; y asentimos sin revirar, mientras atendemos la masacre del pueblo y los páramos, a la ley del más fuerte. El triste dilema de un porvenir igual de trágico, cómico y absurdo.

Colombia ha sido la tierra del despojo. Aquí la propiedad es de quien la reclama a la fuerza y con las armas; de las multinacionales que saquean nuestra tierra y compran sus derechos de extracción a los bandidos que defienden su idea de progreso y patriotismo.Aquellos que se hacen llamar “patriotas” y se alzan en armas para defender al país del vandalismo, el terrorismo o el comunismo, entre otras artimañas discursivas que buscan deslegitimar y negar la lucha y las exigencias de un pueblo cansado de tanta infamia. 

¡Ay! Todo esto en nombre del orden y de un Dios amoroso y todopoderoso, pues ven en sus fúsiles crucifijos, en las camándulas látigos justicieros y en el agua bendita la sangre de sus detractores. La sangre y el plomo siempre han sido sus mejores argumentos mientras leen la biblia antes de cortar una cabeza o empalar a una mujer. 

¡Ah! Ni qué decir de aquellos otros que se abanderaban en un principio revolucionario bajo la máxima de los oprimidos y explotados, para, finalmente, terminar al igual que sus contrapartes: prolongado el conflicto, luchando por lo verdaderamente sacro en el país del polvo de ángel, negocio nefasto que satisface las narices entrometidas y ansiosas de los norteamericanos; mientras aquí la gente es desplazada, amenazada y asesinada por complacer sus vicios y excentricidades primermundistas.

Colombia es un narco-estado paramilitar. Los que llegan al poder tienen como único fin mantener los negocios ilícitos y las grandes fortunas de una clase de hampones que vieron sus mezquinas oportunidades en los cargos públicos del gobierno nacional y contratan esbirros para defender, a capa y espada, tan glorioso y noble emprendimiento.

Terror de Estado 

La farsa de los medios, las décadas de atropello, los grupos armados, la mofa de los poderosos, el hambre, la pobreza y el abandono del Estado; penurias que por muchos y largos años padecieron los campesinos y todos los excluidos. Hoy todos estos males y amenazas se muestran como una realidad agobiante para las clases medias y bajas de las ciudades que, muchas veces, ven frente a sus casas como golpean, secuestran y hasta matan a los que alzan la voz en contra de la infamia. 

Las medidas económicas, sociales y políticas regresivas del gobierno de Iván Duque Márquez, cabeza oficial y visible de una clase dirigente plagada mafiosos, han acabado con la mansedumbre del pueblo. Las calles se llenan con las voces y los reclamos de una generación que reconoce la perdición de su futuro en el desempleo, la inequidad y la violencia.

El derecho a la protesta pacífica está consagrado en el artículo 37 de nuestra constitución política y, como tal, debería ser respetado. Pero, ¿acaso en un país donde los derechos humanos son tan insignificantes como las necesidades y penurias de un pueblo, puede la constitución ser respetada? La respuesta, tristemente, es obvia: no. Y no es simple y llanamente una negativa por las vías diplomáticas, sino una respuesta que se materializa en la estigmatización de los protestantes como vándalos o terroristas; en la infiltración y sabotaje de la fuerza pública a las manifestaciones; y en el repugnante abuso de la fuerza.

Ante esto, la respuesta del gobierno y la Policía Nacional se reduce al despliegue de su lóbrego escuadrón de la muerte. Estos salen en supuesta defensa de las instituciones y del orden establecido, cuando todos conocemos su naturaleza depravada, una que obedece las órdenes de un psicópata genocida desde sus extensos aposentos. 

La incapacidad de nuestros gobernantes por aceptar la realidad de la situación y las demandas que se alzan nos ha traído a un punto ciego donde las partes no encuentran consenso; lo que prolonga el Paro nacional y, con este, la indignación popular y la represión estatal desmedida. Mientras el gobierno se abstiene de resolver la situación por medio del diálogo y los manifestantes reciben la estigmatización de la causa, además de burlas a la inteligencia y al sentido común.

Sublevación popular

“[…] el chasquido del látigo sólo puede
rubricar el silencio de los inconscientes
o de los cobardes”
2

La razón ilumina la consciencia y la injusticia, en algún momento, la exhorta a la acción. El desempleo, el hambre, la miseria, la desaparición forzada, la violación, la tortura, el asesinato y la impunidad son los crímenes ingentes en contra del pueblo que rebozan la copa de los oprimidos y enardece el espíritu popular en contra de las injusticias. Los bienes públicos, cosas materiales sin sueños ni aspiraciones, jamás se podrán equiparar en valor a una vida perdida a manos de quienes juraron protegernos y resguardarnos. 

El tiempo corre y el odio, tal como el amor, se gesta en lo profundo del alma, ambos tienen en común la vehemencia en su manifestación por los y las que ofrecen sus ojos a cambio de sus derechos; por los señalados de vandalismo o terrorismo; por las abusadas como botín de guerra y lamentable ejemplo de impunidad; por los desaparecidos que hoy flotan inertes, como balsas para los gallinazos sobre el río Cauca; por los masacrados en las últimas semanas de protestas en el seno de la supuesta democracia más antigua de Latinoamérica; por todos ellos, los que fueron, los que son y los que tristemente serán víctimas de la incapacidad de un Estado por garantizar y cumplir su rol fundamental. 

Por todo lo acaecido en la historia reciente de nuestro país las calles hoy gritan: ¡BASTA!

Protagonismo de novela

El Comité de Paro —conformado por los diferentes gremios, sindicatos y organizaciones— ha perdido la confianza del pueblo. Los políticos de la Coalición de la Esperanza, en un lamentable intento por abanderarse de la lucha popular, ganaron el repudio de los manifestantes, pues el descontento es general y no tiene bandera ni partido político: “Quienes se dicen representantes de la voluntad nacional son para las grandes mayorías de la población personas indignas de confianza, meros negociantes, vividores que no se identifican con su país y que no buscan su grandeza” (Ospina, 1997, p. 14). 

Lo que ocurre en Colombia es la afirmación de la voluntad del pueblo que ejerce su soberanía a pesar de la represión y la violencia. Tristemente, la política del espectáculo da cabida a personajes nefastos en busca de protagonismo y electores incautos en aras al 2022.

Todos aquellos oportunistas que hacen acuerdos con el gobierno que asesina impune en las calles, adalides autoproclamados sedientos de subrepticios privilegios, deben entender que han hecho un daño irreparable. Mientras el gobierno siga dilatando el diálogo y la negociación, y las calles se sigan llenando de sangre, el Paro habrá de continuar. 

Las demandas del pueblo deben ser representadas por el pueblo mismo; pues solo ellos viven en carne propia las dificultades de sobrevivir en este país y solo ellos deben pensar y expresar sus exigencias, y estas deben ser escuchadas y respetadas.

13 de junio 2021


1 También “persona de bien”. Es una expresión utilizada por un sector de la población para autocalificarse como buenos ciudadanos, a saber, personas que practican los buenos valores: ser creyente, respetuosa de la ley, compasiva, trabajadora y humilde, etc…
Actualmente, dichas expresiones han adquirido una connotación contraria o negativa. Así, “Colombiano de bien” o “persona de bien”, suele ser referida por otros sectores de la población, de forma irónica e incluso peyorativa para resaltar todos aquellos valores ausentes en las personas que se autodenominan de tal modo.

2 Enrique F. Barros, Horacio Valdés, Ismael C. Bordabehere, presidente. Gurmensindo Sayago, Alfredo Castellanos, Luis M. Méndez, Jorge L. Bazante, Ceferino Garzón Maceda, Julio Molina, Carlos Suárez Pinto, Emilio R. Biagosch, Angel J. Nigro, Natalio J. Saibene, Antonio Medina Allende, Ernesto Garzón. 1928, “Manifiesto Limiar – La juventud argentina de Córdoba a los hombres libres de Sud AméricaManifiesto de la Federación Universitaria de Córdoba”. Córdoba, Argentina. Universidad Nacional de Córdoba. Campus Virtual: https://www.unc.edu.ar/sobre-la-unc/manifiesto-liminar.


Referencias

Arango, Gonzalo. (1964). “El sermón atómico”. En: Obra Negra. Buenos Aires, Argentina: Carlos Lohlé. S. A. I. C.

Constitución política de Colombia. (1991). Colombia.

Ospina, William. (1997). ¿Dónde está la franja amarilla?. Santa Fe de Bogotá, Colombia: Editorial Norma S.A.

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