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Editoriales | Septiembre

¿Cómo se produce el movimiento de desplazamiento en los animales racionales e irracionales según Aristóteles?

Cindy Paola Lancheros Conde [1]
Estudiante de Pregrado en Filosofía
Universidad Nacional de Colombia sede Bogotá
[email protected]

“[T]odos los animales mueven y son movidos para algo, de modo que eso para lo que se mueven es para ellos el término de todo movimiento” (Aristóteles, Movimiento de los animales, 700b15-17).

Resumen

En este escrito se intenta dar cuenta de cómo, según Aristóteles, los animales logran desplazarse por sí mismos. Para ello dispondremos de cuatro secciones. En la primera de ellas exploraremos uno de los factores que pone en movimiento locativo al animal en cuanto animal; este es el objeto de deseo. A su vez, esta sección se subdivide en dos: en un primer momento caracterizaremos aquellos elementos del deseo que son comunes a todos los animales y, después, especificaremos aquellos que son propios de los animales racionales, junto con los tres tipos de movimiento locativo que resultan de ellos: acción continente, incontinente, y virtuosa. Acto seguido, en la segunda sección, explicaremos la deliberación, en cuanto cálculo racional. Luego, en la tercera sección, advertiremos el segundo factor implicado en el movimiento locativo, la phantasía, y dilucidaremos la distinción entre aisthetikè phantasía y phantasía logistikē. En la cuarta sección, mostraremos cómo puede representarse dicho movimiento en la figura del silogismo práctico. Por último, presentaremos algunas conclusiones derivadas de las secciones anteriores, en las que se evidencia cómo se produce el desplazamiento animal.

Palabras clave: acción, deseo, phantasía, deliberación, silogismo práctico.

Abstract

In this paper attempts to account for how, according to Aristotle, animals manage to move by themselves. For this we will have four sections. In the first one we will explore one of the factors that places the animal as an animal in locative movement; this is the object of desire. In turn, this section is subdivided into two: at first, we will characterize those elements of desire that are common to all animals, and later, we will specify those that are characteristic of rational animals, along with the three types of locative movement that result from them: continent, incontinent, and virtuous action. Immediately after, we will explain the deliberation, as a rational calculation. Then, we will notice the second factor involved in the locative movement, phantasía, and we will elucidate the distinction between aisthetikè phantasía and phantasía logistikē. Fourth, we will show how this movement can be represented in the figure of the practical syllogism. Finally, we will present some conclusions derived from the previous sections, which demonstrate how animal displacement occurs.

Keywords: action, desire, phantasía, deliberation, practical syllogism.

Dos factores, nos dice Aristóteles, son los que ponen en movimiento locativo al animal en cuanto animal: el deseo y el intelecto, en dado caso que la phantasía sea alguna clase de intelección (Aristóteles, Acerca del alma, 433a9). En primer lugar, en lo concerniente al intelecto, hay una distinción entre intelecto práctico e intelecto teórico. El primero de ellos es siempre en vista de algo y concluye en una acción, mientras que, el segundo, no se refiere a la acción y resulta en una proposición, ya que él no nos dice qué debe perseguirse ni qué se debe evitarse en cada caso, sino que opera por medio de la afirmación y la negación (cfr. Aristóteles, Ética Nicomáquea, 1139a24). Además, el deseo también comparte el carácter de ser en vista de algo del intelecto práctico, por lo que su objeto constituye el punto de partida de este último[2]. Y en la medida en que esto es así, cuando el objeto de deseo mueve, pone en movimiento al intelecto práctico, que es quien inicia la acción. Como consecuencia, solo se puede llevar a cabo un cálculo racional —deliberación— si hay un objeto de deseo que funcione como principio del intelecto práctico. En segundo lugar, es posible entender que la phantasía es un tipo de intelección práctica, si tenemos en cuenta que “las imágenes son como perceptos para el alma intelectiva (…)” (Aristóteles, Acerca del alma, 431a15). De ahí se sigue que si el intelecto práctico no mueve nada sin un objeto deseo, la phantasía tampoco lo hará. Y dado que esto es así, el principio de movimiento está en la facultad propia de dicho objeto; esta es la desiderativa: “El motor es, entonces, uno solo: la facultad desiderativa” (Aristóteles, Acerca del alma, 433a21).

Primer factor: objeto de deseo

Facultad desiderativa en los animales racionales e irracionales

Cabe aclarar que no es el deseo por sí mismo el que mueve, sino su objeto. Este objeto puede corresponder al bien o al bien aparente, mas, con independencia de cual de los dos sea, su referencia siempre será al bien práctico, esto es, aquel que puede ser de otra manera y que es realizable (cfr. Aristóteles, Acerca del alma, 433a29-31). Según Aristóteles, siempre deseamos lo bueno, ya que “(…) el bien es aquello hacia lo que todas las cosas tienden” (Aristóteles, Ética Nicomáquea, 1094a2) y “(…) todo lo que uno hace voluntariamente lo hace deseándolo, y lo que uno desea lo hace voluntariamente, pero nadie desea lo que cree que es malo” (Aristóteles, Ética Eudemia, 1223b7-5). Sin embargo, dado que no hay claridad de si lo que se desea es el bien o bien aparente, el deseo y la phantasía están sujetos al error. Desde luego, a alguien se le puede aparecer algo como bueno, pero no existe la certeza de si lo que se le aparece es el bien real o no. Es así como no siempre se considera la misma cosa como buena porque se está sujeto a la contingencia y a otros factores que serán explicados más adelante.

Aunque la facultad en virtud de la cual se da el movimiento locativo sea una en especie —desiderativa—, es mucha en motores —múltiples objetos posibles de deseo y diversas formas de aparecer de los mismos—. En razón de ello, se distinguen tres factores que intervienen en dicho movimiento: (i) el motor, que es doble: por una parte, (a) el motor inmóvil por cuanto inteligido o imaginado —en este caso, el objeto de deseo en acto, es decir, el bien práctico— y, por la otra, (b) el que mueve y es movido (la facultad desiderativa); (ii) aquello con lo cual el motor mueve algo que ya es corpóreo; y (iii) aquello que es movido —el animal—. El objeto de deseo, como consecuencia, aunque permanezca inmóvil, es capaz de mover a la facultad desiderativa, que, a su vez, mueve a los cuerpos para alcanzar determinado fin. Es así como el animal empieza a moverse de manera voluntaria, movido por la facultad desiderativa y, en último término, por el objeto de deseo. Para causar movimiento, es necesario, además, que la facultad mueva con un instrumento corpóreo que debe ser considerado como una función u operación común al alma y al cuerpo[3] (cfr. Aristóteles, Acerca del alma, 433b20).

Una explicación más amplia acerca del motor inmóvil es proporcionada con los siguientes dos ejemplos: (i) así como ninguna fuerza, por intensa que esta sea, puede mover un barco desde su interior y, en cambio, si alguien se sirve de una pértiga o de cuerdas, no harán falta más que un grupo de marineros para moverlo desde fuera; así también todo lo que se mueve necesita de un punto de apoyo extrínseco para moverse (Aristóteles, Movimiento de los animales, 698b2-10). (ii) una segunda muestra de que este —motor inmóvil— es un requisito para el movimiento se hace manifiesta en las articulaciones de los animales. En ellas “(…) el principio está en reposo y el fin en movimiento” (Aristóteles, Acerca del alma, 433b24), es decir, en el caso del brazo, para que pueda ser movido, es necesario que una parte del animal permanezca fija, a saber, el hombro, y así sucesivamente.

Facultad desiderativa en los animales racionales

En la facultad desiderativa, además, encontramos una clasificación de los deseos, según sean racionales —volición— o irracionales —apetito e ímpetu—. En virtud del primer tipo, los animales que tienen cálculo racional pueden moverse guiados por la recta razón, mientras que, gracias al segundo, en cuanto discrepa con dicho cálculo, los animales —racionales o no— se mueven según el apetito o el ímpetu. Así, el deseo puede obedecer a la razón, pero, también puede negarse a escucharla e ignorar sus mandatos. En este último caso es cuando nace la epithymía —apetito—, pues se mueve apenas algo se le presenta como agradable o placentero. Además, el thymós —cólera o ímpetu— es capaz de escuchar a la razón, aunque de manera incorrecta: “Así, la ira oye, pero, a causa del acaloramiento y de su naturaleza precipitada, no escucha lo que se le ordena, y se lanza a la venganza” (Aristóteles, Ética Nicomáquea, 1149a29-30). En último término, está el deseo que escucha a la razón y se deja persuadir por ella; este es la boúlesis —volición—.

A diferencia de los animales incapaces de llevar a cabo un cálculo racional, en los seres humanos “(…) los deseos se tornan contrarios entre sí” (Aristóteles, Acerca del alma, 433b5). Esta disputa de deseos se da entre los deseos racionales y los irracionales, y puede generar tres tipos de movimiento locativo. El primero de ellos es la acción del incontinente, en quien domina el deseo irracional, apetitivo e inmediato sobre su pensamiento. El segundo tipo de acción es la propia del continente, quien domina su apetito y se mueve según el deseo racional, pues este muestra que es bueno algo más allá del placer ipso facto. La última acción es aquella que ejerce el virtuoso, el prudente; aquel que, gracias a la buena deliberación, no erra cuando busca el bien:

El hombre bueno, en efecto, juzga bien todas las cosas y en todas ellas se le muestra la verdad (…) y, sin duda en lo que más se distingue el hombre bueno es en ver la verdad en todas las cosas, siendo como el canon y medida de ellas. (Aristóteles, Ética Nicomáquea, 1113a28-33, énfasis agregado)

Los animales racionales, además, son aquellos “que tienen percepción del tiempo” (Aristóteles, Acerca del alma, 433b7), esto es, aquellos que tienen rememoración: “(…) los demás animales participan de la facultad de recordar [memoria], pero, por así decirlo, de practicar la reminiscencia, ninguno de los animales conocidos, fuera del hombre. La causa es que la reminiscencia es una especie de inferencia” (Aristóteles, Acerca de la memoria y de la reminiscencia, 453a8-10). Así, la reminiscencia se entiende como una capacidad para reconstruir el pasado de manera activa, por medio de la asociación de imágenes. Al rememorar, como consecuencia, se relacionan imágenes hasta obtener lo que se quiere. En contraposición con el mero recuerdo que sobreviene pasivamente por una afección, la rememoración es la búsqueda e indagación activa de algo. Aparte de ser capaces de rememorar, los seres humanos también pueden inclinar su pensamiento y sus deseos hacia el futuro, debido a su facultad racional. Los objetos de deseo del hombre, entonces, pueden apuntar a lo que se aparece como bueno a mediano y largo plazo, y a una visualización global de la vida como buena. El ser humano es capaz, pues, de abstenerse de ciertos placeres inmediatos en procura de otro objeto o propósito que se le presente como bueno y preferible.

En el caso del incontinente, tal perspectiva del futuro se ve afectada y su conducta puede ser caracterizada como “una caída del agente racional de praxis en el presente inmediato” (Vigo, 2006, p. 287). Los incontinentes actúan, por consiguiente, en contra de sus propias creencias sobre lo que consideran bueno y se dejan llevar por lo que se les aparece como placentero; no advierten el futuro y se entregan a lo inmediato, así esto resulte ser opuesto a sus convicciones. En su disputa de deseos, por tanto, resulta victorioso el deseo irracional que lleva al ser humano a moverse en virtud de su apetito y no en pro de lo que considera mejor para su vida. El objeto de deseo es, en este caso, algo que el sujeto concibe como bueno —aun cuando sea disímil de sus creencias sobre lo que es bueno para su vida— y, de este modo, aunque la acción sea mala o poco benéfica, existe un deseo real que le da inicio, el cual solo puede resultar del bien o del bien aparente.

Con esto se muestra porqué, a diferencia de los demás animales, los animales racionales pueden llegar a ser incontinentes. Los animales irracionales, por su parte, no tienen convicciones sobre lo que es mejor en su proyecto de vida o sobre las consecuencias que tiene una acción a largo plazo. Ellos se guían solo por instinto, por aquello que en el presente se aparece como agradable, como un bien en sentido estricto; de modo que no actúan en contra de lo que consideran bueno, sino que siempre lo siguen. Por ello es que “sólo hay propiamente incontinencia allí donde, junto a deseos y apetitos no racionales, hay también deseos y convicciones racionales que pueden ser ocasionalmente abandonados en favor de los primeros” (Vigo, 2006, p. 295).

Deliberación

Antes de explicar el otro factor que pone en movimiento locativo al animal, es necesario dilucidar el proceso de deliberación a través del cual el sujeto elige el medio con el que va a alcanzar su objeto de deseo. A diferencia del deseo, la elección es de cosas realizables para cada individuo y es el resultado de la deliberación. En palabras de Aristóteles:

(…) [D]eseamos estar sanos, pero elegimos los medios mediante los cuales podemos alcanzar la salud, y deseamos ser felices y así lo decimos, pero no podemos decir que elegimos (serlo), porque la elección, en general, parece referirse a cosas que dependen de nosotros (Ética Nicomáquea, 1111b27-32).

La elección es de lo que consideramos como bueno. La deliberación tiene que ver con “cosas que suceden la mayoría de las veces de cierta manera, pero cuyo desenlace no es claro y de aquellas en que es indeterminado” (Aristóteles, Ética Nicomáquea, 1112b7-10), es decir, tiene que ver con cosas contingentes. Desde este punto de vista, la deliberación es posterior al objeto de deseo. Como se evidencia en el caso del médico (cfr. Aristóteles, Ética Nicomáquea, 1112b13), nunca se duda del objeto de deseo, de producir salud, sino que se examinan los medios más idóneos para conseguir dicho objeto. El fin ya está determinado por lo que no es tema de deliberación, más bien, es el punto de partida desde el cual inicia la deliberación. La estructura de la acción racional para Aristóteles es, por tanto, como sigue: objeto de deseo, deliberación de la mejor forma de alcanzar el fin, elección del medio como resultado de la deliberación y acción como adquisición del fin.

Segundo factor: phantasía

Como mencionamos al inicio del escrito, el otro factor —aparte del objeto de deseo— que pone en movimiento locativo al animal es la phantasía. En su caracterización, Aristóteles nos dice que: “(…) la imaginación será un movimiento producido por la sensación en acto” (Acerca del alma, 429a2-3), y “(…) parece ser un cierto movimiento que no puede producirse sin sensación, sino que se da en cosas dotadas de sensación y entre las cuales hay sensación (…)” (Acerca del alma, 428b11-13). Las representaciones imaginativas, por su parte, son resultado de la actividad sensitiva; algunas resultan ser remanentes de la sensación en acto. En este sentido, la phantasía es “(…) aquello en virtud de lo cual decimos que una cierta imagen se produce en nosotros (…)” (Aristóteles, Acerca del alma, 428a2). La phantasía también juega un papel cuasi-perceptivo en los casos en que la facultad sensitiva no puede ejercer con precisión su función, por ejemplo, cuando los órganos sensoriales no están sanos o el objeto de percepción está muy distante o donde no hay suficiente luminosidad. Lo que se percibe en estas circunstancias no responde de manera clara y directa a los sensibles en cuestión y, por lo tanto, está sujeta al error. Un caso del que nos podemos servir para ilustrar este fenómeno es el Test de Snellen, a medida que las letras de la gráfica decrecen o que la distancia del sujeto respecto a ellas aumenta, la phantasía tiene que efectuar un mayor trabajo para “identificar” las letras que se le aparecen al paciente y ante mayores deficiencias oculares, mayor es el lugar que cumple la phantasía en la percepción.

A pesar de que las representaciones imaginativas resulten falsas la mayoría de las veces (cfr. Aristóteles, Acerca del alma, 428a13), hay ocasiones en las que la phantasía sí muestra lo que es el caso. Este mostrarse es relativo a cada sujeto, en cuanto a cada quien se le aparecen las cosas de determinada manera. Así pues, es en virtud de la phantasía que al virtuoso se le aparece el bien y que al incontinente se le presenta el bien aparente. Bajo este panorama es posible aventurar una concepción básica de phantasía: es la capacidad de producir en el alma una experiencia cuyo aparecerse, es decir, cuyo contenido fenoménico, es semejante al de las sensaciones, pero que no necesita de ningún objeto sensible presente para producir dichas imágenes.

Tal como se sugirió de manera breve, la phantasía influye en el aparecer del bien a cada sujeto, así este posea una capacidad racional o no. Esto quiere decir que las distintas apariencias y apariciones que hacen de un objeto algo deseable son dadas en virtud de la phantasía. Sin importar la disposición que se tenga, el bien o el bien aparente siempre se aparecen por cuanto son inteligidos o imaginados (cfr. Aristóteles, Acerca del alma, 433b12) y, por tanto, a causa de la phantasía alguien puede estar más cercano al bien que otro. A pesar de ello, la forma en la que el bien se nos aparece no es arbitraria, ya que la phantasía “(…) es una afección que depende de nosotros y podemos imaginarnos algo cuando queremos” (Aristóteles, Acerca del alma,  427b19); que X o Y se presenten como deseables no depende, entonces, más que del sujeto mismo.

Esta capacidad para producir imágenes, en su manifestación más general y común a los animales, recibe el nombre de aisthetikè phantasía —imaginación sensitiva—. A partir de ella algo se puede presentar como apetecible o agradable y, por eso, los animales se lanzan a buscarlo. Además de esta, existe un tipo de phantasía más depurada y distintiva de los seres racionales: la phantasía logistikē —imaginación deliberativa—que opera como un ingrediente de la deliberación:

(…) [L]a imaginación sensitiva (…) también se da en los demás animales; la deliberativa, en cambio, solamente en los que hacen cálculos racionales. En efecto, si uno va a llevar a cabo esto o esto otro, eso ya constituye una función propia de un cálculo racional. Y es forzoso que el agente establezca la medida con una sola cosa, pues persigue lo más importante. Es capaz, por tanto, de producir una imagen a partir de muchas. (Aristóteles, Acerca del alma,  434a6-11; énfasis agregado)

Por esta razón es que, en el proceso deliberativo, la búsqueda del mejor medio para alcanzar el fin está determinada por las múltiples imágenes que un individuo posee. Tales imágenes o medios posibles son sintetizados en uno solo, el cual se escoge como ruta de acción. Para ello no basta la aisthetikè phantasía, ya que no nos presentaría los medios óptimos o preferibles, sino los más apetecibles. El animal racional necesita, por tanto, de una phantasía que acompañe su deliberación y que le permita examinar la mejor forma de acceder a fines que van más allá de lo inmediato y placentero. A través de la phantasía logistikē es que el virtuoso consigue guiar su actuar de manera recta, con los mejores medios para el mejor fin. De ahí que Aristóteles diga que: “(…) tanto la virtud como el vicio están en nuestro poder” (Ética Nicomáquea, 1113b8), y que “(…) si cada uno es, en cierto modo, causante de su modo de ser, también lo será, en ciertamanera, de su imaginación” (Ética Nicomáquea, 1114b1-2).

Silogismo práctico

El movimiento también es explicado por Aristóteles en términos de un silogismo práctico, el cual se entiende como una forma de razonamiento que nos lleva a la acción. Para esta clase de silogismo se hacen necesarias dos premisas, una respecto a un enunciado universal (premisa mayor): “(…) una persona tal debe hacer tal cosa” (Aristóteles, Acerca del alma, 434a18); y otra sobre lo particular (premisa menor): “(…) esta es una acción de tal clase y (…) yo soy una persona de tal tipo” (Aristóteles, Acerca del alma, 434a19). En el De Motu (Aristóteles, Movimiento de los animales, 701a24-25) se considera que estas premisas refieren a lo bueno y a lo realizable, correspondientemente. Esto es, la premisa mayor da cuenta de qué es lo bueno, por medio de la determinación de en virtud de qué se debe actuar. En cambio, la premisa menor refiere a qué se puede hacer, es decir, muestra —por medio de la percepción, el intelecto o la phantasía— los medios posibles para alcanzar el fin (premisa mayor), dependiendo del tipo de persona que se sea y de la disposición que se tenga.

Un ejemplo de esta forma de razonamiento se nos presenta en el De Motu (Aristóteles, Movimiento de los animales, 701a32-33): “Debo beber, dice el apetito [(premisa mayor)]: he aquí una bebida, dice la sensación o la imaginación o la razón [(premisa menor)]; se bebe inmediatamente [(acción)]”. Como se evidencia, la premisa universal remite a un deseo apetitivo, el cual se expresa como un mandato. Por su parte, la premisa particular presenta la percepción inmediata de un objeto que se aparece como un medio para satisfacer el deseo de beber. Por último, es de la necesaria concatenación de estas dos premisas que surge la acción; de otro modo, aunque se tuviera el deseo de beber, pero no hubiera algo para ingerir o algo que se presentara como un medio para alcanzar dicho fin, la acción no se daría, ya que esta no pertenecería al ámbito de lo realizable. Cabe notar que, en el caso de los seres humanos, a diferencia de los otros animales, la premisa menor está determinada por el resultado de la deliberación.

En el ámbito del silogismo práctico hay algo que resulta interesante subrayar y es la posibilidad de actuar sin aplicar la premisa universal al hecho actual (premisa menor). Tal es el caso del incontinente, quien, aunque conoce el mandato moral, se ve inclinado a lo que se le aparece como placentero y, por ello, es incapaz de actualizar la premisa particular. Esta manera de actuar, no obstante, se da gracias a que el agente no ha recibido una educación virtuosa que le permita tener control sobre sus impulsos instintivos. Para actuar, él tiene que resolver el conflicto de deseos que se le presentan. Así, como se manifiesta en la Ética a Nicómaco (Aristóteles, 1147a29-b4), en el caso de tener un deseo racional —“debe evitarse gustar lo azucarado”— y uno irracional —“deseo de gustar lo azucarado”—, y una misma situación —“esto que es una cosa concreta es dulce”—, el incontinente conecta la premisa menor con el deseo apetitivo e ignora el deseo racional de lo que considera mejor. De ahí que su acción resulte en gustar en seguida el dulce. En contraposición, el continente conecta la premisa particular con su deseo racional, de modo que evita gustar de lo dulce.

Consideraciones finales

“Por tanto, en general, como se ha dicho, el animal puede moverse a sí mismo de esta manera en la medida en que tiene facultad de desear; pero la facultad de desear no se da sin imaginación” (Aristóteles, Acerca del alma, 433b28-30). Es por esto que tanto el objeto de deseo como la phantasía sean condiciones necesarias para iniciar el movimiento locativo del animal. En el caso de los animales racionales, el esquema se complejiza más, puesto que la parte calculadora de su alma los lleva elegir la mejor vía para conseguir un fin. En estos seres, por ende, la deliberación constituye un elemento menester a la hora de llevar a cabo una acción. Tal proceso deliberativo, sin embargo, no opera solo, ya que, para lograr una elección, necesita de la phantasía logistikē y de las imágenes resultantes de esta.

Cabe notar, además, que la acción racional está determinada por el carácter de cada sujeto. Son, a fin de cuentas, tres los factores que caracterizan la acción de los seres humanos en cuanto animales racionales: (i) objeto de deseo, (ii) phantasía aisthetikè y logistikē— y (iii) deliberación. Tanto (i) como (ii) son comunes a los demás animales, pero (ii) solo cuando actúa como aisthetikè phantasía. Queda dicho, pues, el modo en el que los animales son capaces de desplazarse por sí mismos y cómo tal movimiento puede verse representado en el esquema del silogismo práctico.


Referencias

Aristóteles. (1987). Acerca de la memoria y de la reminiscencia. Traducción de Ernesto La Croce y Alberto Bernabé. Gredos.

Aristóteles. (1998a). Ética Eudemia. Traducción de Emilio Lledó. Gredos.

Aristóteles. (1998b). Ética Nicomáquea. Traducción de Emilio Lledó. Gredos.

Aristóteles. (2000). Movimiento de los animales. Traducción de Elvira Jiménez y Almuneda Alfonso. Gredos.

Aristóteles. (2010). Acerca del alma. Traducción de Marcelo Boeri. Colihue.

Moss, Jessica. (2012). Aristotle on the Apparent Good: Perception, Phantasía, Thought, and Desire. Oxford University Press.

Polansky, Ronald. (2007). Aristotle’s De anima: A Critical Commentary. Cambridge University Press.

Vigo, Alejandro. (2006). Razón Práctica y Tiempo en Aristóteles. Futuro, incertidumbre y sentido. En: Estudios Aristotélicos, cap. IX, p. 279-300. EUNSA.


[1] Agradezco a Sebastián Moreno, de la Universidad Nacional de Colombia, por su contribución en la elaboración de este artículo.

[2] Esto se evidenciará luego, cuando expliquemos la relación entre deliberación y objeto de deseo.

[3] Aristóteles no señala cuál es dicho instrumento. Sin embargo, en la literatura secundaria hay la sugerencia de interpretarlo como el pneuma. Del cual se habla en el De Motu (cfr. 703a5-28), en cuanto él es capaz de dilatarse y contraerse, y tiene cierto poder y fuerza para mover al animal. El desarrollo de dichas posturas, no obstante, va más allá del objeto de esta ponencia.

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