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¿Cómo se produce el movimiento de desplazamiento en los animales racionales e irracionales según Aristóteles?

Cindy Paola Lancheros Conde [1]
Estudiante de Pregrado en Filosofía
Universidad Nacional de Colombia sede Bogotá
[email protected]

“[T]odos los animales mueven y son movidos para algo, de modo que eso para lo que se mueven es para ellos el término de todo movimiento” (Aristóteles, Movimiento de los animales, 700b15-17).

Resumen

En este escrito se intenta dar cuenta de cómo, según Aristóteles, los animales logran desplazarse por sí mismos. Para ello dispondremos de cuatro secciones. En la primera de ellas exploraremos uno de los factores que pone en movimiento locativo al animal en cuanto animal; este es el objeto de deseo. A su vez, esta sección se subdivide en dos: en un primer momento caracterizaremos aquellos elementos del deseo que son comunes a todos los animales y, después, especificaremos aquellos que son propios de los animales racionales, junto con los tres tipos de movimiento locativo que resultan de ellos: acción continente, incontinente, y virtuosa. Acto seguido, en la segunda sección, explicaremos la deliberación, en cuanto cálculo racional. Luego, en la tercera sección, advertiremos el segundo factor implicado en el movimiento locativo, la phantasía, y dilucidaremos la distinción entre aisthetikè phantasía y phantasía logistikē. En la cuarta sección, mostraremos cómo puede representarse dicho movimiento en la figura del silogismo práctico. Por último, presentaremos algunas conclusiones derivadas de las secciones anteriores, en las que se evidencia cómo se produce el desplazamiento animal.

Palabras clave: acción, deseo, phantasía, deliberación, silogismo práctico.

Abstract

In this paper attempts to account for how, according to Aristotle, animals manage to move by themselves. For this we will have four sections. In the first one we will explore one of the factors that places the animal as an animal in locative movement; this is the object of desire. In turn, this section is subdivided into two: at first, we will characterize those elements of desire that are common to all animals, and later, we will specify those that are characteristic of rational animals, along with the three types of locative movement that result from them: continent, incontinent, and virtuous action. Immediately after, we will explain the deliberation, as a rational calculation. Then, we will notice the second factor involved in the locative movement, phantasía, and we will elucidate the distinction between aisthetikè phantasía and phantasía logistikē. Fourth, we will show how this movement can be represented in the figure of the practical syllogism. Finally, we will present some conclusions derived from the previous sections, which demonstrate how animal displacement occurs.

Keywords: action, desire, phantasía, deliberation, practical syllogism.

Dos factores, nos dice Aristóteles, son los que ponen en movimiento locativo al animal en cuanto animal: el deseo y el intelecto, en dado caso que la phantasía sea alguna clase de intelección (Aristóteles, Acerca del alma, 433a9). En primer lugar, en lo concerniente al intelecto, hay una distinción entre intelecto práctico e intelecto teórico. El primero de ellos es siempre en vista de algo y concluye en una acción, mientras que, el segundo, no se refiere a la acción y resulta en una proposición, ya que él no nos dice qué debe perseguirse ni qué se debe evitarse en cada caso, sino que opera por medio de la afirmación y la negación (cfr. Aristóteles, Ética Nicomáquea, 1139a24). Además, el deseo también comparte el carácter de ser en vista de algo del intelecto práctico, por lo que su objeto constituye el punto de partida de este último[2]. Y en la medida en que esto es así, cuando el objeto de deseo mueve, pone en movimiento al intelecto práctico, que es quien inicia la acción. Como consecuencia, solo se puede llevar a cabo un cálculo racional —deliberación— si hay un objeto de deseo que funcione como principio del intelecto práctico. En segundo lugar, es posible entender que la phantasía es un tipo de intelección práctica, si tenemos en cuenta que “las imágenes son como perceptos para el alma intelectiva (…)” (Aristóteles, Acerca del alma, 431a15). De ahí se sigue que si el intelecto práctico no mueve nada sin un objeto deseo, la phantasía tampoco lo hará. Y dado que esto es así, el principio de movimiento está en la facultad propia de dicho objeto; esta es la desiderativa: “El motor es, entonces, uno solo: la facultad desiderativa” (Aristóteles, Acerca del alma, 433a21).

Primer factor: objeto de deseo

Facultad desiderativa en los animales racionales e irracionales

Cabe aclarar que no es el deseo por sí mismo el que mueve, sino su objeto. Este objeto puede corresponder al bien o al bien aparente, mas, con independencia de cual de los dos sea, su referencia siempre será al bien práctico, esto es, aquel que puede ser de otra manera y que es realizable (cfr. Aristóteles, Acerca del alma, 433a29-31). Según Aristóteles, siempre deseamos lo bueno, ya que “(…) el bien es aquello hacia lo que todas las cosas tienden” (Aristóteles, Ética Nicomáquea, 1094a2) y “(…) todo lo que uno hace voluntariamente lo hace deseándolo, y lo que uno desea lo hace voluntariamente, pero nadie desea lo que cree que es malo” (Aristóteles, Ética Eudemia, 1223b7-5). Sin embargo, dado que no hay claridad de si lo que se desea es el bien o bien aparente, el deseo y la phantasía están sujetos al error. Desde luego, a alguien se le puede aparecer algo como bueno, pero no existe la certeza de si lo que se le aparece es el bien real o no. Es así como no siempre se considera la misma cosa como buena porque se está sujeto a la contingencia y a otros factores que serán explicados más adelante.

Aunque la facultad en virtud de la cual se da el movimiento locativo sea una en especie —desiderativa—, es mucha en motores —múltiples objetos posibles de deseo y diversas formas de aparecer de los mismos—. En razón de ello, se distinguen tres factores que intervienen en dicho movimiento: (i) el motor, que es doble: por una parte, (a) el motor inmóvil por cuanto inteligido o imaginado —en este caso, el objeto de deseo en acto, es decir, el bien práctico— y, por la otra, (b) el que mueve y es movido (la facultad desiderativa); (ii) aquello con lo cual el motor mueve algo que ya es corpóreo; y (iii) aquello que es movido —el animal—. El objeto de deseo, como consecuencia, aunque permanezca inmóvil, es capaz de mover a la facultad desiderativa, que, a su vez, mueve a los cuerpos para alcanzar determinado fin. Es así como el animal empieza a moverse de manera voluntaria, movido por la facultad desiderativa y, en último término, por el objeto de deseo. Para causar movimiento, es necesario, además, que la facultad mueva con un instrumento corpóreo que debe ser considerado como una función u operación común al alma y al cuerpo[3] (cfr. Aristóteles, Acerca del alma, 433b20).

Una explicación más amplia acerca del motor inmóvil es proporcionada con los siguientes dos ejemplos: (i) así como ninguna fuerza, por intensa que esta sea, puede mover un barco desde su interior y, en cambio, si alguien se sirve de una pértiga o de cuerdas, no harán falta más que un grupo de marineros para moverlo desde fuera; así también todo lo que se mueve necesita de un punto de apoyo extrínseco para moverse (Aristóteles, Movimiento de los animales, 698b2-10). (ii) una segunda muestra de que este —motor inmóvil— es un requisito para el movimiento se hace manifiesta en las articulaciones de los animales. En ellas “(…) el principio está en reposo y el fin en movimiento” (Aristóteles, Acerca del alma, 433b24), es decir, en el caso del brazo, para que pueda ser movido, es necesario que una parte del animal permanezca fija, a saber, el hombro, y así sucesivamente.

Facultad desiderativa en los animales racionales

En la facultad desiderativa, además, encontramos una clasificación de los deseos, según sean racionales —volición— o irracionales —apetito e ímpetu—. En virtud del primer tipo, los animales que tienen cálculo racional pueden moverse guiados por la recta razón, mientras que, gracias al segundo, en cuanto discrepa con dicho cálculo, los animales —racionales o no— se mueven según el apetito o el ímpetu. Así, el deseo puede obedecer a la razón, pero, también puede negarse a escucharla e ignorar sus mandatos. En este último caso es cuando nace la epithymía —apetito—, pues se mueve apenas algo se le presenta como agradable o placentero. Además, el thymós —cólera o ímpetu— es capaz de escuchar a la razón, aunque de manera incorrecta: “Así, la ira oye, pero, a causa del acaloramiento y de su naturaleza precipitada, no escucha lo que se le ordena, y se lanza a la venganza” (Aristóteles, Ética Nicomáquea, 1149a29-30). En último término, está el deseo que escucha a la razón y se deja persuadir por ella; este es la boúlesis —volición—.

A diferencia de los animales incapaces de llevar a cabo un cálculo racional, en los seres humanos “(…) los deseos se tornan contrarios entre sí” (Aristóteles, Acerca del alma, 433b5). Esta disputa de deseos se da entre los deseos racionales y los irracionales, y puede generar tres tipos de movimiento locativo. El primero de ellos es la acción del incontinente, en quien domina el deseo irracional, apetitivo e inmediato sobre su pensamiento. El segundo tipo de acción es la propia del continente, quien domina su apetito y se mueve según el deseo racional, pues este muestra que es bueno algo más allá del placer ipso facto. La última acción es aquella que ejerce el virtuoso, el prudente; aquel que, gracias a la buena deliberación, no erra cuando busca el bien:

El hombre bueno, en efecto, juzga bien todas las cosas y en todas ellas se le muestra la verdad (…) y, sin duda en lo que más se distingue el hombre bueno es en ver la verdad en todas las cosas, siendo como el canon y medida de ellas. (Aristóteles, Ética Nicomáquea, 1113a28-33, énfasis agregado)

Los animales racionales, además, son aquellos “que tienen percepción del tiempo” (Aristóteles, Acerca del alma, 433b7), esto es, aquellos que tienen rememoración: “(…) los demás animales participan de la facultad de recordar [memoria], pero, por así decirlo, de practicar la reminiscencia, ninguno de los animales conocidos, fuera del hombre. La causa es que la reminiscencia es una especie de inferencia” (Aristóteles, Acerca de la memoria y de la reminiscencia, 453a8-10). Así, la reminiscencia se entiende como una capacidad para reconstruir el pasado de manera activa, por medio de la asociación de imágenes. Al rememorar, como consecuencia, se relacionan imágenes hasta obtener lo que se quiere. En contraposición con el mero recuerdo que sobreviene pasivamente por una afección, la rememoración es la búsqueda e indagación activa de algo. Aparte de ser capaces de rememorar, los seres humanos también pueden inclinar su pensamiento y sus deseos hacia el futuro, debido a su facultad racional. Los objetos de deseo del hombre, entonces, pueden apuntar a lo que se aparece como bueno a mediano y largo plazo, y a una visualización global de la vida como buena. El ser humano es capaz, pues, de abstenerse de ciertos placeres inmediatos en procura de otro objeto o propósito que se le presente como bueno y preferible.

En el caso del incontinente, tal perspectiva del futuro se ve afectada y su conducta puede ser caracterizada como “una caída del agente racional de praxis en el presente inmediato” (Vigo, 2006, p. 287). Los incontinentes actúan, por consiguiente, en contra de sus propias creencias sobre lo que consideran bueno y se dejan llevar por lo que se les aparece como placentero; no advierten el futuro y se entregan a lo inmediato, así esto resulte ser opuesto a sus convicciones. En su disputa de deseos, por tanto, resulta victorioso el deseo irracional que lleva al ser humano a moverse en virtud de su apetito y no en pro de lo que considera mejor para su vida. El objeto de deseo es, en este caso, algo que el sujeto concibe como bueno —aun cuando sea disímil de sus creencias sobre lo que es bueno para su vida— y, de este modo, aunque la acción sea mala o poco benéfica, existe un deseo real que le da inicio, el cual solo puede resultar del bien o del bien aparente.

Con esto se muestra porqué, a diferencia de los demás animales, los animales racionales pueden llegar a ser incontinentes. Los animales irracionales, por su parte, no tienen convicciones sobre lo que es mejor en su proyecto de vida o sobre las consecuencias que tiene una acción a largo plazo. Ellos se guían solo por instinto, por aquello que en el presente se aparece como agradable, como un bien en sentido estricto; de modo que no actúan en contra de lo que consideran bueno, sino que siempre lo siguen. Por ello es que “sólo hay propiamente incontinencia allí donde, junto a deseos y apetitos no racionales, hay también deseos y convicciones racionales que pueden ser ocasionalmente abandonados en favor de los primeros” (Vigo, 2006, p. 295).

Deliberación

Antes de explicar el otro factor que pone en movimiento locativo al animal, es necesario dilucidar el proceso de deliberación a través del cual el sujeto elige el medio con el que va a alcanzar su objeto de deseo. A diferencia del deseo, la elección es de cosas realizables para cada individuo y es el resultado de la deliberación. En palabras de Aristóteles:

(…) [D]eseamos estar sanos, pero elegimos los medios mediante los cuales podemos alcanzar la salud, y deseamos ser felices y así lo decimos, pero no podemos decir que elegimos (serlo), porque la elección, en general, parece referirse a cosas que dependen de nosotros (Ética Nicomáquea, 1111b27-32).

La elección es de lo que consideramos como bueno. La deliberación tiene que ver con “cosas que suceden la mayoría de las veces de cierta manera, pero cuyo desenlace no es claro y de aquellas en que es indeterminado” (Aristóteles, Ética Nicomáquea, 1112b7-10), es decir, tiene que ver con cosas contingentes. Desde este punto de vista, la deliberación es posterior al objeto de deseo. Como se evidencia en el caso del médico (cfr. Aristóteles, Ética Nicomáquea, 1112b13), nunca se duda del objeto de deseo, de producir salud, sino que se examinan los medios más idóneos para conseguir dicho objeto. El fin ya está determinado por lo que no es tema de deliberación, más bien, es el punto de partida desde el cual inicia la deliberación. La estructura de la acción racional para Aristóteles es, por tanto, como sigue: objeto de deseo, deliberación de la mejor forma de alcanzar el fin, elección del medio como resultado de la deliberación y acción como adquisición del fin.

Segundo factor: phantasía

Como mencionamos al inicio del escrito, el otro factor —aparte del objeto de deseo— que pone en movimiento locativo al animal es la phantasía. En su caracterización, Aristóteles nos dice que: “(…) la imaginación será un movimiento producido por la sensación en acto” (Acerca del alma, 429a2-3), y “(…) parece ser un cierto movimiento que no puede producirse sin sensación, sino que se da en cosas dotadas de sensación y entre las cuales hay sensación (…)” (Acerca del alma, 428b11-13). Las representaciones imaginativas, por su parte, son resultado de la actividad sensitiva; algunas resultan ser remanentes de la sensación en acto. En este sentido, la phantasía es “(…) aquello en virtud de lo cual decimos que una cierta imagen se produce en nosotros (…)” (Aristóteles, Acerca del alma, 428a2). La phantasía también juega un papel cuasi-perceptivo en los casos en que la facultad sensitiva no puede ejercer con precisión su función, por ejemplo, cuando los órganos sensoriales no están sanos o el objeto de percepción está muy distante o donde no hay suficiente luminosidad. Lo que se percibe en estas circunstancias no responde de manera clara y directa a los sensibles en cuestión y, por lo tanto, está sujeta al error. Un caso del que nos podemos servir para ilustrar este fenómeno es el Test de Snellen, a medida que las letras de la gráfica decrecen o que la distancia del sujeto respecto a ellas aumenta, la phantasía tiene que efectuar un mayor trabajo para “identificar” las letras que se le aparecen al paciente y ante mayores deficiencias oculares, mayor es el lugar que cumple la phantasía en la percepción.

A pesar de que las representaciones imaginativas resulten falsas la mayoría de las veces (cfr. Aristóteles, Acerca del alma, 428a13), hay ocasiones en las que la phantasía sí muestra lo que es el caso. Este mostrarse es relativo a cada sujeto, en cuanto a cada quien se le aparecen las cosas de determinada manera. Así pues, es en virtud de la phantasía que al virtuoso se le aparece el bien y que al incontinente se le presenta el bien aparente. Bajo este panorama es posible aventurar una concepción básica de phantasía: es la capacidad de producir en el alma una experiencia cuyo aparecerse, es decir, cuyo contenido fenoménico, es semejante al de las sensaciones, pero que no necesita de ningún objeto sensible presente para producir dichas imágenes.

Tal como se sugirió de manera breve, la phantasía influye en el aparecer del bien a cada sujeto, así este posea una capacidad racional o no. Esto quiere decir que las distintas apariencias y apariciones que hacen de un objeto algo deseable son dadas en virtud de la phantasía. Sin importar la disposición que se tenga, el bien o el bien aparente siempre se aparecen por cuanto son inteligidos o imaginados (cfr. Aristóteles, Acerca del alma, 433b12) y, por tanto, a causa de la phantasía alguien puede estar más cercano al bien que otro. A pesar de ello, la forma en la que el bien se nos aparece no es arbitraria, ya que la phantasía “(…) es una afección que depende de nosotros y podemos imaginarnos algo cuando queremos” (Aristóteles, Acerca del alma,  427b19); que X o Y se presenten como deseables no depende, entonces, más que del sujeto mismo.

Esta capacidad para producir imágenes, en su manifestación más general y común a los animales, recibe el nombre de aisthetikè phantasía —imaginación sensitiva—. A partir de ella algo se puede presentar como apetecible o agradable y, por eso, los animales se lanzan a buscarlo. Además de esta, existe un tipo de phantasía más depurada y distintiva de los seres racionales: la phantasía logistikē —imaginación deliberativa—que opera como un ingrediente de la deliberación:

(…) [L]a imaginación sensitiva (…) también se da en los demás animales; la deliberativa, en cambio, solamente en los que hacen cálculos racionales. En efecto, si uno va a llevar a cabo esto o esto otro, eso ya constituye una función propia de un cálculo racional. Y es forzoso que el agente establezca la medida con una sola cosa, pues persigue lo más importante. Es capaz, por tanto, de producir una imagen a partir de muchas. (Aristóteles, Acerca del alma,  434a6-11; énfasis agregado)

Por esta razón es que, en el proceso deliberativo, la búsqueda del mejor medio para alcanzar el fin está determinada por las múltiples imágenes que un individuo posee. Tales imágenes o medios posibles son sintetizados en uno solo, el cual se escoge como ruta de acción. Para ello no basta la aisthetikè phantasía, ya que no nos presentaría los medios óptimos o preferibles, sino los más apetecibles. El animal racional necesita, por tanto, de una phantasía que acompañe su deliberación y que le permita examinar la mejor forma de acceder a fines que van más allá de lo inmediato y placentero. A través de la phantasía logistikē es que el virtuoso consigue guiar su actuar de manera recta, con los mejores medios para el mejor fin. De ahí que Aristóteles diga que: “(…) tanto la virtud como el vicio están en nuestro poder” (Ética Nicomáquea, 1113b8), y que “(…) si cada uno es, en cierto modo, causante de su modo de ser, también lo será, en ciertamanera, de su imaginación” (Ética Nicomáquea, 1114b1-2).

Silogismo práctico

El movimiento también es explicado por Aristóteles en términos de un silogismo práctico, el cual se entiende como una forma de razonamiento que nos lleva a la acción. Para esta clase de silogismo se hacen necesarias dos premisas, una respecto a un enunciado universal (premisa mayor): “(…) una persona tal debe hacer tal cosa” (Aristóteles, Acerca del alma, 434a18); y otra sobre lo particular (premisa menor): “(…) esta es una acción de tal clase y (…) yo soy una persona de tal tipo” (Aristóteles, Acerca del alma, 434a19). En el De Motu (Aristóteles, Movimiento de los animales, 701a24-25) se considera que estas premisas refieren a lo bueno y a lo realizable, correspondientemente. Esto es, la premisa mayor da cuenta de qué es lo bueno, por medio de la determinación de en virtud de qué se debe actuar. En cambio, la premisa menor refiere a qué se puede hacer, es decir, muestra —por medio de la percepción, el intelecto o la phantasía— los medios posibles para alcanzar el fin (premisa mayor), dependiendo del tipo de persona que se sea y de la disposición que se tenga.

Un ejemplo de esta forma de razonamiento se nos presenta en el De Motu (Aristóteles, Movimiento de los animales, 701a32-33): “Debo beber, dice el apetito [(premisa mayor)]: he aquí una bebida, dice la sensación o la imaginación o la razón [(premisa menor)]; se bebe inmediatamente [(acción)]”. Como se evidencia, la premisa universal remite a un deseo apetitivo, el cual se expresa como un mandato. Por su parte, la premisa particular presenta la percepción inmediata de un objeto que se aparece como un medio para satisfacer el deseo de beber. Por último, es de la necesaria concatenación de estas dos premisas que surge la acción; de otro modo, aunque se tuviera el deseo de beber, pero no hubiera algo para ingerir o algo que se presentara como un medio para alcanzar dicho fin, la acción no se daría, ya que esta no pertenecería al ámbito de lo realizable. Cabe notar que, en el caso de los seres humanos, a diferencia de los otros animales, la premisa menor está determinada por el resultado de la deliberación.

En el ámbito del silogismo práctico hay algo que resulta interesante subrayar y es la posibilidad de actuar sin aplicar la premisa universal al hecho actual (premisa menor). Tal es el caso del incontinente, quien, aunque conoce el mandato moral, se ve inclinado a lo que se le aparece como placentero y, por ello, es incapaz de actualizar la premisa particular. Esta manera de actuar, no obstante, se da gracias a que el agente no ha recibido una educación virtuosa que le permita tener control sobre sus impulsos instintivos. Para actuar, él tiene que resolver el conflicto de deseos que se le presentan. Así, como se manifiesta en la Ética a Nicómaco (Aristóteles, 1147a29-b4), en el caso de tener un deseo racional —“debe evitarse gustar lo azucarado”— y uno irracional —“deseo de gustar lo azucarado”—, y una misma situación —“esto que es una cosa concreta es dulce”—, el incontinente conecta la premisa menor con el deseo apetitivo e ignora el deseo racional de lo que considera mejor. De ahí que su acción resulte en gustar en seguida el dulce. En contraposición, el continente conecta la premisa particular con su deseo racional, de modo que evita gustar de lo dulce.

Consideraciones finales

“Por tanto, en general, como se ha dicho, el animal puede moverse a sí mismo de esta manera en la medida en que tiene facultad de desear; pero la facultad de desear no se da sin imaginación” (Aristóteles, Acerca del alma, 433b28-30). Es por esto que tanto el objeto de deseo como la phantasía sean condiciones necesarias para iniciar el movimiento locativo del animal. En el caso de los animales racionales, el esquema se complejiza más, puesto que la parte calculadora de su alma los lleva elegir la mejor vía para conseguir un fin. En estos seres, por ende, la deliberación constituye un elemento menester a la hora de llevar a cabo una acción. Tal proceso deliberativo, sin embargo, no opera solo, ya que, para lograr una elección, necesita de la phantasía logistikē y de las imágenes resultantes de esta.

Cabe notar, además, que la acción racional está determinada por el carácter de cada sujeto. Son, a fin de cuentas, tres los factores que caracterizan la acción de los seres humanos en cuanto animales racionales: (i) objeto de deseo, (ii) phantasía aisthetikè y logistikē— y (iii) deliberación. Tanto (i) como (ii) son comunes a los demás animales, pero (ii) solo cuando actúa como aisthetikè phantasía. Queda dicho, pues, el modo en el que los animales son capaces de desplazarse por sí mismos y cómo tal movimiento puede verse representado en el esquema del silogismo práctico.


Referencias

Aristóteles. (1987). Acerca de la memoria y de la reminiscencia. Traducción de Ernesto La Croce y Alberto Bernabé. Gredos.

Aristóteles. (1998a). Ética Eudemia. Traducción de Emilio Lledó. Gredos.

Aristóteles. (1998b). Ética Nicomáquea. Traducción de Emilio Lledó. Gredos.

Aristóteles. (2000). Movimiento de los animales. Traducción de Elvira Jiménez y Almuneda Alfonso. Gredos.

Aristóteles. (2010). Acerca del alma. Traducción de Marcelo Boeri. Colihue.

Moss, Jessica. (2012). Aristotle on the Apparent Good: Perception, Phantasía, Thought, and Desire. Oxford University Press.

Polansky, Ronald. (2007). Aristotle’s De anima: A Critical Commentary. Cambridge University Press.

Vigo, Alejandro. (2006). Razón Práctica y Tiempo en Aristóteles. Futuro, incertidumbre y sentido. En: Estudios Aristotélicos, cap. IX, p. 279-300. EUNSA.


[1] Agradezco a Sebastián Moreno, de la Universidad Nacional de Colombia, por su contribución en la elaboración de este artículo.

[2] Esto se evidenciará luego, cuando expliquemos la relación entre deliberación y objeto de deseo.

[3] Aristóteles no señala cuál es dicho instrumento. Sin embargo, en la literatura secundaria hay la sugerencia de interpretarlo como el pneuma. Del cual se habla en el De Motu (cfr. 703a5-28), en cuanto él es capaz de dilatarse y contraerse, y tiene cierto poder y fuerza para mover al animal. El desarrollo de dichas posturas, no obstante, va más allá del objeto de esta ponencia.

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«Las cosas que perdimos en el fuego» (2016) y el terror latinoamericano

M. Andrea Soto
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Las cosas que perdimos en el fuego de Mariana Enríquez fue publicado en el 2016 por la editorial Anagrama. Es un compilado de cuentos de terror latinoamericano —específicamente argentino—, en el que priman los misterios paranormales y la violencia urbana en un contexto tercermundista, A continuación, se hará un breve diagnóstico respecto a las temáticas desarrolladas por Enríquez en algunos de los cuentos recopilados.

Sobre la antología: violencia y terror latinoamericano

Gran parte de las atmósferas exploradas por Enríquez se centran en la mezcla entre la violencia y el misterio, ambas temáticas hacen del libro una ventana al mundo real que se vive diariamente en América Latina. Y es precisamente este tipo de narrativa —entre violenta, cruel y terrorífica— lo que atrae con demasía cada uno de sus cuentos. La autora no busca romantizar la pobreza extrema, sino contar historias desde el barrio, desde la cotidianidad, desde el reconocimiento de zonas marginadas y olvidadas por el Estado, como lo es el barrio Constitución en Buenos Aires. El siguiente fragmento hace parte del cuento El chico sucio (Enríquez, 2016) con el que la autora empieza la antología:

No quiero escuchar las historias de terror del barrio, que son todas inverosímiles y creíbles al mismo tiempo y que no me dan miedo; al menos, de día. Por la noche, cuando trato de terminar trabajos atrasados y me quedo despierta y en silencio para poder concentrarme, a veces recuerdo las historias que se cuentan en voz baja. Y compruebo que la puerta de la calle esté bien cerrada y también la del balcón

La destreza de la autora consiste en narrar las historias desde la sencillez del lenguaje y desde la misma concreción de las acciones de sus personajes: no le interesa describir de manera extensa un lugar o un suceso —a menos que sea totalmente indispensable para la trama—. Aun así, logra crear una visión verosímil sobre la atmósfera social que construye. Es así como, toda persona nacida en Latinoamérica, puede sumergirse en su narrativa, sobre todo, por la cercanía del contexto social.

A estas historias se les debe agregar el contexto social y de denuncia muy sutil que hace Enríquez. Por ejemplo, en La Hostería, donde la trama gira en torno a una venganza por culpa de los celos padre-hija, la autora permite que sus protagonistas vivan el miedo y la zozobra de la dictadura argentina, sin necesidad de retratar una atmósfera real de la misma. Es así como la historia te empieza a envolver en un ambiente de encierro y pánico sin necesidad de la obviedad. Para ello, hace uso de la polifonía del lugar, de la noche y de las visiones —muy parecido a la voz en off en de la dramaturgia—, para retratar el hostigamiento militar y la tortura a rehenes:

No quiere que los turistas piensen mal, dice mi papá, porque fue escuela de policía en la dictadura, ¿te acordás de que lo estudiamos en el colegio?
¿Qué, mataron gente ahí?
Mi papá dice que no, que Elena se persigue, que ahí fue escuela de policía nomás. (Enríquez, 2016)

En El patio del vecino y El chico sucio es donde, a mi parecer, se retrata con mayor fuerza el olvido del Estado en los barrios marginales, la pobreza extrema que recae sobre la infancia: niños[1] huérfanos sin padres ni madres, a merced de las limosnas que pueda ofrecerle la sociedad. Pero el ingenio de la autora va más allá del realismo que podría encontrar en otro tipo de textos. Ella propone una visión deprimente del mundo real con el misticismo y el mundo paranormal. Ya sea desde el sincretismo religioso, muy acorde con los ritos brasileros en torno a la protección y a la imagen de San La Muerte; o al suspenso de un ser particular con aspecto humano, pero sin la capacidad de controlar su instinto animal. El retrato que hace, en ambos casos, de estos seres masculinos —el primero, un niño; el segundo, una especie de adolescente— son muestras de la decadencia del Estado y el auxilio que la sociedad ha negado a seres que pueden ser vulnerables e inocentes, pero también despiadados e incapaces de distinguir sus límites carnales.

También toca el tema sobre la modernidad, el encierro y la obsesión con el internet en Verde rojo anaranjado, en él su protagonista se sumerge en el mundo virtual hasta negar todo contacto con el mundo real. Este es uno de los relatos que más se acercan a esta nueva era en plena crisis sanitaria, donde la instrumentalización de la virtualidad y las nuevas normas de bioseguridad están marcando una nueva forma de existir y, sin ánimo de ser fatalista, de sobrevivir.

Otro aspecto importante es el papel de la mujer en todo el compilado, esto se debe a que la mayoría de sus cuentos son protagonizados por mujeres. En ellos se abordan temáticas femeninas sin necesidad de crear una especie de falsa moralidad sobre lo que deben o no hacer las protagonistas. Es decir, no pretende tomar partido, simplemente, los y las lectoras se harán una idea sobre los hechos y sobre las historias que se narran. Existe todo un panorama temático al respecto, desde violencia de género, como en Tela de araña; la crueldad y el oportunismo femenino, como aparece en Los años intoxicados; la obsesión por la imagen física en Nada de carne sobre nosotras.

Las cosas que perdimos en el fuego

Uno de los cuentos que mayor impacto tiene es precisamente el que recibe el nombre de la antología: Las cosas que perdimos en el fuego. Enríquez parte de una imagen real: una mujer quemada que pide monedas en uno de los subtes argentinos. La figura de esta mujer, tan fuerte para la autora, es la inspiración de la historia o, en términos de Mauricio Kartún (1995), la imagen como detonador. A esto se le agregaría la impotencia y el deseo por narrar un mundo ficcional capaz de hacer justicia por mano propia, pues “Es un texto que está pensando cómo debe ser la reacción frente a esa violencia” (Enríquez, 2010).

El cuento empieza con una mujer quemada que pide dinero en uno de los subtes de Argentina. Silvina, la narradora, empieza contando tres casos de mujeres que fueron quemadas por sus parejas sentimentales. En todos los casos, los criminales culpaban a las mujeres de quedarse dormidas con el fuego cerca, es decir, todo era parte de un accidente ocasionado por la víctima. Esto empezó a ser desmentido por las mismas víctimas, quienes —a pesar de las quemaduras de segundo y tercer grado— lograron sobrevivir un tiempo para relatar la verdad de los hechos y, lamentablemente, morir.

Este inicio del relato recuerda el caso de Natalia Ponce, agredida en el año 2014 por Jhonatan Vega, quien usó ácido sulfúrico sobre Ponce. Durante los juicios y entrevistas, Vega declaraba que lo hizo pensando en que Ponce iba a asesinarlo, a modo de esquizofrenia paranoica. Afortunadamente y debido a la lucha legal de Ponce, Vega fue sentenciado el 8 de septiembre de 2016 a veintiún años y diez meses de prisión por tentativa de homicidio.

Tristemente, este es uno de los pocos casos donde se pudo hacer justicia, ya que múltiples ataques de ácido han quedado impunes y, en muchas ocasiones, el agresor también resulta ser un desconocido. Se le suma a lo anterior la violencia con armas cortopunzantes y blancas, además del incremento de casos de agresión debido al encierro en esta crisis sanitaria.

El ingenio de la autora radica en la creación de una historia donde se dé lugar a una protesta radical en contra del hostigamiento hacia las mujeres. Es así como a partir de la quema indiscriminada de mujeres por parte de sus parejas, muchas de ellas deciden agruparse para crear una secta en contra de esta violencia: Las mujeres ardientes.

El juego de palabras es propicio para toda la trama del relato, la relevancia del fuego y la quema de brujas contemporánea a mano propia. Silvina narra el momento en que la mujer quemada del subte se encuentra a las afueras de un hospital donde hay una manifestación en contra del aumento de casos:

Si siguen así, los hombres se van a tener que acostumbrar. La mayoría de las mujeres van a ser como yo, si no se mueren. Estaría bueno, ¿no? Una belleza nueva. (Enríquez, 2016)

La belleza femenina y el estereotipo

Otro tema que es importante destacar es el de la belleza femenina y la imagen del cuerpo como instrumento de dominio masculino. La mujer quemada en el subte es consciente del impacto que tiene frente a los distintos tipos de espectadores: mujeres, hombres, ancianos, niños. Estos espectadores que prefieren ver a la ventana para evitar las cicatrices y deformaciones en el cuerpo de ella, por eso, siempre busca saludar de la mano o agradecer con beso en la mejilla. La protesta ante el cuerpo perfecto y el ideal de belleza la hace por medio de la confrontación a la vista y al tacto de los pasajeros como se relata en el siguiente fragmento:

Su método era audaz: subía al vagón y saludaba a los pasajeros con un beso si no eran muchos, si la mayoría viajaba sentada. Algunos apartaban la cara con disgusto, hasta con un grito ahogado; algunos aceptaban el beso sintiéndose bien consigo mismos; algunos apenas dejaban que el asco les erizara la piel de los brazos. (Enríquez, 2016)

Luego del incremento de casos por quemaduras, las mujeres —en forma de protesta— deciden optar por crear un nuevo tipo de belleza. Algo impensable en un contexto real, pues, en la ficción son muchas las que se suman al acto de incineración como protesta contra el abuso y la agresión de género. Esta lucha por un nuevo modelo de belleza lleva a Silvina a presenciar el inicio de una nueva era del eterno femenino. Comienza la era de las Mujeres ardientes.

En paralelo con el contexto real de la violencia de género latinoamericana, cabe resaltar un fragmento de Despentes (2007) en su Teoría King Kong:

Nunca iguales nuestros cuerpos de mujer. Nunca seguras, nunca como ellos. Somos el sexo del miedo, de la humillación, el sexo extranjero. Su virilidad, su famosa solidaridad masculina, se construye a partir de esta exclusión de nuestros cuerpos, se teje en estos momentos. Es un pacto que reposa sobre nuestra inferioridad.

Y, en esta posesión del cuerpo femenino, el cuento busca narrar la lucha contra los estereotipos y contra las agresiones. En el mundo ficticio creado por Enríquez, es paradójico el accionar de las autoridades, quienes se muestran indulgentes en su capacidad para sentenciar y penalizar a los agresores. Sin embargo, en el momento en que la protesta de las Mujeres ardientes empieza a adquirir más adeptas y los casos de quemas aumentan, deciden buscar y sentenciar a las autoras intelectuales y materiales de dicha protesta: “Las quemas las hacen los hombres, chiquita. Siempre nos quemaron. Ahora nos quemamos nosotras. Pero no nos vamos a morir: vamos a mostrar nuestras cicatrices” (Enríquez, 2016).

Un cuento importante para el contexto latinoamericano y necesario para las personas que de una u otra manera se han visto involucradas en algún tipo de violencia de género. El talento de Enríquez va más allá del solo narrar; crea un escozor, una identificación con las protagonistas de su relato, con la madre de Silvina, con las Mujeres Ardientes y con la justicia poco eficiente, en la que la responsable de los actos termina siendo la víctima. Son muchos los relatos de las mujeres que han sido víctimas y que ahora deben cargar con el peso de sus cuerpos deformados, no solo como recuerdo de la impunidad de los agresores, sino como punto de encuentro de miradas y juzgamientos sociales por no encajar en el prototipo de belleza impuesta desde el pensamiento masculino: para consumir y vender.

Todas las historias creadas por Enríquez, desde la fantasía y desde su propia experiencia —como lo ha relatado en muchas entrevistas—, tienen la vitalidad del misterio, del horror, de los sucesos paranormales. Muchas de sus historias dejan abierto el final, en muchos casos, para que el mismo cuento termine creando una sensación de pánico a los y las lectoras. Imágenes crudas y fuertes, relacionadas con diferentes ritos brasileros, donde aparecen cabezas humanas sin cuerpo, violaciones, canibalismo; edificaciones con vidas propias, mujeres atormentadas y obligadas a la autoflagelación; obsesiones por el cuerpo humano, entre otros hechos que permiten darle un peso enorme a cada cuento. A diferencia de la literatura de terror norteamericana y europea, la latinoamericana lleva consigo todo un contexto de violencia cruda, donde se le puede tener miedo a seres sobrenaturales, pero se le teme, con mayor horror, a los seres vivientes.


Referencias

Canal BIBLIOTECA NACIONAL MARIANO MORENO. (21 de enero de 2019). Mariana Enriquez. Autores x autores. [Archivo de vídeo]. Youtube. https://www.youtube.com/watch?v=w4ZIq5zNYW0

Despentes, Virginie. (2007). Teoría King Kong. Traducción Beatriz Preciado. Editorial Melusina, S.L.

Enríquez, Mariana. (2016). Las cosas que perdimos en el fuego.  EditorialAnagrama. Argentina, España.

Fiscalía General de la Nación: en la calle y en los territorios. (2016). Sentenciado a 21 años y 10 meses de prisión Jonathan Vega por atacar con ácido a Natalia Ponce en su rostro. CMR/AAEA. https://www.fiscalia.gov.co/colombia/noticias/sentenciado-a-21-anos-y-10-meses-de-prision-jonathan-vega-por-atacar-con-acido-a-natalia-ponce-en-su-rostro/

Kartún, Mauricio. (1995). Apuntes de dramaturgia creativa. Teatro del Pueblo. SOMI. URL: http://www.teatrodelpueblo.org.ar/sobretodo/06_sobre_la_creacion_dramatica/kartun001.htm


[1] Me refiero a niño en masculino, pues ambos protagonistas lo son.