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Una reflexión a propósito del Paro Nacional

Gabriela Arbeláez Rojas
[email protected]
Departamento de Matemáticas
Universidad del Cauca

Nosotros, hombres de la cultura europea occidental, con nuestro sentido histórico, somos la excepción y no la regla. La historia universal es nuestra imagen del mundo, no la imagen de la “humanidad” […]. Y cuando se extinga la civilización del Occidente, acaso no vuelva a existir otra cultura y, por lo tanto, otro tipo humano, para quien la «historia universal» sea una forma tan enérgica de la conciencia vigilante.
Spengler, O. (1918). La decadencia de Occidente

En estos días el panorama es desalentador. Las medidas represivas que ocurren a diario dan cuenta de un gobierno que no le interesa resolver la debacle social y económica que llevó a un pueblo empobrecido y en el límite de su capacidad de aguante a levantarse y exigir justicia social. Ante el panorama de violencia y muerte que nos rodea, el pesimismo y los sentimientos negativos parecen invadirlo todo. Sin embargo, a pesar de esta zozobra, se rastrean energías positivas en el ambiente: se percibe en la mirada de una joven en la que los rastros de ese mundo patriarcal y machista, que nos gobernó por siglos, empieza a desvanecerse; en la imponencia de una juventud más fuerte, resistente y comprometida con lo social; en la chica o chico para quien los problemas medio ambientales se vuelven algo muy serio que debe enfrentarse sin más dilaciones. 

Pero bajo mi lectura particular del momento, me permito afirmar que estos cambios posiblemente obedecen a un movimiento que está incubándose en un nivel global. Si bien es cierto que el asunto tiene múltiples matices, una de las caras de esa moneda es el inminente colapso del planeta que habitamos si no transformamos nuestra forma de vivir.  Lo anterior me obliga a hacer una reflexión. Si los problemas ambientales presionan al género humano a plantearse de una manera más equilibrada su relación con el entorno físico, no es posible seguir privilegiando aquella mirada unilateral del pensamiento occidental:  el mundo nos pertenece y por tanto lo podemos explotar y usufructuar a nuestro antojo. 

¿Será que en esta máxima se condensa el súmmum de los problemas a los que se enfrentan los seres humanos de todas las latitudes? A mi juicio aquello está evidenciando un punto de quiebre: la historia de la humanidad revela el hecho de que los pensamientos hegemónicos terminan por desaparecer en el tiempo, dando paso a nuevas culturas y cosmovisiones. El filósofo alemán Oswald Spengler lo predijo en el siglo pasado y se puede resumir en el título de su obra La decadencia de Occidente. Posiblemente los seres humanos nos estamos aproximando a una nueva era en donde hay un cambio de paradigmas, interconectados en todos los niveles; pero que se puede resumir en otra máxima: el mundo cada vez se sitúa menos del lado del hombre (masculino), blanco, occidental y va tomando un cariz femenino, multirracial y no occidental. 

En el Paro Nacional de 2021 han salido a flote varios elementos que apoyan lo anterior.  Desde la época colonial y aún siendo una población mayoritariamente mestiza, nos enseñaron a renegar de nuestro pasado indígena, como si ello fuese un estigma. En la movilización hemos sido testigos de un cambio. No es fortuito el recibimiento apoteósico que le brindó gran parte del pueblo a las mingas indígenas tras su llegada a las distintas ciudades. Pero quizás lo más importante fue el reconocimiento de las virtudes que practican sus comunidades; virtudes que se pueden resumir en solidaridad, resistencia y armonía con el entorno. 

En esta lenta transformación de un imaginario juega un papel esencial lo simbólico: el hecho de derrumbar estatuas de héroes ya caducados (ahora más bien anti-héroes) y de renombrar avenidas como la famosa Avenida Jiménez en Bogotá por Avenida Misak, da cuenta de un trueque de valores hacia elementos raizales y autóctonos. Yo pienso que la historia de Colombia se volverá a escribir. 

En otro ámbito, tuve la oportunidad de escuchar la entrevista que le hizo un reportero independiente a una chica (no universitaria) en Puerto Resistencia. Allí fui testigo de las palabras de una joven de la primera línea de resistencia que da su visión del conflicto y del porqué no están dispuestas y dispuestos a dar su brazo a torcer. Esta mujer representa a una mujer que en mi generación era impensable: una feminista que no requiere hablar de feminismo porque de hecho lo asume como parte de su identidad. Aunque el machismo no ha desaparecido y todavía nos golpea de frente, la diferencia entre nosotras (las más viejas) y ellas (las más jóvenes) es la manera de enfrentarlo. 

En nuestra generación hablábamos de feminismo, en la generación más joven se combate desde la lucha y resistencia. Lo he percibido de muchas formas hablando con mis estudiantes y sobrinas más jóvenes. Pero el desligarse de ese mundo patriarcal implica refutar valores ligados a él, como por ejemplo el de liderazgo. Esta joven lo destaca en su entrevista; no se requiere de un personaje que decida y direccione la movilización, se trata más bien de propiciar un trabajo desde lo comunitario y lo barrial. 

Evidentemente las transformaciones no suceden de la noche a la mañana. En la movilización y en muchos ámbitos de la sociedad se reconocen los vestigios de un pensamiento clasista, racista y machista, enquistado en un amplio grupo de la población colombiana, al cual pertenece el gobierno y su séquito de seguidores. 

¿Será que bajo esta perspectiva el mundo se va acercando a algo mejor? Lo creo firmemente. ¿Nos estamos acercando a un mundo perfecto? No soy tan ingenua. Este mundo seguirá siendo gobernado por la raza humana y ya conocemos las miserias que nos acompañan desde que habitamos este planeta. 

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¡Qué bandera!*

Jiran
[email protected]
[email protected]

Se ha vuelto la bandera al revés un símbolo de indignación, de hambre de justicia, de dignidad. Le hemos dado un sentido porque ¡eso sí es un símbolo patrio! 

¿Por qué eso sí es un símbolo patrio? A lo mejor no tiene mucho sentido que el color que representa el oro sea el primero y el que más ocupe lugar en nuestra bandera, como sí es el primero y el que ocupa más lugar en el corazón de los oligarcas y opresores.

A lo mejor vale más el agua, que es vida, que se brinda y “no se le niega a nadie”, como decimos por aquí; no como el oro que se guarda y se acumula, genera ambiciones y disputas y muerte.

A lo mejor vale más la sangre de nuestros hermanos y hermanas, derramada en los surcos de la patria que nos hizo, nos hace y nos hará una nación libre. Sí, la sangre que abonó la tierra en que nací porque como en su famoso discurso rezaba el caudillo: “[…] que el hombre es como las plantas, que la planta da fruto y flores no por la planta misma sino por el surco y la tierra donde ha prendido y que el hombre y un pueblo no pueden ser grandes y fuertes sino en razón de las tumbas donde tiene el alimento para su fruto” (Gaitán, 1946).

A lo mejor mi bandera me hace sentir orgulloso con el rojo en alto porque sea cual sea mi forma de ser, pensar, hablar o actuar, corre por mis venas el mismo rojo que le heredé a mi padre y a mi madre; el rojo de esta raza indígena que el opresor no pudo, no puede y no podrá borrar.

A lo mejor este sí sea un acto subversivo; subversivo que viene de subvertir, de cambiar de lugar y eso es lo que quizá hace falta: cambiar las cosas, subvertirlas porque parece que todo está patas arriba. Ahora los servidores públicos no le sirven al público, sino que el público les sirve a ellos; como decía Garzón (1997), ahora no nos entretenemos viendo a nuestro equipo favorito jugar buen fútbol, sino que los patrocinadores de fútbol se entretienen jugando con nosotros y haciéndonos malas jugadas. Ahora vale más la muerte que la vida, como lo demuestran las amplias inversiones en el Ministerio de Defensa y las escasas en el de Educación;  y no hablo precisamente de la administración de paso, hablo de años y años de malos gobiernos. Ahora los hijos luchan por darle un mejor futuro a sus padres.

Entonces, mi madre patria hoy se levanta en voz de sus hijos diciendo: yo soy blanca y negra, yo soy mestiza y mulata, y no pierdo mi identidad ni mi memoria porque es mi diversidad la que me une y me enriquece; porque la cultura es mi verdadera riqueza como nación. ¡Y rico eres cuando te tomas una aguapanela caliente en la mañana, carajo! No son los fusiles que contra mi pueblo ha vuelto el tirano ni mis armas, sino que es la educación de mis hijos que ilumina mis montañas y mis llanos y mis ríos y mis mares, y mantiene viva mi memoria.

Referencias

Gaitán, J. (1946). Discurso de candidatura Liberal para las elecciones de Mayo de 1946. Bogotá, Colombia. https://es.scribd.com/document/145107297/Discurso-Jorge-Eliecer-Gaitan-1946.

Garzón, J. (1997). Conferencia de Jaime Garzón en la Universidad Autónoma de Occidente. Cali, Colombia. http://kiaravanessablackburn.blogspot.com/2011/10/conferencia-de-jaime-garzon-en-cali-14.html?m=1


* En Colombia, la expresión “¡Qué bandera!” es utilizada para referirse a una situación vergonzosa. En este caso, es usada tanto para hacer referencia a la expresión, como para hacer un juego de palabras con la acepción de bandera que corresponde al símbolo patrio.

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Un paro particular

Jesús David Buelvas Pedroza
[email protected]
Escritor
Docente licenciado en español y literatura

El gobierno Duque y el uribismo, realmente, tienen que preocuparse ante las singularidades que se están presentando en el paro actual. Este paro de 2021, en contraste con  los pasados, ha tenido una serie de características que lo diferencian y lo convierten en lo que podríamos empezar a llamar un verdadero estallido social, el cual no se conformará ni se aplacará con los acuerdos falaces e incumplidos de las veces anteriores. Este paro es, en verdad, una demostración de fuerza y de ganas de cambio por parte de la población colombiana consciente de que los gobiernos, que hasta el momento hemos tenido, no han estado a favor del pueblo, sino de una élite que cada vez refina más sus mecanismos para seguir contando de manera mezquina con sus privilegios, mientras el pueblo raso se hunde en el dolor, la necesidad y la miseria. 

Los medios de comunicación más vistos en el país siguen en su postura de manipuladores de la información a favor de los intereses de las élites y el gobierno. Sin embargo, en esta ocasión, esta tarea les ha quedado difícil ya que no les es posible negar la legitimidad de los reclamos hechos por el pueblo que protesta ni mucho menos ocultar los abusos cometidos por las fuerzas policiales que pretenden controlar e incluso infiltrar y vandalizar las marchas. 

Tal ha sido la dificultad que se les ha presentado a los noticieros y a la prensa que se han visto obligados, por la presión tanto internacional como nacional, a desmontar su estrategia acostumbrada de deslegitimación de las protestas usando el lenguaje criminalizador. Un lenguaje cargado de expresiones de censura en contra de los marchantes y de eufemismos a favor de la policía que con sus excesos pretende sofocar a como dé lugar la libertad de expresión del pueblo que protesta; un lenguaje que seguro es direccionado por los esbirros que entrenandos mantienen nuestros, nada ingenuos, gobiernos de ultraderecha.  

A la poca efectividad de esa sucia estrategia mediática se le suma esta vez el despliegue que las redes sociales les facilitan a quienes se han tomado el trabajo de convertirse en periodistas ad honorem que cubren  los hechos desde los intestinos de las marchas. Tal ha sido la posibilidad informativa que las redes sociales han permitido a los marchantes que el gobierno y sus aliados han buscado la manera de censurar y bloquear su uso como mecanismo de información sobre las manifestaciones, pues gracias a ellas es que esa parte del pueblo que está ciega de tanto ver noticieros privados ha podido enterarse de que existe otra cara de la moneda. También gracias a las redes, las noticias de cómo avanza el paro y la represión en Colombia se han convertido en una preocupación internacional, lo que ha permitido que haya una mirada distinta sobre el accionar del gobierno Duque a la que antes transmitían los medios oficialistas.  

Gracias al hábil uso de las redes por parte de los periodistas del paro y de los ciudadanos que cada vez confraternizan más con el pueblo que reclama, no solo se ha dificultado el trabajo antiético de la prensa arribista y vendida de nuestro país, sino que las ganas de marchar al parecer se han contagiado más que la misma pandemia del coronavirus que también nos afecta. Gracias a las redes, y por medio de ellas, las ganas de marchar y de levantar la voz de reclamo ha llegado a poblaciones que anteriormente no eran noticia y se mantenían al margen de cualquier lucha social que en el centro del país y en algunas de las grandes ciudades de Colombia se realizaban. Hoy día, gracias a las redes sociales, nos enteramos de que a la protesta se han sumado los habitantes de poblados que ante cualquier forma de reclamo social anterior permanecían en la indiferencia. Estos habitantes, cansados y sumidos en la pobreza generada por el abandono estatal, han comenzado a movilizarse y están bloqueando caminos y carreteras. 

A este nuevo aspecto de la movilización de 2021 habría que sumarle otros dos fenómenos igual de novedosos. Primero, la protesta social se ha descentralizado, así como han salido a protestar poblaciones que antes no lo hacían, también en las ciudades se ha dejado de protestar solo en las grandes avenidas y en las plazas centrales. A estas movilizaciones que siempre han sido significativas se les suman ahora los puntos de resistencia que se están tomando los barrios y los espacios neurálgicos de todas estas ciudades. Esta nueva forma sectorial de manifestarse además de dificultar el control policial, está contagiando las ganas de reclamar y la voluntad de lucha a los habitantes de cada barrio que ahora sacan sus ollas, sus sartenes y sus banderas para animar, desde las terrazas y las ventanas, a los marchantes, mientras estos pasan enarbolando sus pancartas y gritando sus arengas por el frente de sus residencias. 

Segundo, el otro aspecto de cuidado para el gobierno tiene que ver con la solidaridad que se despierta en un pueblo cuando ve que las autoridades que deberían protegerlos se dedican a maltratar, a asesinar o a desaparecer a los suyos, a los que están en la calle reclamando por sus derechos. Ya son innumerables los videos en los que los habitantes de los barrios, además de grabar y difundir el abuso y la persecución policial, abren sus puertas para refugiar a manifestantes perseguidos o salen y se enfrentan a las patrullas para evitar que los capturen, frustrando así la sevicia con que la policía intenta ejecutar sus procedimientos.  

Esta mutación de la protesta en Colombia debería convertirse en un serio indicador para el gobierno Duque, para el uribismo y para cualquier otra forma de corrupción electorera y gubernamental de este país. Un indicador que demuestra que la mentalidad política del colombiano está cambiando en una dirección que a ellos se les está saliendo de las manos, pues se nota que quieren contener las acciones que esta nueva manera de pensar genera con las viejas estrategias del engaño mediático y el uso y abuso de la fuerza. 

Parece ser que la astucia se les está acabando, que el lenguaje lleno de eufemismos y falacias y el grito del autoritarismo ya no tienen efecto en una población que cada vez se acerca más a la certeza de que en las calles se pueden generar los cambios que han sido frustrados en las urnas con la complicidad existente entre la registraduría y los entes de control, pues estos se hacen los de la vista gorda ante la compra y venta de votos, y ante los fraudes que en elecciones se hacen para mantener en el poder una oligarquía podrida que se ha quedado sin discurso y que de tanto corromper y corromperse ya no se puede mostrar como una solución fiable para quienes desean un país de futuro y posibilidades de vida generadas a partir de todas sus riquezas. 

Esta mutación de la protesta en Colombia debería ser un indicador para tener en cuenta, tanto en el presente como por todo aquel que en el futuro desee participar y hacerse elegir como parte de los gobiernos venideros. Si no hacen ese análisis y desechan esta manera de salir a la calle de los colombianos, puedo asegurar que las futuras generaciones de políticos se verán destinadas al fracaso, al tratar de gobernar una ciudadanía que cada vez cree menos en el Estado y que está dispuesta a todo para que no se le siga humillando y para que, al momento de tomar decisiones, sus gobernantes siempre la tengan en cuenta. 

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Una vez más

Alexandra Zapata G.
[email protected]
Estudiante de Profesional en Filosofía y Trabajo Social
Universidad del Valle

Una vez más
otra mujer
ultrajada en este sistema patriarcal.

Se creen dueños de nosotras
de nuestros cuerpos
de nuestras vidas.
Habitar las calles y defender nuestros derechos
se convierte en un acto de osadía.

Nos violentan
nos insultan
y nos quieren silenciar.

Buscan llenarnos de miedo
quitarnos las ganas de luchar
y dejarnos sin ánimos de continuar.

Ser mujer en un país
que nos niega la existencia
es un acto de resistencia.

No somos reconocidas como sujetas de dignidad.
Desde niñas nos vemos obligadas a esquivar la inseguridad.
Preguntarnos si pasar o no pasar
pensar qué lugares evitar.
Es doloroso saber que en ningún lugar
estamos exentas de perder nuestra tranquilidad.

Nos quieren callar
pero no lo van a lograr.
Por una que no está
miles más salimos a gritar.

Seguiremos defendiendo nuestro lugar en el mundo
por las que estamos, por las que se han ido
y por las que vendrán.

Vivas y libres nos queremos,
las mujeres colombianas seguiremos en juntanza y en pie de lucha
.

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Vándalo

Richard Eduardo Hayek Pedraza
[email protected]
Licenciado en Educación Básica con énfasis en Lengua Castellana
IDEAD Universidad del Tolima

VÁNDALO. S. Hombre o mujer, sin que el género importe mucho; tampoco el número porque hoy por hoy son miles; con más porvenir que edad; cuya conciencia y acciones políticas, lejos de estar alineadas con alguna rancia ideología, representan el pensar y el sentir de los marginados, de los expropiados, de los exiliados, de los desaparecidos, de los que perecieron, de los más pobres de una larga taxonomía de pobres… para abreviar, de los pobres de todos los tiempos y espacios juntos. 

El vándalo es una especie nueva de homo sapiens, digamos que es un homo sentis (y me importa cinco si tal nombre existe o no), que vivió erguido a manos del Estado por varias generaciones; que aprendió a hacer fuego con lápices y versos; que resistió diluvios de antaño y apocalipsis postmodernos al amparo de la naturaleza y los cantos ancestrales; que sobrevivió a la hambruna de salario mínimo con pan de campo y sació su sed de justicia con agua de panela, masato y chicha de maíz; que persistió en sus sueños de libertad y equidad social, pese a la pervivencia de un sueño totalitario y homogéneo que se tragó pueblos enteros. 

El vándalo promedio se reconoce a la legua: en el rojo lacrimógeno de sus ojos; en el olor a leche que corre trasnochada por su rostro; en el andar sin reverencias con que cruzan las esquinas; en la heroica estela que dejan sobre el asfalto, tras las barricadas de la primera línea; en los CAI’s donde “son tocados hasta el alma”; bajo las tanquetas donde son partidos a la mitad “por accidente”. 

Se sabe que alguien es un vándalo porque se apellida indígena, campesino, afro o mestizo; porque no viste como la gente de bien, sino que anda desarreglado de diferencia, de diversidad de pies a cabeza… siendo hombre, mujer o ambas; de cabello largo, corto, multicolor, incluso calvo; aretes, piercings, expansiones, tatuajes; perfumado de graffiti y trementina, de compa, de café caliente de $500, de cigarro que se rota, de última cena, de palabras que van y vienen;  vestido de pobre a mucho honor, calzado de calle a todo fragor. 

Estos vándalos cargan en su mochila un libro o dos, algo de comida y uno que otro souvenir de

la patria que sueñan, no de la patria boba donde nacieron; fuman hierba, hermandad, compromiso y humanidad; y se desdoblan de opio y malabares por avenidas y semáforos de la gran ciudad, con unas ganas inmensas de jugársela al destino, de construir uno propio, uno en el que quepa Raimundo y todo el mundo.

Un vándalo se para fuerte, duro, inquebrantable así esté molido de tanto batallar; y sigue parado con los bolsillos vacíos y la conciencia limpia, cuando llueve agua, cuando llueven balas; sin que sus miedos, que los tienen, les impidan hacerse mito y leyenda en un país de pobres corazones, pese a la muerte anunciada que los convierte en crónica roja de la prensa sensacionalista.

En otra época, jamás me hubiese sentido representado por la palabra vándalo, pero hoy por hoy, siento mucho orgullo de serlo, de ser un vándalo a la distancia, pues nuestros jóvenes han logrado (re)significar tal palabra, la han (re)semantizado, la han transformado en todo un símbolo, quizás en el símbolo de un país cuyos símbolos han perdido peso, legitimidad y trascendencia. Vándalo es, ahora, gracias a Lucas, Santiago, Allison y los demás que perecieron

por intermediación del Estado colombiano; y a los que siguen en pie de lucha, sinónimo de héroe, de conciencia crítica, de ciudadanía, de democracia sentipensante, de humanidad que se abre paso en medio de la deshumanización generalizada.

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Gas mentira

Patricio Calderón
[email protected]
Carrera de Lengua y la Literatura
Universidad Central del Ecuador

Aún sigo vivo en las calles
                  desbordadas de nación
en el aire de superflua muerte
que refleja la infecta suerte
que acaece sobre nosotros y que
                            nunca pide perdón.


Aún sigo vivo en los gritos
                      indómitos de protesta
que buscan siempre una respuesta
para mitigar la faz funesta
          que en la tierra ha hecho el dolor. 

Dame tiempo, gran tiempo
para armar la revolución.
Dame tiempo, gran tiempo
para no morir hastiado.

Nos disparan sin clemencia
y nosotros con escudos de cartón
aguantamos con esfuerzo
                    nuestra magna rebelión.     

Se respira gas mentira
con violencia
                  envenenado.
Nuestras almas estandartes
aguantan con tesón.
La esperanza fluctuosa llega de los prados
así el pueblo va blindado ipso facto
                                            por su nación.

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El miedo a que se termine el paro

Efraín José Martínez Meneses
[email protected]
Profesor – Unisabaneta
Ingeniero Universidad de Antioquia
Mag. Universitat Oberta de Catalunya
PhD (c) Universidad de Salamanca

Tengo miedo a que se termine el paro y que al despertar mañana todo siga igual. En gran medida, esto sostiene las protestas. A veces uno no quiere regresar a casa y dilata la llegada; toma la ruta de bus con el recorrido más largo; busca excusas; conversa en demasía y pospone; camina lento. Regresar a esa casa llamada Colombia es regresar a ese punto desesperanzador desde donde iniciamos. Si regresamos, sentimos que no hubo victoria. 

Se retiró la reforma tributaria, pero, en honor a la verdad, esa reforma fue solo la última gota que rebosó el vaso; sacan la gota que se derramó, pero aún sigue el vaso lleno. Somos un país maltratado por un gobierno abusivo y las palmaditas en la espalda y la promesa de que no va a volver a suceder, ya no surten efecto. Sabemos que, al regresar a casa, el maltratador despierta y ese juego de roles de una tragedia doméstica comienza. No queremos volver a vivirlo. 

Entonces debemos creer que ahora, como lo hemos hecho desde siempre,  el gobierno sí va a cumplir: que no va a volver a presentar sus nefastas reformas; que tampoco va a vender activos para reemplazar ese dinero prometido a bancos y grupos económicos; que la austeridad se hará presente; que van a parar los asesinatos sistemáticos; que la justicia por fin va a tener dientes para encarcelar a los dirigentes mafiosos y corruptos; que el exagerado nepotismo no nos va a demostrar más que merecer y esforzarse es solo para los pobres; y que se va a buscar la paz con los grupos armados. 

Son tantas cosas que extenúa el solo mencionarlas. Ahora, lo que provoca el sentirlas es un agotamiento espiritual que se parece a la muerte. El paro ha sido un RCP [Reanimación cardiopulmonar] y un despertar súbito, bocanadas de vida, jadeo de pulmones que sienten el aire después de la asfixia, venas que se hinchan. Hay que detenerlo, pausar… Pero no queremos hacerlo, quisiéramos que este instante de dignidad durara para siempre. Ahora que hemos despertado de la catalepsia, nos dicen que debemos tomarlo con calma. 

No habrá cambio de gobierno. Seguirán abusando de su poder, manipulando, invirtiendo toneladas de dinero de todas las fuentes posibles para ganar las elecciones. Continuarán las plazas llenas de los otros candidatos, pero los resultados de la Registraduría no lo reflejarán. 

¡Qué miedo que se termine el paro! porque será el baile de otros, el nuestro es el baile de los que sobran1; el de veintiún millones de pobres. ¡Qué miedo! porque sentiremos que los muertos fueron en vano y las familias llevarán las imágenes de sus desaparecidos a cuesta, toda la vida. 

 Recuperar la esperanza no se logra al sacar un ministro multimillonario que se va a ocupar un mejor cargo ni retirar artificiosamente las reformas para introducirlas después en un gol de victoria en otra Copa América comprada. Para detener ese río de gente que recorre las calles, nos deben dar más. Piensen en Chile, se logró un cambio a la Constitución. Esta no es la solución aquí, pero piensenlo. Nos deben dar más, el daño es tan descomunal que una renuncia presidencial, un llamado a elecciones, un gobierno de coalición u otro mecanismo de participación múltiple no suena descabellado.

El comité de paro, poco tiene que ver con lo que está sucediendo, pues no es claro lo que coordinan ni a quiénes representan o a quiénes dirigen. Los llamados a las marchas, plantones y eventos se realizan de manera independiente por iniciativas locales. La única solución es que nos den más, eso es lo que debe pensar el presidente. Debe ser algo que permita la participación a millones de ciudadanas y ciudadanos. Piense, señor presidente; piensen, políticos que no representan a nadie; piensen qué darle a los jóvenes para recuperar la confianza, para recuperar el país.


1 “El baile de los que sobran” canción incluida en el álbum musical: Pateando piedras (1986) – Los Prisioneros. Grupo chileno de rock en español. 

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Carta a mamá

Wendy Aldana Cervera
[email protected]
Licenciada en Lingüística y Literatura
La Gran Colombia
Morada Palabra (Narración oral)

Del gobierno cayó violencia, mi mami la rechazó, se puso en modo protesta y qué linda quedó.

Le festejamos esta fecha desde hace 26 mayos, el año pasado todos estábamos confundidos, temerosos y encerrados. Los medios decían que mejoraría la situación en algunas semanas y, desde eso, ya ha pasado poco más de un año. 

Para este mayo no le quiero regalar flores, ni chocolates, ni desayunos o almuerzos especiales. Me uno al sentimiento de querer contribuir a que este sea un mejor país para sumercé y para todos. Sé que está cansada de caminar todos días para poder llegar a casa después de trabajar, sé que los bloqueos hacen que tenga que esforzarse un poco más; pero no se preocupe, no se rinda, siga caminando que todo esto es para que sumercé más adelante pueda disfrutar.

Al principio fue por la reforma tributaria, seguidamente se sumó la reforma a la salud, no obstante, nos hemos dado cuenta de que el fondo de todo esto es reformar la vida. Intentar construir las condiciones para que este país se convierta en un lugar en el que se pueda vivir sin abusos y sin temor. 

Mami preciosa, todos los días pienso en si la última vez que nos vimos será definitivamente nuestro último recuerdo. Hoy lamento mis ausencias en la adolescencia y le pido a la anciana que la cuide en las calles y que todas las noches le permita regresar. Hoy también pienso en esas madres que desde el 2008 lloran a sus hijos y pienso en esos hijos que desde el otro lado las mantienen a ellas vivas. Yo quiero, mami, que sumercé siga viendo mi rostro y nombre en boletas de eventos, y jamás le toque verlo en carteles de desaparición, violación o asesinato. Y le pido que si algún día la llaman a reconocer mi cuerpo en cualquier triste y fría morgue, haga caso omiso a todas las razones que le den. Simplemente recuerde que por más mal que en el exterior se vea, mi alma es quien habla y a esa sí le va a poder creer.

Finalmente, mami, le escribo estas palabras para agradecerle por levantar su voz y por enseñarnos a levantar la nuestra —aunque eso la llene de pánico—. Gracias también por aquel cacerolazo, por siempre estar dispuesta a escucharnos y por expresarle al mundo que no somos vándalos. ¡La amo con todos mis sueños! Espero que este próximo día, las tres sigamos con vida y que podamos ver y vivir la mejor versión de este trágico país. 

19 de mayo del 2021.

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Dictador de nada

Mariana Aguirre Martínez
[email protected]
Estudiante de Profesional en Filosofía y Letras
Universidad de Caldas

—Alexa1, pon Duque Chao en Spotify— dijo el dictador esa mañana mientras inclinaba la cabeza hacia atrás tratando de ver qué tan largos tenía los pelos de la nariz. No recordaba dónde había dejado las tijeritas que usaba para cortarlos, entonces los dejó así.Y Duque chao, Duque chao, Duque chao, chao, chao” , sonaba la música en el baño; siguiendo el ritmo con sus pies, el dictador dejaba caer un chorro de shampoo sobre su mano para después masajear el cuero cabelludo en círculos con las yemas de los dedos. Tratamiento matizante para que sus canas decoloradas no empezaran a tornarse amarillas. Debía agendar cita con la estilista, ya se le estaba notando la raíz. La rutina de seguir el libreto del dictador era demasiado agotadora.

Al salir  de la ducha, notó que en el televisor estaba en vivo la emisión de noticias y estaban hablando de él: “Nuestro dictador ha hecho las cosas bien, ha dicho que no hablará con nadie, que aquí se hace lo que él diga y que se relajen con un rocksito, 15 de volumen y una cervecita en Andrés DC”2. Ahí se veía él, caminando por los pasillos de la casa de Nariño, ojalá sus jefes le dejaran vivir ahí, tenía toda una sala de cine en dónde podría sentarse todos los días a ver Bohemian Rhapsody, le encantaba la actuación de Rami Malek como Freddy Mercury. 

El Iphone sonaba, una llamada entrante de su esposa, Maria Luciana debía tener los ojos encharcados. Dictador, acostumbrado a ver las lágrimas de orgullo en todos los que lo amaban, contestó el teléfono presumiendo su emisión en el noticiero matutino, no debe ser cualquier cosa ver una mañana de miércoles a tu esposo en televisión.

Aunque le gustaba esa vida no se acostumbraba, sabía que cuando todos los planes dieran frutos, podría sentarse a ver la nación de los sueños de sus jefes, que a ese punto también se había convertido en su sueño. En ese momento las cosas estaban complicadas, la masa informe que no piensa —como la llamaban en la organización— se había dado cuenta de su plan para concentrar la riqueza en un solo sector, se empezaron a manifestar, se tomaron las calles. Cada día salían con algo nuevo, que su marcha carnaval, que su caravana de motos, que camioneros, que plantón, que rompiendo vidrios, incendiando estaciones de policía. Básicamente, él tenía el país encima y esa era su tercera semana de lidiar con eso.

Ese día había cosas por hacer. La ciudad estaba colapsada por la cantidad de manifestantes, pero él debía ir con su sastre a probarse los trajes nuevos. Tenía una reunión con sus jefes para acordar los nuevos discursos y decidir si se sentaría o no a hablar con esa gente que lo quería fuera de su cargo, lo trataba mal, lo abucheaba, le hacía carteles ofensivos, se burlaban de su físico. Y sí, él era un dictador mano de piedra, caradura al que no le debía afectar eso, pero a veces tenía pesadillas con el feed3 de Twitter y los memes de Facebook.

Todos le llamaban dictador, pero él no era quien mandaba, él era solo la cara de una organización, su trabajo era replicar y llevar a cabo las decisiones que allí se tomaban. Si pudiera mandar, lo haría de la misma forma, pues sabía que sus jefes tenían la razón, el petrocastrocorreachavismo4 pulgoso y roñoso de izquierda sería nuestra perdición si le abríamos la puerta, por eso había que acabar con quienes pensaban diferente a ellos. Pero esos no son los temas importantes, los trajes del sastre estaban perfectos, vestido así se veía serio, mayor, más tenaz. Nunca le creyó a sus estilistas cuando le dijeron que lo podían hacer ver mayor, pero en ese momento, frente al espejo lo entendió, al fin se había convertido en la persona que todos querían que fuera y su imagen le daba determinación para hacer lo que le ordenaron en principio.

Atrás quedaron esos días de “Se acabó la guachafita”, “Colombia con P mayúscula” y “Los siete enanitos”. Ahora él podía hacer cosas admirables como usar el avión presidencial para el cumpleaños de su hijita, llevarle saludes de su jefe al rey de España y, su último logro, en una alocución presidencial había ordenado militarizar las ciudades que no hacían lo que él quería. En la reunión oyó muchas cosas, recuerda la palabra molecular y la palabra disipada, quien sabe de qué estarían hablando. Por último, todos lo miraron fijamente y ahí él supo que venían las indicaciones:

“Vas a hablar con ellos, vas a tumbar la reforma 1, vas a decirles que sí les vamos a dar educación gratuita, que vamos a hablar en serio, pero que va a seguir la militarización. Así van a entender que si siguen saliendo a la calle, ya no va a ser nuestra responsabilidad lo que pase con ellos, dale a la fuerza pública… Blah, blah, blah”. Escuchó algo sobre fuerza pública, órdenes, 700 balas cada noche, pero ya eran demasiadas cosas en las que concentrarse. Al fondo escuchó que aquella voz gruesa aumentaba el volumen: “Mírame, no nos importa lo que hagan con la gente que capturen, lo importante es que no den mucha lora. Tienes, escúchame bien, tienes que seguir criminalizando esa protesta, así la gente de bien nos va a ayudar a controlar esto”

Él asintió con la debida seriedad de un mandatario, al levantarse a darle la mano a sus jefes no calculó el movimiento y tiró un vaso de agua sobre la mesa, en la cara de todos se vio el descontento; pero son errores humanos y él, aunque se viera muy dictador, no estaba exento de cometerlos. Salió de ahí con cada una de las cosas anotadas en forma de lista y con un cuadrito al frente para chequear cuando hiciera cada una, su asistente era la persona más organizada del mundo y hacía ese tipo de cosas por él. 

En la entrada al edificio había cuatro personas que no deberían haber estado ahí. Y claro, debían estar ansiosos por conocer a su presidente, el hombre que todo lo puede, pero él tenía órdenes estrictas de no detenerse y de no hablar con nadie, entonces solo levantó la mano en un saludo, aplicando sus clases de simpatía. Eso lo distrajo y no vió el escalón que había frente a él, cayó al piso y no tuvo tiempo ni de mirarse los golpes porque en ese momento empezaron a sonar estallidos de bala. Los seis escoltas que lo acompañaban lo rodearon en el piso y los demás se encargaron de la situación. Eso sí que parecía literalmente un golpe de suerte, pero él sabía que la suerte no existía, su fe le recordaba que era la protección de la virgen de Chiquinquirá. Su caída fue obra de ella, un aviso de que lo iban a matar. La sensación de inquietud no se iba, le pidió al chofer que cambiara la ruta, que reforzara la seguridad y llamó a su jefe dos o tres veces sin respuesta.

La alocución fue un desastre, aunque trataba de no usar muletillas, dijo la palabra vándalos siete u ocho veces por minuto. Los críticos dijeron que se escuchó como una razón y la gente siguió en las calles como si no pasara nada, nadie agradeció la clemencia que tuvieron. De ahí se fue a su casa, a esperar órdenes y no pasó nada, encendió el televisor y entonces entendió todo, su jefe había muerto. Le dispararon ocho veces, lo mataron al primer balazo y los otros siete fueron con saña. Él no estaba triste, no tenía un gran afecto por ese hombre; pero estaba asustado, nadie lo cuidaría, nadie le diría que era lo siguiente y nunca supo si había —entre tantos planes— alguno de emergencia para ese momento. Nadie lo llamó, nadie le avisó; pasaron días y nadie le dijo qué hacer, ni su familia, ni su equipo de seguridad; nadie le atendía las llamadas. No era nada, no era nadie. Y en un estallido, mientras veía caer las paredes del edificio, los vidrios quebrados y el fuego en todas partes, su vida se acabó.

“Este es un momento cumbre en la historia, es el fin de la dictadura, nuestros académicos, amigos y libertadores exiliados en el exterior deben estar haciendo maletas para volver, pues esos años de terror y represión quedaron atrás” Fue el discurso que pronunció un hombre, con traje de sastre, en una plaza pública, rodeado por cinco escoltas, con una comitiva de apoyo, compuesta por seis personas mayores que él, todos hombres de negocios y con una amplia carrera política. El ciclo volvía a empezar el mismo día.


1 Alexa, Asistente virtual controlado por voz creado por Amazon.
2 Reconocido restaurante-bar en la zona T de Bogotá.
3 Inicio de Twitter, donde aparecen los últimos Tweets.
4 El término original es Castrochavismo y fue empleado en la campaña presidencial de Colombia en 2018, por parte de un sector político, para referirse a los movimientos de izquierda.

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Editoriales | Paro Nacional

En el camino de vuelta a casa

Luna Herrera
[email protected]
Estudiante de Profesional en Filosofía y Letras
Universidad de Caldas

La magnitud de la belleza de tus tierras
de este territorio geográfico
se ve opacada por la sangre
que desata el atroz Estado.

El olor de la riqueza de los campos
y la dicha que pronuncia el campesino con sus frutos
son suprimidos por el grito desgarrado de la campesina violada.    
Aquella campesina que camina con sus vestiduras rasgadas
mientras sostiene el papel de la esperanza.

La esperanza de volver a reclamar sus tierras despedidas de sus recuerdos.    
Cuando en la gran ciudad el frío y la indolente humanidad
su mirada de injuria y asco le es lanzada.

Y en el camino de vuelta a casa    
solo queda la fría acera de una sonrisa con olor a café,
o unos ojos vacíos que ya no hablan.