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Editoriales | Paro Nacional

Inhumanidad en el Paro Nacional o el porqué nos quitan los ojos

Anyela Botina
[email protected]
Licenciatura en Filosofía y Letras
Universidad de Nariño

En Antropología de la inhumanidad de María Victoria Uribe (2018) se analizan las masacres que vivieron las zonas rurales de Colombia en la época de la violencia bipartidista (1946-1964), el surgimiento de las guerrillas en los años sesenta y el paramilitarismo durante las décadas finales del siglo XX. Hoy, en el estallido social que vive Colombia, es pertinente retomar el análisis de este libro para reflexionar acerca de los actos violentos que todos hemos vivido con proximidad y que nos han llevado a afirmar que la violencia que por muchos años ha vivido el campo ha dejado de ser invisible para las personas que habitan las ciudades del país.

Se ha dicho que la violencia que ha sufrido el campo no puede compararse a la violencia que hoy vemos en las ciudades por el estallido social, pero esto hace pensar que la guerra del campo es una realidad alterna y mínima al escenario que vive toda Colombia, cuando la guerra nunca ha terminado. Pues, mientras se ha intentado reparar, resignificar los territorios y buscar la verdad, siguen apareciendo muertos en los ríos, madres buscando a sus hijos desaparecidos bajo un manto de indiferencia, debido a que esta guerra tiene como mejor arma el silencio cómplice y la mirada de desprecio hacia los colombianos que habitan la periferia del país.

Para continuar con el análisis, tomo como referencia el capítulo Las masacres como síntoma social en donde la autora define el síntoma social como “una mancha inerme que no se puede incluir en el círculo discursivo” (Uribe, 2018, p. 80). Es así como la violencia en Colombia ha permeado todos los escenarios sociales, puesto que, las reestructuraciones históricas que ha vivido el país han permitido que las ciudades puedan mirar un panorama aparente de tranquilidad; mientras que simbolizar y tramitar la guerra en el campo, donde el conflicto sigue vivo y a sus anchas, es una forma de resistencia marginada que lucha en contra de la violencia, el olvido y la injusticia. Una labor más que heroica, injusta.

Las prácticas crueles que hoy se viven en las ciudades son parte del síntoma social colombiano, son el fantasma que nunca se ha ido, que acecha desde siempre en el sueño tranquilo de las personas en la ciudad y que al menos hoy miramos en todas partes, sin lograr ser indiferentes. Tanto así que podemos afirmar que las ciudades están conociendo, en una pequeña dosis, la zozobra y la incertidumbre  que por años han tenido que vivir las zonas rurales de nuestro país. O será, más bien, que por fin quisimos ver esa incertidumbre como nuestra porque siempre ha estado ahí, retumbándonos en la cabeza, pero solo la escasez, los casos de violencia que noche a noche se escuchan frente a nuestras casas o en redes sociales y que nos impide seguir con nuestra vida “normal” ya no nos ha dejado poder mirar para otro lado.

Las masacres que se viven en el campo, hoy se viven en las calles y dan cuenta de que este país ha sido y sigue siendo el país de las masacres. Estas que son un síntoma colectivo que nos impide ver la realidad social y resignificar los espacios, la cultura y el futuro que se ha normalizado en el odio hacia el pobre, el campesino, el negro, el indígena y la mujer, y que muestran la negación de un conflicto y de nuestras responsabilidades como ciudadanos.

El síntoma social en Colombia hoy se evidencia en los ataques de la fuerza pública hacia los y las manifestantes. Los casos de agresiones oculares —o como comúnmente se nombra: “sacarles los ojos”—, se consideran actos cometidos al azar e incluso son señalados como engaños o exageraciones. Prueba de esta manera de concebir las agresiones oculares es la afirmación de la senadora Paola Holguín: “dejen de llorar por un solo ojo” (Holguín, 2021). Pero estos actos no ocurren al azar, sino que son casos de violencia sistemática en contra de los y las manifestantes que van mucho más allá de ser una simple agresión y se encuentran lejos de ser un engaño.

Según la ONG Temblores, han ocurrido 65 casos de agresiones oculares en lo que va del Paro Nacional desde el 28 de abril al 31 de mayo (Temblores ONG, Indepaz y Paiis, 2021). Estos hechos son de total repudio, pues confirma que la mejor arma del estado es el miedo que se inscribe como mensajes de terror en los cuerpos y que busca, al igual que la guerra en el campo, silenciar con el fin de que estos casos queden en la impunidad y las víctimas sean cubiertas por la indiferencia social.

Esta tecnología del terror que utiliza los cuerpos como textos da cuenta de que los cuerpos de los manifestantes se deshumanizan y se expropian de su identidad. En el caso de las agresiones oculares, el ojo tiene una doble función: por un lado, dentro del campo de lo simbólico, esta parte del cuerpo humano contiene una representación ligada a nuestra humanidad y, más aún, la mirada. Es la mirada lo que nos permite reconocer al otro, es el rostro lo que nos acerca y nos humaniza, y que también puede ser un castigo y generar incomodidad cuando la mirada del otro nos increpa, nos crea conflicto y nos vigila. Además, dentro del fenómeno actual representa una gran herramienta porque, hoy en día, los medios de comunicación y las redes sociales privilegian el sentido de la vista y es por estos medios donde se han denunciado los ataques de la fuerza pública. Como también  ha sido por medio del arte plástico que se han resignificado los espacios —como las avenidas, los puentes, las estatuas— a través de grafitis, murales y monumentos que denuncian las prácticas inhumanas de la Policía y el Gobierno.

Por otro lado, las agresiones oculares son un mensaje de terror, pues se rompe con el orden simbólico del cuerpo que crea una identidad corporal ambigua que produce desconcierto e intimidación, como lo afirma uno de los testimonios de las víctimas: “el ojo se abrió en dos” (Lago, 2021). Es así como estos mensajes cumplen la función de perpetuarse en el tiempo al permanecer grabados en la piel y convertirse en una advertencia para los y las manifestantes.

Dentro de estos mensajes de guerra que se inscriben en el cuerpo, también es importante resaltar los 25 casos de violencia sexual a mujeres por parte de la fuerza publica (Temblores ONG, Indepaz y Paiis, 2021). Aunque se considere que estos delitos son arbitrarios a las manifestaciones, por el contrario, diría que dan cuenta de la lógica de la guerra, el terror y la misoginia que están presentes en nuestra sociedad; que utiliza los cuerpos femeninos como territorios de conquista, como mensajes de guerra que deshumaniza los cuerpos femeninos y los expropia de su identidad; y que vulnera el derecho de las mujeres a manifestarse.

Todos estos abusos y delitos por parte de la policía son sistemáticos y buscan generar terror en la sociedad, pero también desnaturalizar a los y las manifestantes con el fin de que haya una retirada o un debilitamiento de las convicciones y problemas que hoy nos importan a todos; pero que si todo se acaba hoy, aquellos jóvenes heridos y mujeres violentadas sexualmente, no serán más que eso, casos aislados, cifras inciertas, sin nombre. Tan solo una realidad alterna e impropia que miramos con indiferencia, que sabemos que quedará impune y que a nadie le importan. Prácticamente, una muerte en vida.

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Panegírico al movimiento

Rafael Eduardo Ruiz Vergara
[email protected]
Filósofo/Sociólogo
Est. Estudios Clásicos
Universidad de los Andes

Si uno se para a pensarlo bien, en toda circunstancia nos acecha el naufragio. Es cierto que no hay sepultura para el que sucumbe entre las olas.
Petronio, El Satiricón, III, 115.

En los últimos meses nos hemos podido dar cuenta, más que nunca, de que la indolencia es hermana de la ignorancia, pues se nutre de circunstancias deplorables que buscan ocultarse. Colombia se ha vuelto el escenario de los movimientos conscientes de sus habitantes frente a un estatismo político —muchas veces arbitrario— que opta por inmovilizar el querer pensar nuevas realidades. A través de una alegoría de mares, navegantes y caminantes, queremos relatar un proceso que parte de la impasibilidad e indiferencia hasta llegar al conocimiento de la realidad y al convencimiento de cambios necesarios para el país.

La profundidad

Sumergidos en océanos de discursos ideológicos y propagandísticos; permanecemos absortos ante la realidad como fósiles conservados en ámbar, perturbados —si acaso— por los vaivenes de intereses y actitudes políticas que nos mantienen atados —con los grilletes del dogmatismo— a una indiferencia hacia el otro que no piensa como nosotros. Como ciudadanos, flotamos entre algas en este claroscuro fondo marino que compartimos, espectadores de acantilados que destilan corrupción y que nos enseñan —convencidos de que así son las cosas— que los ideales políticos deben defenderse con insultos; que las desacertadas políticas de los gobiernos deben resolverse con cambios de posturas desentendidas; y que el único medio por el que debe optar el Estado para encontrar soluciones a las peticiones generalizadas es la represión.

Ante las burbujas que ascienden zigzagueantes a la superficie —muestra de la efervescencia interna de los cuerpos que pulsan por expresarse frente a las injusticias— y sin aún dar cuenta de la terrible levedad de la existencia suspendida, consideramos estas nefastas ideas (insultos, pretendidas confusiones y represalias) como axiomas, sedados por la presión que anula el pensamiento, viviendo el letargo de la zona bentónica y quizá empuñando la mano, con maravillosa lentitud, ante las iniquidades que se expresan a diario en este país.

En esta nación dispersa —sumergida en frías e inmutables aguas—, los gritos se deshacen, inaudibles frente al ruido blanco de las atrocidades de la fuerza. Aquí, donde no hay tierra, coexistimos como rocas marinas; oyendo promesas y consuelos como ecos, inmersos en desdichas y embarcados en ruinas (Eurípides, Medea, 30). Inmovilizados, damos por cierto que las lágrimas por las pérdidas —acto público de eterno valor— no son más que manifiestos llevados por corrientes al olvido, alejándonos de la imperativa acción de despertar.

Somos como las tétricas y, al mismo tiempo, bellas imágenes góticas de aquellas mujeres preservadas en cristales de la película The Black Cat (1934) del director Edgard Ulmer, con la diferencia de que nosotros estamos vivos y con los ojos abiertos. Nos ahogamos en el sopor de la espera, incólumes, observando transacciones arbitrarias de poder y atribuciones de cargos, como si de una repartición de dulces se tratase. Sin embargo, aquí no hay pasteles y mermelada, solo amargura. La cotidianidad se ha inundado bajo avalanchas de difusiones televisivas y radiales, arrastrándonos de izquierda a derecha, entre acusados y acusadores, noqueándonos. En la profundidad, reprimir es asesinar la actuación y, por esto mismo, menospreciar el significado de la política como diferencia.

La superficie

Es en el seno de esta calma acuática que los ciudadanos, al encontrar puntos de apoyo unos en otros, recuperan el aliento y, agitando la superficie del adormecido mar, inician una reacción. Fuera de esta confusión se respira el aire de una extraña libertad, se olvida el entumecimiento de la mente y se forman, por fin, opiniones propias.

Estos que han despertado, ahora nadadores, se encuentran pronto con toda suerte de islas, donde recuerdan que pueden alzarse y caminar, sintiendo el peso propio de sus vidas. El mundo que se expande es distinto, crítico por cuanto libre de grilletes, y de ellos depende que se formen caminos y se lideren procesos. Son estas personas las que comparten mensajes y crean redes de información, dan a conocer lo que sucede y cómo se vive en los lugares más apartados de nuestro país. Semejantes a inventores, construyen naves y se echan a navegar de nuevo —poniendo en riesgo sus vidas— sobre mares de incertidumbre, violentos pero de calma aparente.

Algunas de estas embarcaciones levantan mástiles y extienden velas, pero se dejan llevar por los suaves vientos de alta mar y profieren discursos sobre aquellos que antes los ahogaban. Estos navegantes son los que se han alzado en la política bajo imperios demagógicos. Se sabrá entonces que solo deseaban salvarse a ellos mismos, y así: “Al reducirla a una música ligera y vana, a una especie de entretenimiento, habéis convertido el discurso en un cuerpo sin nervio, sin vida” (Petronio, El Satiricón, I, 2).

Frente a estos, no obstante, hay otros que no comparten sus acciones e ideales y, a causa de esta misma inconformidad, no olvidan a aquellos que fueron sus puntos de apoyo. Crean y lanzan salvavidas, procuran movimientos incesantes de ondas para transformarlas en olas y, así, avivar a los sumergidos indolentes. Mientras aquellos comparten información desatendida y malintencionada, esparcida sin distinción con redes que atrapan al desprevenido; estos transmiten información específica de las realidades a través de la política como pedagogía, comprenden la singularidad de los segregados y de los excluidos, atados a lo más profundo, y se vinculan a un ejercicio de pensamiento y acción consciente de sus problemas de raíz.

Desde entonces se han reanimado millones y juntos han ayudado a los que naufragan, han encontrado a los desaparecidos que se enfrentaron, con valentía, a las fieras marinas que manejan el poder. Esta labor del líder que informa y protege es, lamentablemente, cada vez más escasa, pues no conviene a los oradores que fomentan el odio y la guerra en el país, aquellos que desean conducir a los ciudadanos de nuevo a aquella soporífera profundidad.

Como en todo, algunos de estos líderes se ven perdidos entre pruebas y desatinos, como Jasón y Odiseo; hacen frente a toda suerte de reveses, pero sus convicciones deben llevarlos a hacerse los de oídos sordos ante las distracciones de aquellos poderes tradicionales de la política que, como Caribdis, atraen y arremolinan intereses, resguardados por herencias inamovibles como aposentos de rocas. Esta es la lucha que se vive en la superficie; una en donde el sueño de la ignorancia y la vigilia de la participación se entrelazan, como si de una moneda lanzada al aire se tratase, mostrando, a veces, la cara de los ciudadanos que buscan asirse a tierra firme y, otras, el sello de los oradores que manejan la guerra creyéndose, de manera equívoca, victoriosos; pues en una nación en guerra, como hemos aprendido de nuestra historia, solo se cuentan pérdidas.

Los movimientos

De seres pensados como reales a imágenes del mar, las musas de las aguas han terminado por convertirse en símbolos que potencian y suavizan las marchas que inician con este despertar ciudadano[1]. De todos aquellos que han emergido de la perplejidad, gran parte se han visto ayudados por estas fantásticas musas, vueltas pasión e inspiración que fomentan el descubrimiento de la creatividad a través de mensajes y bailes de cuerpos que se movilizan con pendones, banderas, cartulinas y todo tipo de materiales.

Aun arrostrando penas del inmóvil pasado y poniendo los pies sobre la tierra con el fin de rectificar el significado de la política como diferencia, los nadadores, ahora caminantes, se han vuelto a escribir cartas y a transmitir videos en los que denuncian e informan. Con ello se inicia un temblor, expresión de la efervescencia de los cuerpos antes neutralizada; despiertan a los que dormitan allá a lo lejos, neutrales ante el mundo; forman un oleaje que desecha grilletes y que aumenta la agitación de un mar revuelto que cuestiona estructuras de poder que mantienen a los cuerpos en aguas templadas de la información sin crítica; sacuden la eterna quietud y nos arroja afuera; nos permiten ver, de manera conjunta, el lugar donde permanecíamos anestesiados. En las marchas que recorren al país que ha emergido, fuera de aquel mar impenetrable y confuso, se recuerda a aquellos que sucumbieron entre las olas, víctimas de choques con escollos y pináculos, lucha de cuerpos que marcharon en son de paz frente a máquinas que marcharon en son de guerra.

Por las calles, carreteras, trochas, caminos y senderos del país, la multitud avanza contra la corriente que desea tragárselos de nuevo. Esta vez hacen sentir sus gritos y cánticos, y abandonan el estatismo de la profundidad y la contradicción de la superficie. En esta tierra, Colombia, se protesta por el eterno movimiento de las convicciones.


Referencias

Eurípides. (2019). “Medea”. En Esquilo, Sófocles y Eurípides. Obras completas. Ed. Cátedra. 260-288.

Petronio. (2018). El Satiricón. Ed. Gredos

Platón. (2007). Diálogos II. Gorgias. Menéxeno. Eutidemo. Menón. Crátilo. Ed. Gredos. 339-461.

Ulmer, E., Laemmle, C & Asher, E. (1934). The Black Cat. Estados Unidos: Universal Pictures.


[1] Si de algo es testigo la mitología griega, es de la hermosa coincidencia entre los nombres de las divinidades y sus cualidades, acciones y pensamientos. No en vano, Sócrates hizo su mayor esfuerzo por explicar a Hermógenes los nombres de los dioses por la naturaleza de sus atributos (Crátilo, 396a).

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La última marcha

Yeison Montoya Vanegas
[email protected]
Administrador Publico

Arengas vienen, arengas van.
En el aire, olor a ira, decisión y libertad,
gritos de júbilo y excitación en el ambiente.
Jóvenes, adultos y viejos
marchan al unísono de la protesta.

Allí no importa credo, color o profesión.
El cielo parece unirse a la fiesta y las nubes se tornan oscuras.
Con determinación todos avanzan y bailan
cual canción de emancipación.
Por la calzada de la calle principal aparecen ellos,
Cual figura de reprensión.

Defienden su gobierno
excusan al traidor a fuerza de ser esclavos.
Ellos, los del pueblo, van avanzando con más ímpetu que miedo,
el sonido de las voces se entreteje entre tambores y silbatos.

Suena una radio, es uno de ellos
y, al otro lado, una voz que dice “en marcha”.
Todo es confusión,
ahora las piedras vuelan como pájaros
y los estruendosos cañones hacen presencia.
Ellos, los del uniforme, sacan sus bolillos
he intentan frenar el río de gente,
el raudal de sueños y el sabor al cambio.

Hay ruido y desesperación,
unos corren;
otros, los más valientes, se unen de las manos
y avanzan hacia lo incierto.

Hay pavor, hay llanto, hay caos…
Sangre aquí y allá.
Se hieren unos a otros y los verdaderos culpables
yacen lozanos y sonrientes en sus mansiones y palacios
fingiendo indignación.

Ahora hay bombas y metrallas,
hasta el sol se escondió.
Hay una pausa seguida de un millón de segundos.
De lado y lado la fuerza se acabó.
¿Qué fue lo que pasó?
Todos se miran con angustia y resignación.
Entre tanto alboroto y desasosiego
lo único que distinguen fue a la mujer que cayó.

Ella era una líder que su comunidad nombró.
Destacaba, por su discurso, honestidad y proyección.
Cayó, cayó, una bala hizo nido en su pecho y jamás respiró.

Hoy en día solo se escucha el llanto de una madre
que clama sin rencor
exige por la justicia y la transformación.
Quizás no la de los hombres
tal vez sí por la de Dios.

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De la indiferencia a la acción

Camilo Ospina Patiño
Estudiante de la Licenciatura en Lenguas Modernas
Séptimo semestre
Universidad de Caldas

El teatro de la vida: el espectáculo y la realidad

En Colombia, el teatro de la vida se torna cada día en una tragicomedia absurda. Los ricos cada vez más y más ricos, más opulentos, llenos de propiedades, privilegios y cabezas de ganado. Mientras que la clase media lucha para no descender en el escalafón del progreso socioeconómico, se ahoga entre préstamos bancarios, servicios al alza y la carencia del fin de mes. Los pobres, más y más pobres, se arrastran entre el fango de la violencia y la desigualdad; la apatía y el olvido de sus compatriotas.

El cinismo y la corrupción son el pan de cada día, ¿en qué otro país los mal llamados “representantes del pueblo” interpretan tan cómicas y perversas actuaciones? En Colombia, los payasos no se limitan a dormir y vociferar barbaridades en plenarias del Senado; y, mucho menos, escatiman en costosos esquemas de seguridad y sueldos exorbitantes que pagamos con nuestros impuestos. Aquí el espectáculo no es de los payasos, sino de los espectadores, pues los primeros, entre risas y decretos a puerta cerrada, ponen a su audiencia vestidos coloridos, narices rojas y pomposos Cocacolos; mientras hacen sus juegos de naipes y, entonces, inocentemente despreocupados, reímos a carcajadas, ya coloridos, ya risueños, mientras nos avientan un pastel de mierda en la cara. ¡Pero no importa! Seguimos riendo, con los rostros y las sonrisas cubiertas de inmundicia, seguimos riendo y solo nos queda comer resignados, pues al fin y al cabo mañana será otro día y hay que trabajar.

Lo trágico y lo cómico se bifurcan en la triste pasividad de los oprimidos y abnegados; en conciencias alienadas en la labor diaria, en las oficinas y el transporte público; en las placenteras comodidades de opiniones fuera de contexto, de inválidos indignados tras pantallas y botones de compartir; en el miedo a tomar partido en acciones reales y concretas.

La moral de los bien pensantes

“[…] los nueve o diez cristianos a pies y puño limpio
haciéndonos sangrar con los símbolos de amor y paz
sobre sus pechos desalmados”.

El Relevo, Gioconda Belli

A menudo las comodidades y las atenciones hacen de la empatía algo abstracto y desconocido. Mientras para algunos no existan preocupaciones por la subsistencia diaria, poco importan las necesidades del prójimo, más allá de los ruegos por monedas o limosnas. Allí, en la cumbre de los lujos, se erige una cruz de apatía y se crucifica al desfavorecido. Estos pobres vergonzantes, camanduleros sin grandes riquezas pero llenos de odio y desprecio hacia los pobres, deben al banco sus viviendas y automóviles, y hasta dejan de comer por darse un “gustico” con el cual ostentar y aparentar el éxito resultado del trabajo duro y las oraciones.

Las falsas conciencias dividen y atomizan a nuestra ya fragmentada sociedad. Las ideologías recalcitrantes de la oligarquía colombiana han predicado los buenos y sagrados valores de la civilización cristiana, evangélica o católica, o cualesquiera de esos credos bastardos que predican el amor de Dios y para Dios, mientras aplican el odio y la más grande de las hipocresías. Pues, al fin y al cabo, la culpa y el perdón de los pecados se pagan yendo a misa, aportando un diezmo o confesándose con la autoridad terrena de un dios muerto. La fe y el miedo financian campañas políticas y grupos armados y, entre tanto, se llenan los hocicos recitando sus salmos favoritos, cantando, bailando y regocijándose bajo un halo de superioridad moral. 

El nuevo ídolo o Estado, baluarte de tan buenos valores, conserva en su interior la moral servil de credos inoficiosos para añadir los preceptos de “seguridad,  democracia y orden”. ¡Claro! Como todos aquellos dogmas, su naturaleza transaccional, ahora encarnada en las buenas acciones, y la defensa de la propiedad autorizan a los autodenominados “colombianos de bien”1 a defender su derecho sagrado a la violencia, la censura y a la supresión de todo lo que amenace sus privilegios y su buen gusto, pues no hay beneficio sin inversión tanto en la tierra como en el cielo. Amén.

Política de Estado

“Si la democracia es el gobierno de las mayorías,
¿cómo es posible que las mayorías estén desprotegidas
y se encuentren en la pobreza o en la miseria?”

Carlos Gaviria Díaz

En Colombia, lo más equitativo es la injusticia y mansamente aceptamos tan buena repartición de los buenos valores y deseos de los poderosos. En este país, conceptos como: equidad, libertad, dignidad y paz —tan bellos sobre un trozo de papel o pronunciados en un discurso político— están vacíos, no son más que cascarones rotos, sin significado o pretensiones que vayan más allá de cualquier campaña política de turno. 

En Colombia, la violencia es la ley y el Estado no es civil, sino más bien de naturaleza. El monopolio de la fuerza y la violencia lo ejerce todo aquel que posea los medios físicos, simbólicos o espirituales para coartar las ya reducidas libertades de un pueblo arrodillado en busca de lo que le queda de dignidad; agobiado por las armas legítimas como ilegítimas; preso de la incertidumbre y el terror. 

En esta esquina de América Latina, la actitud servil de nuestros gobiernos siempre ha complacido las razones e intereses imperiales del gran capital. Como decía el profeta de la Nada: “Ellos son poderosos porque nos han robado nuestra fuerza” (Arango, 1964, p. 42). Nos la roban y nos la seguirán robando, pues claudicamos sin siquiera luchar o ser conscientes de lo que está en juego; agachamos la cabeza; y asentimos sin revirar, mientras atendemos la masacre del pueblo y los páramos, a la ley del más fuerte. El triste dilema de un porvenir igual de trágico, cómico y absurdo.

Colombia ha sido la tierra del despojo. Aquí la propiedad es de quien la reclama a la fuerza y con las armas; de las multinacionales que saquean nuestra tierra y compran sus derechos de extracción a los bandidos que defienden su idea de progreso y patriotismo.Aquellos que se hacen llamar “patriotas” y se alzan en armas para defender al país del vandalismo, el terrorismo o el comunismo, entre otras artimañas discursivas que buscan deslegitimar y negar la lucha y las exigencias de un pueblo cansado de tanta infamia. 

¡Ay! Todo esto en nombre del orden y de un Dios amoroso y todopoderoso, pues ven en sus fúsiles crucifijos, en las camándulas látigos justicieros y en el agua bendita la sangre de sus detractores. La sangre y el plomo siempre han sido sus mejores argumentos mientras leen la biblia antes de cortar una cabeza o empalar a una mujer. 

¡Ah! Ni qué decir de aquellos otros que se abanderaban en un principio revolucionario bajo la máxima de los oprimidos y explotados, para, finalmente, terminar al igual que sus contrapartes: prolongado el conflicto, luchando por lo verdaderamente sacro en el país del polvo de ángel, negocio nefasto que satisface las narices entrometidas y ansiosas de los norteamericanos; mientras aquí la gente es desplazada, amenazada y asesinada por complacer sus vicios y excentricidades primermundistas.

Colombia es un narco-estado paramilitar. Los que llegan al poder tienen como único fin mantener los negocios ilícitos y las grandes fortunas de una clase de hampones que vieron sus mezquinas oportunidades en los cargos públicos del gobierno nacional y contratan esbirros para defender, a capa y espada, tan glorioso y noble emprendimiento.

Terror de Estado 

La farsa de los medios, las décadas de atropello, los grupos armados, la mofa de los poderosos, el hambre, la pobreza y el abandono del Estado; penurias que por muchos y largos años padecieron los campesinos y todos los excluidos. Hoy todos estos males y amenazas se muestran como una realidad agobiante para las clases medias y bajas de las ciudades que, muchas veces, ven frente a sus casas como golpean, secuestran y hasta matan a los que alzan la voz en contra de la infamia. 

Las medidas económicas, sociales y políticas regresivas del gobierno de Iván Duque Márquez, cabeza oficial y visible de una clase dirigente plagada mafiosos, han acabado con la mansedumbre del pueblo. Las calles se llenan con las voces y los reclamos de una generación que reconoce la perdición de su futuro en el desempleo, la inequidad y la violencia.

El derecho a la protesta pacífica está consagrado en el artículo 37 de nuestra constitución política y, como tal, debería ser respetado. Pero, ¿acaso en un país donde los derechos humanos son tan insignificantes como las necesidades y penurias de un pueblo, puede la constitución ser respetada? La respuesta, tristemente, es obvia: no. Y no es simple y llanamente una negativa por las vías diplomáticas, sino una respuesta que se materializa en la estigmatización de los protestantes como vándalos o terroristas; en la infiltración y sabotaje de la fuerza pública a las manifestaciones; y en el repugnante abuso de la fuerza.

Ante esto, la respuesta del gobierno y la Policía Nacional se reduce al despliegue de su lóbrego escuadrón de la muerte. Estos salen en supuesta defensa de las instituciones y del orden establecido, cuando todos conocemos su naturaleza depravada, una que obedece las órdenes de un psicópata genocida desde sus extensos aposentos. 

La incapacidad de nuestros gobernantes por aceptar la realidad de la situación y las demandas que se alzan nos ha traído a un punto ciego donde las partes no encuentran consenso; lo que prolonga el Paro nacional y, con este, la indignación popular y la represión estatal desmedida. Mientras el gobierno se abstiene de resolver la situación por medio del diálogo y los manifestantes reciben la estigmatización de la causa, además de burlas a la inteligencia y al sentido común.

Sublevación popular

“[…] el chasquido del látigo sólo puede
rubricar el silencio de los inconscientes
o de los cobardes”
2

La razón ilumina la consciencia y la injusticia, en algún momento, la exhorta a la acción. El desempleo, el hambre, la miseria, la desaparición forzada, la violación, la tortura, el asesinato y la impunidad son los crímenes ingentes en contra del pueblo que rebozan la copa de los oprimidos y enardece el espíritu popular en contra de las injusticias. Los bienes públicos, cosas materiales sin sueños ni aspiraciones, jamás se podrán equiparar en valor a una vida perdida a manos de quienes juraron protegernos y resguardarnos. 

El tiempo corre y el odio, tal como el amor, se gesta en lo profundo del alma, ambos tienen en común la vehemencia en su manifestación por los y las que ofrecen sus ojos a cambio de sus derechos; por los señalados de vandalismo o terrorismo; por las abusadas como botín de guerra y lamentable ejemplo de impunidad; por los desaparecidos que hoy flotan inertes, como balsas para los gallinazos sobre el río Cauca; por los masacrados en las últimas semanas de protestas en el seno de la supuesta democracia más antigua de Latinoamérica; por todos ellos, los que fueron, los que son y los que tristemente serán víctimas de la incapacidad de un Estado por garantizar y cumplir su rol fundamental. 

Por todo lo acaecido en la historia reciente de nuestro país las calles hoy gritan: ¡BASTA!

Protagonismo de novela

El Comité de Paro —conformado por los diferentes gremios, sindicatos y organizaciones— ha perdido la confianza del pueblo. Los políticos de la Coalición de la Esperanza, en un lamentable intento por abanderarse de la lucha popular, ganaron el repudio de los manifestantes, pues el descontento es general y no tiene bandera ni partido político: “Quienes se dicen representantes de la voluntad nacional son para las grandes mayorías de la población personas indignas de confianza, meros negociantes, vividores que no se identifican con su país y que no buscan su grandeza” (Ospina, 1997, p. 14). 

Lo que ocurre en Colombia es la afirmación de la voluntad del pueblo que ejerce su soberanía a pesar de la represión y la violencia. Tristemente, la política del espectáculo da cabida a personajes nefastos en busca de protagonismo y electores incautos en aras al 2022.

Todos aquellos oportunistas que hacen acuerdos con el gobierno que asesina impune en las calles, adalides autoproclamados sedientos de subrepticios privilegios, deben entender que han hecho un daño irreparable. Mientras el gobierno siga dilatando el diálogo y la negociación, y las calles se sigan llenando de sangre, el Paro habrá de continuar. 

Las demandas del pueblo deben ser representadas por el pueblo mismo; pues solo ellos viven en carne propia las dificultades de sobrevivir en este país y solo ellos deben pensar y expresar sus exigencias, y estas deben ser escuchadas y respetadas.

13 de junio 2021


1 También “persona de bien”. Es una expresión utilizada por un sector de la población para autocalificarse como buenos ciudadanos, a saber, personas que practican los buenos valores: ser creyente, respetuosa de la ley, compasiva, trabajadora y humilde, etc…
Actualmente, dichas expresiones han adquirido una connotación contraria o negativa. Así, “Colombiano de bien” o “persona de bien”, suele ser referida por otros sectores de la población, de forma irónica e incluso peyorativa para resaltar todos aquellos valores ausentes en las personas que se autodenominan de tal modo.

2 Enrique F. Barros, Horacio Valdés, Ismael C. Bordabehere, presidente. Gurmensindo Sayago, Alfredo Castellanos, Luis M. Méndez, Jorge L. Bazante, Ceferino Garzón Maceda, Julio Molina, Carlos Suárez Pinto, Emilio R. Biagosch, Angel J. Nigro, Natalio J. Saibene, Antonio Medina Allende, Ernesto Garzón. 1928, “Manifiesto Limiar – La juventud argentina de Córdoba a los hombres libres de Sud AméricaManifiesto de la Federación Universitaria de Córdoba”. Córdoba, Argentina. Universidad Nacional de Córdoba. Campus Virtual: https://www.unc.edu.ar/sobre-la-unc/manifiesto-liminar.


Referencias

Arango, Gonzalo. (1964). “El sermón atómico”. En: Obra Negra. Buenos Aires, Argentina: Carlos Lohlé. S. A. I. C.

Constitución política de Colombia. (1991). Colombia.

Ospina, William. (1997). ¿Dónde está la franja amarilla?. Santa Fe de Bogotá, Colombia: Editorial Norma S.A.

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Sueños de una mente utópica sin retorno: ¡no queremos guerra, queremos paz!

Dina Patricia Jaraba Maldonado
[email protected]

Paz, palabra tan diminuta, pero grande en sentido. Por ella muchos seres humanos han emprendido grandes aventuras y guerras, tratan de buscarla en un orden de cosas existentes o por existir, en lugares que potencialicen nuestra imaginación narrativa o en personas que nos amen. 

En este momento tan crucial para el país, nos debatimos aún si queremos seguir con las cadenas y herencias que dejó un gobierno colonial de siete siglos atrás, aunque esto implique asumir actualmente el costos o el manejos de corrupción y de grandes mafias que se quedan con la renta del país; o si se sale a la calle a protestar, mientras personas de instituciones que deben cumplir una función social —como es la de proteger a la ciudadanía y salvaguardar vidas— se dedican a generar escenarios de muerte y desolación en una conciencia colectiva.

En otras palabras, actúan con dolo para amedrentar a la ciudadanía con actos vandálicos, pues se sabe que hay infiltrados en las protestas que pueden ser policías disfrazados como ciudadanos o puede que sean vándalos pertenecientes a cualquier grupo delictivo que masacra mujeres, niños y niñas, jóvenes y estudiantes, y demás comunidades indígenas y raizales.

Estaremos de acuerdo en que la realidad que nos quiere pintar el gobierno y sus instituciones no se desdibuja ni siquiera por una doble moral, sino por la banalidad misma de su actuar que haciéndose pasar por “acciones legítimas y necesarias”, debido a que vienen de una fuente “legal” como son los uniformados de la Policía, el Escuadrón Móvil Antidisturbios [ESMAD]; además, se intuye la intención de generar caos para justificar un nuevo “orden de gobierno”. Entre varios de sus métodos —aparte del uso coercitivo e irracional de las fuerzas públicas—, se sustentan en el uso indiscriminado de los medios de comunicación, por medio de los cuales proliferan la creencia de que “los pobres son pobres porque quieren”, “hay que producir y no parar”, “los que piensan diferente son unos vándalos o reaccionarios”, etc.

No obstante, la subdermis del conflicto que ha diezmado la vida de muchos ciudadanos en el país tiene que ver siempre con un conflicto de intereses políticos, económicos y territoriales. Así pues, yo me cuestiono: ¿cómo se dimensiona el poder desde lo local, es decir, desde los municipios y poblados de las cinco regiones del país que han sido golpeadas por el conflicto?, ¿cómo ha sido el acto del poder de unos sobre otros?, ¿cómo educarnos y sensibilizarnos para una cultura de paz en un país tan territorializado por la violencia como Colombia? Y, entonces, ¿cómo podemos concebir la paz? 

Con tan solo una de tantos sueños que tengo, expresaré que sueño con que exploremos la paz desde nuestra cotidianidad, empezando por reconocer nuestros deberes para asumir con plena confianza y libertad nuestros derechos. Por ejemplo, comenzar por no tirar basura en la calle, dejar que los niños y niñas dibujen sus propios sueños o no imponer métodos de cómo adquirir un saber sobre algo. 

Sueño con un país en el que todos seamos capaces de recorrer nuestro territorio sin que nos sintamos temerosos por nuestra vida y organizarnos para trabajar en conjunto, con aquellas comunidades sociales, indígenas y raizales despojados de sus localidades.

Sueño con que nuestra lucha diaria esté encaminada a vencernos muchas veces a nosotros mismos; para escuchar y desarrollar nuestra inteligencia emocional y espiritual; para escuchar al otro, contrariamente a la capacidad de callar al otro, que ha sido una manera de nominar a otros sujetos categóricamente hacia un encubrimiento total de sus facultades como individuos y colectivos sociales, culturales y políticos. 

Sueño con una cultura de paz en la que nosotros, como jóvenes, y las generaciones que vengan no solo luchen y marchen por sus derechos, sino que efectivamente vivan esos derechos, sin tener que ponernos como ofrendas de sacrificios y como sujetos-objetos mártires en medio de una guerra de élites.

Sueño con que valoremos nuestras emociones y razón de ser, dándonos la posibilidad de aprender del prójimo; lo que implica el hecho de cooperar para tener acceso a los mismos recursos.

Sueño con que vivamos la paz aprendiendo de la lengua de nuestros aborígenes y creando pedagogía de libertad con ellos. Sueño con que no nos miremos desde una postura ideológica específica, para luego sentirnos desplazados en nuestro propio país. 

En conclusión, la paz, hermanas y hermanos de lucha, es armarnos de valentía para llevar la universalidad de cada saber y de nuestras experiencias en las universidades a los rincones de cada país. 

Es leerle un cuento o contarle una anécdota a un niño, niña, joven o adulto no conocido para nosotros, para que aprendan ellos mismos a narrar y a vivir una vida distinta a la de estar, por ejemplo, enajenados por la compra de votos para elecciones y el tráfico y cultivo de drogas o desplazados de los territorios que por derecho nos pertenecen, el secuestro y masacres por la expropiación de tierras; y lo peor, alienar la mente de niños y niñas al uso de armas por temor a que estos o su familia sean asesinados. Y luego llegar al punto de preguntarnos: ¿cuántas vidas más tienen que ser diezmadas para armar una lucha justa frente aquellos que han sorteado la vida de muchos colombianos a causa de la corrupción de su alma?

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Editoriales | Paro Nacional

Realidad latinoamericana en el cine

Reseña de la película Amanecer Rojo (1989)

Juan Sebastian Rosas Rubio
[email protected]
Estudiante de Profesional en Filosofía y Letras
Universidad De Caldas

Para iniciar el análisis de esta película quisiera destacar la razón por la cual la hago:, el hecho de que por medio del cine se pueden contar historias que marcan y cambian vidas, pues este es un medio para aprender  y concienciar a los demás. Es importante tener en cuenta lo que un gran medio audiovisual puede hacer, cómo se puede transmitir una historia con imágenes que se quedarán en nuestra memoria y que probablemente también nos permitan sentirnos identificados con lo que se narra y se muestra. 

Rojo amanecer es una película mexicana del año 1989 en la que se narran los hechos ocurridos en la Plaza de las Tres Culturas (Tlatelolco) en Ciudad de México, los días dos y tres de octubre del año 1968. Está escrita por Guadalupe Ortega y Xavier Robles, y dirigida por Jorge Fons. Esta película independiente y clandestina tiene como argumento la masacre  realizada por la Policía y el Ejército contra los estudiantes, trabajadores y líderes sindicales, la cual ocurrió días antes de los Juegos Olímpicos en este país.

Colombia estuvo cerca de esto en el presente año al ser una de la sedes para la copa América, junto con Argentina. Afortunadamente la resistencia y el enfado del pueblo hicieron que este evento no se llevara a cabo. No obstante, las masacres, las desapariciones y la violencia en contra de los manifestantes —especialmente los jóvenes— aún continúa y se siente como si esto nunca fuese a parar; puesto que las miradas indiferentes de la gente en ocasiones prefieren observar un televisor en el que se transmite un partido que no solucionará ninguna problemática social en nuestro país que observar la represión y el daño que un gobierno comete en contra de aquellos que alzan su voz.

La película inicia en la mañana de ese 2 de octubre con un primer plano de un reloj, un elemento que nos acompañará durante toda la cinta y que será bastante importante para el desarrollo de la misma. El primer personaje que nos encontramos es con el abuelo de la familia, el señor Roque —interpretado por Jorge Fegan—, el padre de la matriarca del hogar. Este personaje es un hombre que prestó servicio militar en su juventud y que logró ascender al puesto de capitán. Claramente es un símbolo del conservatismo, un símbolo que nos es muy familiar, ya que todos tenemos a alguien así cerca: tíos, tías, abuelos o incluso nuestros padres. 

Poco a poco los integrantes de la familia se van despertando, entre esos la madre, Alicia —interpretada por María Rojo—, quien es la unión de la familia y con la que el espectador conectara más, pues será por medio de ella que veremos y escucharemos los diferentes puntos de vista de cada uno de los integrantes de la familia. A través de sus ojos vemos cómo se van dando poco a poco los acontecimientos de la película, dado que toda esta se desarrolla en el apartamento en el que viven.

Luego tenemos ante nosotros la figura del padre, Humberto —interpretado por Héctor Bonilla—, un hombre que trabaja para el Estado y está en un puesto relativamente privilegiado. Un padre que sabe que el gobierno para el que trabaja no se anda con rodeos y que no juega a la hora de decir y hacer las cosas, es por esta razón que les advierte a sus hijos que no sigan insistiendo en esos movimientos estudiantiles y de marchas. Este personaje no es del todo conservador, pero está resignado a aguantar al gobierno que se encuentra en el poder y para el cual trabaja. Un personaje que teme alzar su voz aunque no esté de acuerdo con todo porque sabe que los gobiernos autoritarios —como en el que nos encontramos en este momento en Colombia—, disfrazado de democracia, hacen cualquier cosa para callar a los inconformes. 

Seguido a este personaje, están los dos hijos mayores: Jorge y Sergio —interpretados por Demián Bichir y Bruno Bichir, respectivamente—, estudiantes universitarios que creen fielmente en el movimiento estudiantil y trabajador. Están inconformes con el gobierno de turno y marchan por una mejor calidad de vida, por la libertad y por la aparición de aquellos que no han vuelto a ver. Estos dos personajes son con los cuales podemos sentir una gran afinidad ahora mismo, debido a la posición en la que nos encontramos y a todo lo que sucede en nuestro país actualmente. Otros dos integrantes de la familia  representan, en cierto punto, la esperanza y  la inocencia:  Graciela y Carlitos —interpretados por Paloma Robles y Ademar Arau—, son los hijos menores, estudiantes de colegio y relevantes en esta historia en unos puntos álgidos.

Cada uno de los integrantes de la familia simbolizan algo, por medio de lo cual podemos ir viendo cómo se desarrolla este fatídico día grabado en la memoria de todos los mexicanos. Y, como si fuera poco, día que se repite constantemente en otros países y que pertenece ahora a una memoria colectiva. 

En la mañana, se reúne toda la familia para desayunar y, mientras lo hacen, escuchan las noticias en la radio. Están hablando sobre una marcha, la cual terminará en un mitin en la Plaza de las Tres Culturas;  además,  se menciona que los ciudadanos deben tener cuidado, pues las marchas pueden ser violentas. Las horas de la mañana son tranquilas para los integrantes de la familia y esa violencia de la que hablan en la radio parece alejada de ellos. Muchos sentimos eso cuando vemos o escuchamos las noticias, pero poco a poco nos damos cuenta que es una realidad que nos toca a todos.

Después de haber desayunado, cada uno de los integrantes de la familia se organiza para ir a realizar sus respectivos deberes: el padre a su trabajo; los hijos menores  a la escuela; los mayores a la universidad, luego a las marchas y posteriormente al mitin; y tanto la madre como el abuelo se quedaran en casa. El tiempo transcurre con normalidad, pero poco después se da la primera pincelada de represión y anomalía, la energía es quitada en todo el sector y, de esta manera, nadie puede oír la radio o ver televisión para saber lo que sucede. 

Todo gobierno represivo siempre busca silenciar a las personas desde las formas más sutiles, ahora nos toca ver cómo las redes sociales censuran o desaparecen las publicaciones de aquellas personas que tratan de mostrar la realidad de lo que se vive. Incluso “periodistas”, como Paola Ochoa, propusieron en nuestro país apagar el internet, esto, claro está, solo con el fin de silenciar al pueblo. Nada más autoritario y represivo que la censura.  

Tenemos leves primeros planos de los relojes de la casa, los cuales nos van acercando paulatinamente —con cada movimiento de sus manecillas— a lo que será un angustioso día. Los más jóvenes llegan a la casa después de haber estado en la escuela, el menor quiere jugar con su abuelo a los soldados y su hermana desea ir a casa de una amiga después de almorzar. El abuelo y el nieto salen al pasillo para hacerse en una pequeña terraza y jugar con los soldaditos del niño. 

Encontramos un primer plano de los juguetes formados y empuñando sus armas, y de repente un grupo de hombres de civil que están armados ingresan al lugar  en búsqueda de un lugar alto, uno de ellos porta  un rifle de francotirador. Estos hombres hacen parte del Batallón Olimpia y conforman un grupo de soldados vestidos de civil que iniciarán la masacre al lanzar unas bengalas de colores que serán la señal para que comiencen a acribillar a los manifestantes. Una estrategia bastante conocida en América Latina: policías y militares de civil que harán lo que quieran con sus armas y su poder.

El abuelo y su nieto vuelven a entrar al apartamento. Aunque la energía no ha vuelto, en ese momento entra una llamada, la madre contesta y es su esposo; él desea decirle algo, pero la voz se va disminuyendo poco a poco. Lo que la familia no conoce es que las líneas telefónicas de toda la ciudad han sido deshabilitadas. La madre, sin saber lo que sucede, envía a su hija a buscar un teléfono que funcione, pero esta vuelve intriga no solo porque ningún teléfono en toda el área no funciona, sino que también porque la cantidad de policías y ejército es inmensa. Vemos nuevamente un reloj, el día va avanzando y se acerca cada vez más la masacre. 

La niña sale de su hogar para dirigirse a la casa de una compañera de la escuela, tanto su madre como su abuelo le dan unos consejos. La tarde transcurre sin mucha novedad, el niño mira por la ventana la gran cantidad de gente que se encuentra en la Plaza de las Tres Culturas y escucha  una voz en unos parlantes que dice que el mitin ha finalizado y que es hora de que todos vuelvan a sus casas. Es en ese momento cuando una bengala de color rojo ilumina el cielo de la tarde y los militares comienzan a dispararles a los manifestantes, el niño ve con terror lo que pasa y llama a su madre, ella solo puede pensar en sus hijos. La masacre ha comenzado, la violencia de la cual hablaban en la radio y parecía lejana ahora se ha acercado un poco más a ellos. Tal como lo narra la antropóloga Margarita Nolasco:

De pronto llegó un carro militar y bajo un hombre vestido de civil que dijo:

– Soy del Batallón Olimpia, corran a esa gente vienen los demás. 

Entonces uno de los soldados ordenó:

– Se van de aquí inmediatamente.

– ¿Por qué nos tenemos que ir, si estamos en la calle?

Entonces nos apuntan con el rifle y nos dicen:

-Por esto. (Nolasco como se cita en Poniatowska, 1971)

El abuelo coge a su hija y a su nieto, y se los lleva al cuarto para que estén lejos de la ventana. Una bala entra a través de ella y queda incrustada en un retrato de Jesús, ni las figuras religiosas se libran de la barbarie. La madre, el abuelo y el niño esperan a que todo se calme, pero las cosas no parecen calmarse pronto. Son las 6 de la tarde y el abuelo enciende unas velas para iluminar el apartamento, después de esto decide ir a buscar a su nieta. La madre y el hijo se quedan en el cuarto del anciano esperando y rogando que no les pase nada a ninguno de sus familiares y es en ese momento que la puerta suena y entran al apartamento sus hijos acompañados de otros jóvenes, uno de ellos herido de gravedad. La sangre de los jóvenes se derrama primero, la sangre de aquellos que buscan el cambio.

Los disparos parecen cesar un poco y hay un poco de tranquilidad, dentro de lo posible. La madre atiende al joven herido —quien ha perdido a su hermana menor ahí afuera—, mientras los jóvenes se acomodan en el cuarto de los hermanos mayores. En ese instante, la energía vuelve, las luces se encienden y la puerta principal suena. Cuando la abren, encuentran al abuelo con su nieta, pero junto a ellos vienen dos militares y le solicitan al anciano que le presenten los papeles que confirmen que él fue militar. 

Los jóvenes están ocultos y guardando silencio, la madre busca estos papeles y luego se los lleva a su padre. Mientras lo hace, ve cómo afuera —en el pasillo— unos hombres de civil llevan a rastras a un profesor de matemáticas y a un estudiante, los golpean y los insultan; la violencia está ahora en la puerta de sus hogares. Los militares confirman que el anciano fue militar y se marchan del lugar. La violencia siempre termina llegando a las puertas de nuestros hogares, buscan falsos positivos para incrementar las estadísticas de los “delincuentes” y “terroristas” que capturaron en nombre de la represión gubernamental. 

El tiempo sigue transcurriendo y, en las horas de la noche, las líneas telefónicas son restablecidas, la madre decide preparar una comida para los jóvenes y el resto de la familia mientras esperan la llegada del padre. El ambiente es tenso y lleno de terror, el padre llega a casa y se ve aliviado, pero aún así acongojado por todo lo que tuvo que ver fuera del edificio donde viven. Les cuenta a todos cómo los militares llenaban dos camiones con cuerpos de persona y cómo los militares golpearon a un médico que les reclamaba, pues había encontrado a una anciana con una herida de bayoneta en la espalda.

Después de hablar un rato, deciden sentarse a escuchar las noticias y es en ese momento en el que confirman, aún más, la manera en que los medios están amangualados con el gobierno y sus fuerzas militares, en especial, cuando dicen que los manifestantes tenían francotiradores y estos iniciaron el fuego al atacar a las fuerzas policiales y militares, lo que dio pie al despliegue armado. Al oir esta afirmación, la indignación es grande y se refleja en el rostro de los jóvenes. 

Los gobiernos siempre compran a los grandes medios de comunicación para desinformar, tenemos a dos grandes ejemplos en la televisión de nuestro país y ni qué decir de los medios escritos. Nada como la infame imagen de las noticias de las 7:00 pm de RCN, diciéndole al pueblo que la multitudinaria marcha que se veía en Cali era porque celebraban y no porque protestaban a favor del Paro Nacional. Para eso están conformados esos medios: para mentir y tergiversar, ese es el famoso cuarto poder.

Después de esto deciden ir a descansar y planean cómo saldrán cuidadosamente en la mañana para volver a sus hogares. Parece que el horror ha acabado y que por fin podrán descansar. Transcurre la noche y llega la madrugada, y es en este momento que nos muestran una escena muy potente en la que una madre angustiada y sufriendo por su hijo recorre piso por piso el edificio de apartamentos, llama a su hijo desaparecido. Una escena fuerte y que no se aleja de la realidad latinoamericana y  de todo país que ha pasado por momentos iguales a estos. Los jóvenes alzan sus cabezas y escuchan a la mujer, después de esto vuelven a dormir. 

En la mañana, golpean la puerta, son tres hombres armados y vestidos de civil; ordenan que abran la puerta. Los padres se levantan, los jóvenes inmediatamente se esconden en el baño, los hijos mayores se quedan en su cuarto, el abuelo esconde al niño menor bajo la cama y la niña menor se queda en el cuarto de sus padres. Los hombres armados entran y amedrentan a toda la familia, no hay respeto de ninguna clase, el padre les advierte que es un trabajador del gobierno y como respuesta le amenazan con un arma, pues —en palabras de quien le amenaza— esa es la única influencia que vale en ese momento. 

Los jóvenes son descubiertos y es en este punto donde el título de la película cobra sentido, es en medio del amanecer que los jóvenes son ejecutados uno por uno. a madre, el padre y el abuelo, la niña y uno de sus hermanos mayores logran salir al pasillo, el otro hermano mayor es ejecutado en el apartamento. En el pasillo se escuchan varios tiros, luego solo queda silencio y despacio sale el niño menor de bajo de la cama. El niño llama a su mamá; sale del cuarto y los ve a todos muertos; camina descalzo sobre la sangre y los cadáveres; luego, en el pasillo fuera del apartamento, encuentra a su otro hermano mayor y a su hermanita ejecutados; llega a la última planta y ve a un soldado patrullando y a otro limpiando el suelo ensangrentado.E el niño se aleja, él sobrevivió esa mañana, pero su inocencia no.

Todos tenemos como referente a La Noche de los Lápices (1986), pero quería traer esta película que tal vez es poco conocida, pero que cuando la ves golpea con fuerza. Es inevitable sentirse identificado con los personajes y los sucesos acontecidos en aquel año son referentes que se deben tener en cuenta y que no se deben olvidar. El arte es un medio por el cual historias como estas siempre estarán ahí para permitirnos recordar; el arte nunca nos dejará olvidar; y, por esta, razón el arte se debe cuidar, porque es un testimonio para muchas personas y muchas generaciones que vendrán. 

Referentes

Fons, Jorge; Bonilla, Héctor & Trujillo, Valentín. (1989). Rojo amanecer. México: Cinematográfica Sol S.A.

Poniatowska, Elena. (1971). La Noche de Tlatelolco: Testimonios de historia oral. México: Ediciones Era.

Olivera, Héctor & Ayala, Fernando. (1986). La Noche de los Lápices. Argentina: Aries Cinematográfica Argentina Sociedad Anónima.

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Editoriales | Paro Nacional

Juventud soberana

Hernando Puccini Gaviria
[email protected]
Abogado
Universidad Libre

Temeraria y noble enfrentas
a otro eslabón en la cadena de opresión
del Estado sin razón
en ausencia de sinapsis
con el pérfido mentor.

Firme y serena
ante el anuncio sepulcral del arma yerta
arropada en banderas de añoranza
en colores de otras glorias y grandezas.

Del amarillo, conocimiento y riqueza
la otredad no conoció.
Soberanía gritada en calles y plazas
por almas en primavera

sacrificadas por el armamento traidor.

Del azul de los mares
en infinita comunión con el añil de los cielos,
morada de Maríaplagada en dolorosas oraciones
por los hijos abatidos en sangrientas represiones.

Del rojo, músculo etéreo del amor
motor del corazón.
Sangre india, insigne de respeto
ama del territorio por creación
sin misericordia y pudor.

Esclavo uniformado
de principios humanos olvidados
tu arma infiel no solo mata la flor
también la esperanza
de una madre
anidadas desde la bendita gestación.

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Encuadres de misoginia, machismo y desfachatez

Gabriela Arbeláez Rojas
[email protected]
Departamento de Matemáticas
Universidad del Cauca

“Oprimidos los hombres, es una tragedia. Oprimidas las mujeres, es tradición”.
Letty Cottin

Primera escena

El 12 de mayo, en horas de la noche, nos enteramos por las redes sociales del caso de dos mujeres jóvenes en Popayán que fueron violentadas sexualmente por parte de agentes del ESMAD. Una de ellas, una adolescente de 17 años, toma la decisión de quitarse la vida. 

Segunda escena

El 28 de mayo circula por redes sociales un video en donde un civil armado, de nombre Rafael Andrés Escobar, dispara a diestra y siniestra contra un grupo de manifestantes de Cali. 

Tercera escena

Por las redes sociales circula el video en donde efectivamente cuatro agentes del ESMAD ultrajan a la adolescente de 17 años.  Allí se ve como la arrastran y la tiran de brazos y piernas. n el audio escuchamos la palabra “idiota” que ella profiere con rabia al sentirse vilipendiada y sometida por estos cuatro sujetos (Diario AS Colombia, 14 de mayo de 2021).

Cuarta escena

Con tono efusivo y sin subtítulo adicional, El Tiempo (31 de mayo de 2021) en su edición virtual presenta al francotirador: “Él es Andrés Escobar, civil que aparece disparando en videos de Cali”.

Quinta escena

Circula por las redes sociales el chat donde la joven se pronuncia de manera desgarradora sobre el suceso que le acaba de ocurrir. En uno de sus apartes escribe: “[…] y solo porque estaba grabando me cogieron, en medio de eso me bajaron el pantalón y me manosearon hasta el alma” (Diario AS Colombia, 14 de mayo de 2021).

Sexta escena

En la edición virtual de El Tiempo aparece el video de Andrés Escobar donde se pone en el papel de víctima. Dice el redactor: “Escobar, en un video, se presenta como empresario y pide una disculpa por los hechos en la calle 16 con carrera 100: ‘Lo hago porque el camino no son las armas, no es una guerra civil. No es hacer una guerra de odio. He sido objeto de injurias, de múltiples amenazas. Me tildan de paramilitar, asesino y genocida. Las amenazas las han recibido mi familia, mis allegados, mis amigos’” (El Tiempo, 31 de mayo de 2021). 

Séptima escena:

El General Ricardo Alarcón se pronuncia de manera airada en los medios de comunicación y afirma categóricamente que la información suministrada a través las redes sociales sobre el caso de la violación y muerte de la menor por parte de agentes del Estado es, según sus palabras, “aparte de falsa, vil y ruin”. Afirma también que ella,la joven, fue entregada en óptimas condiciones a su abuela y remata diciendo: “en aras de garantizarle la tranquilidad a toda la población de Popayán, la Policía ha solicitado a través de la Fiscalía que, en el menor tiempo posible, el Instituto Nacional de Medicina Legal establezca la causa de la muerte” (El Espectador, 14 de mayo de 2021).

Octava escena

En la edición virtual de Blu Radio aparece la foto de Escobar en compañía de un youtuber de nombre Mateo Carvajal, posan cual machos cabríos y el segundo figura en la foto con el torso desnudo. El encabezado de la publicación dice mucho: “Andrés Escobar, el civil que disparó en Cali, explica relación con Mateo Carvajal y el Mindo”. Aquí si aparece un subtítulo: “Él tiene que asumir la consecuencia”, dijo por su parte Mateo Carvajal en un video” (Blu Radio, 31 de mayo de 2021).

Novena escena

Se escuchan otros pronunciamientos en distintos medios de comunicación con respecto al caso. En la página virtual de INFOBAE aparece la siguiente afirmacióni: “de acuerdo con profesionales consultados por el periódico El Tiempo, entre ellos el abogado Camilo Burbano, es complejo llegar a una conclusión respecto a la relación de presunto abuso sexual con la ejecución del suicidio de la menor, pues los exámenes, en principio, solo responderían por abuso, hay un delito que es la inducción o la ayuda al suicidio, pero tiene que haber una inducción directa, es decir, con el dolo de que tú te suicides, te llevo a hacerte la idea del suicidio. En este caso es muy difícil que esto haya sucedido, claramente ellos podrían ser causantes del suicidio desde el punto causal, pero no son causantes del suicido desde el punto de vista normativo” (Infobae, 16 de mayo  de 2021).  

Décima escena

En el programa Mañanas Blu con Néstor Morales,  el 31 de mayo se le hace una entrevista a Escobar en la que se le ofrece un amplio espacio para que justifique su actuación de paramilitar o de Rambo —como allí mismo le dicen—. En uno de los apartes, el entrevistador le pregunta en tono conmiserativo: “¿qué fue lo que le dijo esa persona que lo hirió tanto?”, aquí se refiere a Beto Coral, quien tuvo la “osadía” de denunciarlo en los medios (Mañanas Blu con Nestor Morales, 31 de mayo). 

Epílogo

Afortunadamente muchas voces disonantes se están escuchando en ambos casos. Solo quiero mencionar el papel de la abogada Lizeth Montero, quien con fuerza y vehemencia ha insistido en sacar a la luz pública este hecho de violencia sexual y muerte.  Esperemos que algún día se logre hacer justicia. Sin embargo, quisiera dejar sobre el tapete unas preguntas:

  1. General Ricardo Alarcón: ¿ verdaderamente cree que, en la causa del suicidio de la chica de 17 años, lo principal es el dictamen de medicina legal?, ¿qué es lo que pretende demostrar?, ¿acaso, en aras de limpiar la imagen de su institución, pretende dar a entender que la violencia sexual solo existe si hay penetración?
  2. Abogado Camilo Burbano: ¿me podría explicar, en términos castizos, qué significa aquello de que “ellos podrían ser causantes del suicidio desde el punto causal, pero no son causantes del suicido desde el punto de vista normativo” (Infobae, 16 de mayo  de 2021)? Infórmeme si lo que quiere decir es que habría que exonerar a la fuerza pública porque la víctima no lo aclaró explícitamente antes del suicidio. 

Y, para el caso de Escobar, no hay preguntas, ¡todo está dicho!

Referentes

Diario AS Colombia. (14 de mayo de 2021).

Blue Radio. (31 de mayo de 2021). Andrés Escobar, el civil que disparó en Cali, explica relación con Mateo Carvajal y El Mindo. Recuperado de: https://www.bluradio.com/sociedad/andres-escobar-el-civil-que-disparo-en-cali-explica-relacion-con-mateo-carvajal-y-el-mindo

Blu Radio. (31 de mayo de  2021). Mañanas BLU, con Néstor Morales, programa completo. Recuperado de: https://www.bluradio.com/mananas-blu/31-de-mayo-mananas-blu-con-nestor-morales-programa-completo

El Espectador. (14 de mayo de 2021). “Es una noticia falsa”: Policía niega violencia sexual contra joven que se suicidó en Popayán y Fiscalía investiga. Recuperado de: https://www.elespectador.com/judicial/es-una-noticia-falsa-policia-niega-abuso-de-joven-detenida-en-popayan-y-fiscalia-investiga

El Tiempo. (31 de mayo de 2021). Él es Andrés Escobar, civil que aparece disparando en videos de Cali. Recuperado de: https://www.eltiempo.com/colombia/cali/andres-escobar-el-publicista-que-utilizo-armas-en-el-paro-del-sur-de-cali-59245

Infobae. (16 de mayo de 2021). Fiscalía y Medicina Legal ya investigan caso de la menor que se suicidó tras denuncias de abuso sexual de policías. Recuperado de: https://www.infobae.com/america/colombia/2021/05/16/fiscalia-y-medicina-legal-ya-investigan-caso-de-la-menor-que-se-suicido-tras-denuncias-de-abuso-sexual-de-policias/

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Editoriales | Paro Nacional

Noctívagos

Joal
[email protected]
Estudiante de Filosofía
Universidad Nacional Abierta y a Distancia

El día está despampanante, el primer rayo de luz se viste de sueños, los noctívagos por tocar a uno de ellos no descansan. Las golondrinas danzan y en el cielo se regocijan con los cantos de lucha y esperanza.
El sendero está húmedo, los charcos son testigos de las huellas que han dejado cuando corren porque la muerte ahora susurra en sus oídos.
La tarde se arropa con el frío, la lluvia en sus miradas se confunde con las lágrimas que sobre otros cuerpos han sido derramadas.
Han de vislumbrar por última vez el ocaso, ahora las tinieblas juegan a las escondidas por las calles y los disparos penetran los suspiros, se escucha el eco de los llantos.
La mujer tumbada en el lecho que la cubre de nostalgia, sus manos ensangrentadas y su corazón tan abatido. El maldito que apuntó a sus ojos, el clamor de un pueblo herido; “no hay perdón tampoco olvido”, que retumben nuestras voces y en el fuego renazcan los latidos.
El noctívago ondea la bandera mientras el viento solloza despavorido, la madre observa detrás de la ventana, pero aún no llega su hijo; se pregunta:  “¿por qué no desaparece la guerra?”. Pero allá afuera las gotas de lluvia se vuelven tormenta, su hijo está desaparecido.
Sus escudos están hechos de resistencia y valentía; sus armas de libros, arte, trozos de rebeldía y todo aquello que pueda derribar la tiranía.
Se enfrentan noctívagos contra la sevicia del tirano: ellos son quienes disparan balas, el país se desangra entre sus manos. A los estudiantes les arde el alma, nunca se rinden y aunque les llamen “vándalos”, todos sabemos quiénes son los villanos.
“Sí hay derechos, pero no humanos. ¡Resistencia, resistencia!”, vocifera el joven mientras camina desolado el anciano, llevando consigo el peso de los años aún anhela una guerra de dos cuerpos abrazados.
Hombres que se convierten en monstruos, en cazadores nocturnos, autoritarios y asesinos; otros con la mirada puesta en el horizonte, donde se refleja la tierra labrada por el campesino. ¿Cuál ha de ser nuestro destino?, si a la libertad la encadena la injusticia y esas tertulias en las que se sacian con sangre llevando a cabo planes cruentos y mezquinos.

¡Los noctívagos van por la victoria! No están vencidos porque en sus mochilas guardan folios que narran la historia; sus ojos nunca se apagan, si en estos se retrata la memoria.
Líderes sociales muertos a manos de quien mueve los hilos de nuevos títeres; ¿a qué democracia te refieres?, si las voces retumban en el silencio que tanto hiere.
Y si todo lo anterior también a ti te duele, entonces no permitas que la indiferencia haga hueco en tu interior y se convierta en otro centro de tortura. Esculpe la belleza de Colombia en una pintura y si esta lectura sensibilizó tu postura, declama sin censura “¡Mi pueblo significa lucha contra la barbarie y la dictadura!”.

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Editoriales | Paro Nacional

Dinámicas públicas de la protesta: un breve análisis de la movilización social

Laura Isabel Cepeda Chala
[email protected]
Estudiante de Ciencia Política
Séptimo semestre
Universidad el Bosque

El Paro Nacional en Colombia ha presentado un estallido socio-político sin precedentes que ha estremecido a todo el país. Esta situación nos convoca como jóvenes a ser críticos y analizar qué está pasando con los diferentes sectores de la sociedad; ¿por qué alegan quienes expresan no estar de acuerdo con el Paro, ¿porqué un grupo de jóvenes decide salir a marchar y más aún, ¿cómo están evaluando la situación quienes toman las decisiones en el país? 

En medio de una efervescencia social frente al descontento con el gobierno de turno —y con gobiernos anteriores—, se observan conductas de ciertos grupos que se autodenominan “ciudadanos de bien”, que terminaron replicando actitudes de colonizadores de este país. Expresiones como “¿qué hacen los indígenas en la ciudad?” y denominaciones de algunos medios locales que hacen una insólita distinción entre ciudadanos e indígenas de una manera despótica y hasta vergonzosa pensando en la raíces de nuestra población; ¿los indígenas no son ciudadanos colombianos? 

Sin duda alguna hace reflexionar sobre qué está pasando en el entramado social, que como se ha observado, sigue siendo en algunas generaciones clasista, racista, homofóbico, patriarcal. El derecho a la ciudad (en tanto a la protesta y toma de las calles) es para todos los colombianos, y es por ello que deja en entredicho la posición del gobierno al decir que los indígenas deben volver a su “habitad” ¿es que son animales? Es una posición en la que se deshumanizan grupos que por décadas han sido vulnerados e invisibilizados en cuanto a sus derechos civiles. 

Se evidencia una intención por parte de los tomadores de decisión en el gobierno en cuanto a desterritorializar y al mismo tiempo territorializar espacios para la protesta social; Recordemos, primero, que el concepto de desterritorialización hace referencia a las actuaciones por parte de un grupo —en este caso gobernantes y fuerza pública—, que atenta y vulnera la autonomía de los actores locales y de su posibilidad de desarrollo de lógicas de acción colectivas. En otras palabras, desterritorialización puede ser la dinámica que se evidencia en estos días, donde las protestas pacíficas son intervenidas por la fuerza pública y no las dejan desarrollar como un derecho al espacio público, al barrio, a la localidad y a la comunidad. Es allí donde se atenta contra la autonomía de un grupo que se ha apropiado de su espacio por una causa; se vulnera el lugar que se ha construido como territorialidad, en el que se convive diariamente y tiene ya unas dinámicas, unas relaciones establecidas y en dónde hay una estructura social que se quiere desterritorializar.

Ahora bien, existen muchas formas de desterritorializar a un grupo de personas, históricamente se ha hecho con la guerra o incluso con el lenguaje. Para nuestro contexto, basta recordar la idea del actual Ministro de Defensa, Diego Molano sobre construir un “protestodromo” para no irrumpir la cotidianidad de los espacios públicos en la ciudad. Es el mismo discurso -refiriéndonos al lenguaje- que utilizan quienes no están de acuerdo con el Paro, al expresar posiciones como “yo no paro, yo produzco” o “el que es pobre es pobre porque quiere” incluso al referirse a los manifestantes como “vándalos, desocupados”. ¿Garantiza verdaderamente el derecho a la movilización y al descontento social? Es la misma dinámica que se revela tras relegar a los indígenas a un solo espacio y que protesten allí, en sus hábitats.

El gobierno tiene una clara intención de territorializar la movilización en un solo espacio, es decir que vivan la dinámicas y flujos sociales en el lugar en que ellos deciden que se debe protestar, para tratar de hacer ver a organismos internacionales que aquí se garantiza el derecho a la movilización. Y desterritorializar los flujos en las ciudades para que los ciudadanos de bien vivan tranquilamente y puedan trabajar. Con ello me refiero al hecho de que se segrega toda una ciudadanía que está en desacuerdo con el gobierno a movilizarse en un lugar ajeno a sus vidas cotidianas y hasta prohibir esta movilización porque atenta contra una minoría que defiende el gobierno de turno, y la tradición política del país, en tanto no tienen “paz”. Ahora bien, el gobierno no está entendiendo cuáles son las demandas de la movilización. Sí, en plural porque son muchas. Esta movilización ha unido -gracias a Duque- varios sectores como estudiantes, mujeres, indígenas, maestros, trabajadores, sector salud, campesinos y demás; y las demandas son múltiples a pesar de que el estallido surge a partir de la intención de tumbar una nefasta reforma tributaria. Sin embargo, es el gobierno quien termina legitimando esas demandas, son las instituciones que determinan qué es y que no es una demanda ciudadana. Esto también configura una forma de desterritorialización al decidir qué temas se van a tratar en la agenda pública, sin mencionar que el comité del Paro tampoco está representando todos estos grupos poblacionales.

Es importante mencionar que existe en general un descontento que venía desde 2013 con el Paro de camioneros y que se fue acumulando hasta que termina revelándose en este estallido actual. Eso significa que las demandas no han sido respondidas de manera efectiva por los anteriores gobiernos, por el contrario, hoy hay más pobreza que nunca y con ello falta de oportunidades tanto en educación como en empleo agravado sin duda por la pandemia. Hay desesperanza en los jóvenes; hay rabia ante el abuso policial, específicamente a los cuerpos de las mujeres y población transgénero, hay indignación por parte de los trabajadores al no tener condiciones laborales justas, hay frustración ante el sistema económico neoliberal que ha acabado con el campesinado colombiano; ya todos estamos cansados de la guerra y listo para seguir en pié de lucha porque no tenemos nada que perder.

En conclusión, no solo es el gobierno de turno, sino todos los gobiernos narcoterroristas que ha tenido el país, que han luchado por mantener un status quo con una misma fórmula de populismo y discurso de masas; que en la práctica solo beneficia una minoría dueña de los medios de producción en el país. Esta efervescencia social está demostrando que las nuevas generaciones ya no están creyendo el discurso de siempre, ese que alega la necesidad de una doctrina de seguridad nacional porque hay un enemigo interno común: el que tiene una alternativa política diferente a la tradicional o algo más actual como el “castrochavismo”1 o incluso la amenaza de “nos vamos a volver como Venezuela”.

 Esta generación no come cuento, no quiere más guerra, quiere un cambio. Y ese cambio comienza desde la institución de la familia, nosotros debemos educar a nuestras familias, descodificar esas costumbres e ideas que han acabado con este país. Hay que eliminar la “normalización” que el Estado ha impuesto, no es normal para nuestra generación que las fuerzas militares masacren, que un grupo de civiles con índole de superioridad dispare a nuestros indigenas, que siga presente el patriarcado heterosexual. ¡Basta ya!


1  Concepto adoptado durante las campañas presidenciales de Colombia para 2018, se refiere a las políticas sociales y económicas de Castro en Cuba y de Chávez en Venezuela. Generalmente, es utilizado para sembrar terror sobre el socialismo y lo que ha acontecido socialmente en los países mencionados, especialmente en Venezuela.