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Editoriales | Agosto

Confesión nonata

Luisa Fernanda Jaramillo Jaramillo
[email protected]
Estudiante de Sociología

Samuel, hasta el día de hoy me sentí verdaderamente alegre con tu muerte, pues me parecía un jolgorio digno de ser cantado: ¡mi hermano ha muerto! Ya me liberé de la culpa y del juicio condenatorio de mi conciencia, ese que me persiguió durante lóbregos años haciéndome ver como una personificación de Caín. También me liberé de las palabras, de las voces repetidas en esta cueva ósea y del ejército que se agitaba adentro. Pero hoy, al recordar tu muerte, el llanto me revienta los ojos.

Verás, la cosa va así: cuando mamá me anunció, sentada en el borde de la cama, que ibas a irrumpir en la tranquilidad aparente de mi hogar, fruncí el ceño, la miré con una rabia infantil pero segura y le pregunté: «¿por qué no abortas?». Te imaginarás lo que esa propuesta —en boca de una niña de 13 años, “bien educada” y de “buena familia”— significaba para una madre conservadora, de origen campesino y sin mayores estudios. En ese momento le vi en el rostro la intención, no solo de sacudirme una mejilla, sino también de obligarme a poner la otra humildemente arrepentida, pero no lo hizo. De inmediato, toda su rabia se rompió en un llanto diminuto y su cuerpo se encogió para abrazarte. Yo me sentí tan avergonzada que no tuve otra alternativa que levantarme y dejarla contigo y su lamento silencioso.

Samuel, esa noticia hizo que yo me sintiera desplazada como un trasto viejo. Ya papá no me balanceaba sobre sus rodillas porque mi cuerpo se había estirado, pero el tuyo, diminuto y liviano, iba a gozar de su último aliento del día. Tampoco me imaginaba a mamá cuchareando tu sopa, llevándote al parque para que le dieras maíz a las palomas o comprándote ese ridículo arroz inflado que me daban como golosina. Yo no quería tu llanto a media noche ni tus tontos juguetes regados por toda la casa, mucho menos las instrucciones de mamá sobre el orden que debían conservar los espacios.

Hay algo que debes saber: el matrimonio del que somos fruto lo hizo el abuelo motivado por el ego de su apellido. Nuestros padres aceptaron ciegamente el contrato y siguieron el mandato divino de poblar la tierra —como si ya no estuviera bastante poblada—. En el primer intento, sus ilusiones se vieron rápidamente frustradas por un accidente; con el segundo esfuerzo no tuvieron mejor suerte porque, tras una parsimoniosa espera de ocho años, ese ser es quien escribe; el tercer intento eres tú, a quien me dirijo inútilmente. Tú estabas en el séptimo mes y era la tarde de un jueves fresco, nada extraordinario. Mamá se levantó de la cama y dio dos pasos en dirección a la cocina, pero se quedó inmóvil, como si una extraña fuerza la hubiese sujetado al piso y le impidiera moverse. En ese instante una mancha roja resbaló entre sus piernas. Papá corrió con ella para el hospital; esa noche no regresaron a casa. Él llegó la mañana siguiente con el rostro poblado de sombras y con su voz llana y pesada me informó que había arreglado con el sepulturero tu entierro y que el velorio iba a ser en nuestra sala.

En ese entonces vivíamos en un tercer piso muy pequeño, ¿ves? no teníamos lugar para ti. Sin embargo, en la diminuta sala había espacio suficiente para todas las personas que acompañaban nuestro dolor: estaba papá con la mirada perdida en sí mismo; mamá con sus manos cruzadas sobre las piernas, absorta y con los ojos puestos en la diminuta caja que guardaba tu cuerpo ya formado; también estaba el dueño del inmueble, quien asistió por pura casualidad, pues era el día en que se cumplía el pago del arriendo; y yo me encontraba en una esquina, sentada en una silla de pasta blanca que me dieron nuestros padres cuando tenía cinco años y casi que sonreía abiertamente. No recuerdo si papá y mamá lloraron en el entierro, pero no hubo un desfile memorable ese día porque no era nada, porque no eras nadie, incluso el casero nos había abandonado.

Permanecimos en silencio un par de años. Tu nombre no sonaba en las escaleras, tampoco en los almuerzos y nunca lo escuché de madrugada ni en los sollozos enterrados en la almohada. Mamá y papá solo te mencionaban para acordar el día de limpieza de tu tumba y lo hacían como si estuvieran preguntando por tu control de vacunas. Nunca hablábamos seriamente de ti. Te mencionaban cada año, cuando recordaban que la hierba crece y que probablemente la lápida se había perdido de vista y con ella tu nombre. ¡Cuánto dolor me causaba ese silencio, ese pacto de olvido! Sentía una rabia de perro, casi que podría decirse que la baba me goteaba en el mentón. El enojo estaba dirigido a un extraño grupo formado por la fuerza de la naturaleza y las costumbres: a ellos, a nuestros padres y a esa niña de trece años que interpelaba un nacimiento.

En mi juventud, cuando el mundo me empezó a doler desde todos los ángulos, sobrevino una nueva alegría por tu muerte, porque tus pies no alcanzaron a tocar esta tierra esquilmada, porque el abuelo no te bañó a las cuatro de la madrugada con leche de vaca durante los primeros días de nacimiento, porque tus ojos no presenciaron la miseria, porque tu alma no conoció la bajeza y el pecado, porque no te fuiste obligado para la guerra, porque ellos no consiguieron imponerte la carga de la vida. ¡Y claro! también me alegré por mí porque me evitaste las preguntas que nunca hubiese sabido cómo responder, las que me exigirían agachar la cabeza y desviar la vista nublada del escrutinio de tus ojos.

Hoy, sin embargo, acudo a la tristeza, a sentir profunda tristeza por tu muerte. Si estuvieras aquí —perdóname, Samuel— las angustias y las preocupaciones urgentes serían de ambos. Tú también estarías dispuesto, en razón de las buenas tradiciones y del amor, a escuchar las conversaciones incesantemente repetidas en la boca de él, a asistir la rabia de ella y, de nuevo, el abandono de él. Esta soledad no sería únicamente mía, yo no sentiría el cansancio de ambos en mi propio cuerpo ni tendría que lidiar con la última voluntad de papá; esa de ser enterrado al lado de esa cruz de palo que sembró en el patio de la finca.

Yo no estaría sola preguntándole a mamá porqué deja monedas regadas por toda la casa, limones en un vaso de agua ni porqué esconde el salero. Seríamos dos conviviendo con la vejez, con los caprichos de ambos y con toda su tristeza. Estaríamos los dos despidiendo sus cuerpos cuando la muerte se aproxime para llevárselos de manera definitiva y no viviría en mi mente —como una herida profunda— la imagen de una mujer con semblante de eremita en el cementerio municipal de Jardín que abstraída mira los límites de la oscuridad definitiva, sin más presencia que la de los muertos, la de todos muertos.

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Editoriales | Agosto

Llevar un mar por dentro: lectura de «El fin del Océano Pacífico» (2020)

Mariana Valencia Giraldo
Comunicadora social y periodista

Universidad de Manizales
Magíster en Literatura

Universidad Tecnológica de Pereira
[email protected]

            El mar es lo más cercano a la perpetuidad. Con mucho afán nos hemos encargado de ponerle límites al mar para sentir que podemos abarcarlo. Todas sus fronteras ya tienen nombres y en ellas nos ubicamos a contemplar su extensión acuosa e inacabada. Permanecemos en el confín, nadamos en sus orillas o navegamos por encima de su superficie azul; pero somos incapaces de dirigirnos hacia el fondo del agua. Algo muy parecido al mar es el cielo, que es uno de los eufemismos de la muerte. Lo que parece ser nuestro fin es, más bien, la vicisitud de lo profundo, de lo desconocido, de lo eterno. Adentrarse en el mar es el destino.

            El hado guarda similitud con la condensación del mundo o de la existencia propia. Todo lo que acontece —desde el principio del universo— tiene su microcosmos en la humanidad. En El fin del Océano Pacífico (2020) de Tomás González, la existencia cabe toda en Ignacio. El libro está narrado a través de las digresiones que hace el protagonista para experimentar la humanidad, el tiempo y la familia en el recuerdo de su vida y las vidas de quienes lo rodean. Su historia es el presente. En un solo día transitan la niñez y la vejez de la mano. Ignacio dice en un fragmento del relato: «Al día siguiente, es decir hoy, otra vez salió el sol, otra vez caminaba Ester en bola por el cuarto, otra vez admiré los hoyuelos, sentí la contentura por todo el cuerpo. El sol sale de nuevo siempre, pero no siempre va a salir de nuevo» (González, 2020, p. 162); y, en ese momento, condensa la posibilidad del mañana cuando habla del día siguiente, la certeza del presente desde donde habla y el pasado inmediato en el que el sol salió para volver a salir al otro día. Siente la reiteración de su vida que se expresa ante él como una repetición que le permite anticiparse a sus emociones y a su excitación, siendo esta última tan parecida al calor del sol. Cada día nuevo será como el día anterior; todos tan parecidos a la tarde en el hospital, al único viaje al mar o a la muerte.

Antes del fallecimiento de la madre de Ignacio, esta estaba en una clínica de Medellín. Le dice a su hijo que quiere volver al Pacífico con el propósito de ver a las ballenas que llegan hasta ella en sueños. Ese deseo de su madre enferma hace que Ignacio recree los acontecimientos del viaje que aún no ha sucedido a través del recuerdo de un viaje anterior que hicieron juntos. O, tal vez, esa anécdota de su madre enferma es una imagen sacada de la memoria. Ignacio es el sujeto anacrónico del relato y en él sucede la regresión: es el reencuentro de todos los lugares, los recuerdos y los seres que lo habitan hasta el final de sus días. La interacción de Ignacio con su madre es un vaivén entre la reminiscencia y la añoranza. Después salen del hospital y se enrutan hacia el viaje que Ignacio recordará desde el lecho de su muerte, es decir, desde el Pacífico mismo. Ignacio se mueve a través de múltiples recuerdos que se confunden con el momento actual en el que vive y es por esa razón que viaja al Pacífico: tiene el afán de reencontrarse con las múltiples vidas que lo atravesaron durante su vida, en el único lugar que recoge la memoria colectiva y el recuerdo —tan extenso como el mar— de su existencia. La vida de Ignacio es el viaje al lugar en el que descubrió la finitud y allá llega a morir.

            Él se precipita en esa búsqueda sin saber qué quiere encontrar. Incluso, su madre le anticipa su destino en tres oportunidades. En ellas, le habla de las ballenas que se lanzan con saltos extendidos hasta el cielo para volar mientras las alumbra la superficie del mar. Ignacio ya no sabe si ese es un sueño, una alucinación o la premonición de la muerte. Escucharla a ella hablar de las ballenas —que las conoció fuera de su propia naturaleza— lo hace dudar de sí mismo, de su existencia y de lo que siempre creyó saber de la vida. Él guardaba del mar y de las ballenas la imagen del exterior, pero su madre tenía todos esos elementos por dentro. Se aventura a buscar allá adentro a las ballenas que salen solo en los periodos de delirio cuando su madre exterioriza el mar. En ese momento, Ignacio siente que puede retornar al interior de su madre como antes de nacer y volver a ser parte de ella.

            Nadar en el líquido amniótico es como dejarse sumergir por la placidez del mar y, por esa razón, madre e hijo eligen el más pacífico de los mares. Sin embargo, Ignacio viaja hasta el Pacífico para descubrir que a medida de que pasa el tiempo en el mar empieza a sufrir apnea. Siente el ahogo y con él la intermitencia de su existencia y la de su familia que se va pareciendo cada vez más al olvido. Va dejando atrás el interior de su madre para convertirse en ella, le hereda la meningitis y empieza a sentir que las alucinaciones son parte de la realidad. Las interacciones con los demás comienzan a ser el último recurso que le queda para sentir que está vivo, como le sucede en una de sus últimas charlas con su hermana Adriana y con Grekna:

¿Se le ofrece algo, doctor?, dice Grekna. Irme a dormir, digo, estas charlas con Adrianita son exigentes. Grekna me mira raro, como si no hubiera habido ninguna conversación con Adriana y no quisiera decírmelo. No pregunto. ¿Para qué? Si lo de Adriana es, entonces esto de Grekna tomándome del brazo no es, pero una de las dos tiene que ser, porque no estoy muerto. (González, 2020, p. 253)

            Ignacio experimenta la duda y brota de allí para existir, aunque crea que dudar es lo contrario de la existencia. La imagen selvática del Pacífico —que representa la belleza perturbada y el olvido— le recuerda a Ignacio sus emociones. Sentir el Pacífico en los pies y en los oídos —con los pies y los oídos que se parecen a los de Cristo— es recordar que vive. Por dentro tiene el límite entre la selva y el mar, y es capaz de la transmigración o la diáspora del sujeto sobre el territorio. La selva es su parte identitaria, aquello que lo devuelve a lo que siempre conoció de sí mismo y que no podrá apartar nunca; a su familia que atraviesa el espectro del tiempo para dejarlo a su suerte en el camino; a la Violencia del país; a la enfermedad sin cura; al amor.

            «Parecería ser que en momentos de crisis como este uno vuelve a sus formas anteriores» (González, 2020, p. 170), dice Ignacio; y en esa frase se le percibe como quien inicia su camino de regreso al lugar del que nace el ruido de la naturaleza, que es diferente al ruido —ya ausente— de la civilización. En la selva se acumula el ruido desde siempre y ese estrépito suena multiplicado, superpuesto. Ignacio dice que es «hermosa e inhumana» (González, 2020, p. 54) y que no deja de serlo aunque no se le mire. La selva existe porque él la escucha con el oído izquierdo, como si estuviera sentada a la siniestra de Dios. Es el escenario de la persecución y del encierro. Allá permanecerá, aunque sea ausente.

            El mar, por el contrario, es lo que resta. El mar tiene la cualidad de ignoto e invita a la búsqueda y a la pérdida. De esa forma, el mar se convierte en lo intimista. Ignacio viaja hasta el Pacífico porque quiere experimentar, desde el recuerdo, lo nuevo: las ballenas que siempre están de regreso, el otro, su profesión, la mujer suya y su padre muerto. El mar es la liturgia de la pesquisa y es, también, el encuentro y la purgación. En él puede apartarse de su única vida—que es la vida de los otros— para entenderla desde la vivencia íntima. Solo fuera de sí está el entendimiento.

            El Pacífico es la frontera en la que alguien va a situarse para ver el mar desde la orilla y preguntarse por su profundidad desconocida. Será el estanque inmenso en el que alguien se zambullirá para averiguar lo que hay y no volver porque era su última voluntad. Ignacio es arrojado al mar porque estaba condenado a la muerte. Ni con los pies de Cristo caminará sobre su superficie, sino que se hundirá sin remedio y verá que su vida vuelve a iniciar hasta acabar. Pasa la vida entera en el Océano Pacífico.

Referencias

González, Tomás. (2020). El fin del Océano Pacífico. Editorial Seix Barral.