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Editoriales | Paula Valencia Mosquera, in memoriam

El suspiro del recuerdo

Valentina Orozco Piedrahita
[email protected]
Estudiante de Licenciatura en Ciencias Sociales
Universidad de Caldas

Ella, desde la intimidad de su espacio, rodeada de grandes escritores que en el trazo de sus hojas la lograron cautivar, reflejó en nosotros su lado maternal, familiar y profesional. Ella, una enamorada de las letras que, poco egoísta, decidió compartir sus reflexiones y gustos en cuanto a libros, autores y experiencias a un grupo de aprendices que, cautivados por la idea de descubrir la magia de la literatura, curso tras curso, la escogían como su guía en la emocionante tarea de leer. Ella, la voz firme y la sonrisa radiante, entregando todo, abría las puertas de la curiosidad a quienes como cómplice, la buscaron para rememorar las grandes obras del ayer y del ahora, contribuyendo a transformar su forma de ver y leer y escribir

Ella, amante de las letras, insistente en promover la expresión oral y la seguridad a la hora de expresarse verbalmente, con su carácter fuerte y presencia arrolladora, no perdía oportunidad para fomentar en sus cursos la reflexión y el análisis. on su humor sarcástico y ligeramente negro, evidenciaba su pasión al demostrar cómo a través de los libros y las letras, la imaginación y la realidad pueden ser exhibidos y contrastados. Combinando la imaginación y la razón, nos aterrizó en la realidad que la palabra escrita hace manifiesta.en medio de este cargamento de realidades e ilusiones, nos dejó un último mensaje: la vida, en su inexplicable suspiro infinito, nos enseña que los momentos construidos y albergados en la memoria son valorados en el ahora gracias a la oportunidad de haber podido experimentarlos, vivirlos y evocarlos, evidenciando cuan fuerte puede ser el impacto y la huella que una persona puede dejar en otra.

Vale la pena entonces, reconocer que el recuerdo y la esencia de su ser, aunque duela, debe hacerse desde el desapego y la libertad, aceptando y reconociendo que vivir y morir es una meta que la fragilidad de la vida nos recuerda de súbito con la explosión de la inevitable burbuja construida a lo largo del paso por la vida terrenal. Hoy la cámara se apaga con un adiós infinito, cargado de emocionalidad y nostalgia, y con el suspiro final del recuerdo de una vida que muy pronto apagó su luz. Hoy celebramos su recuerdo y su inigualable paso por este mundo, seguros de que, en las fronteras más allá de la percepción humana, se encuentra un ser derrochando magia, luz y sabiduría.

Ella…
la voz que habla,
la voz que inspira.
Mujer radiante
de presencia arrolladora.
Ella portadora de emocionalidad,
en el escenario de la vida
que le tocó bailar,
pudo comunicar lo que es
la magia de enseñar.

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Legado

Natalia Arango
Licenciatura en Lenguas Modernas
Universidad de Caldas

Busco en los espacios físicos y palpables
en la inmensidad de la noche
y en la profundidad de los sueños
el sentido que ha partido contigo.

Pero comprendo
que no debemos explorar
en los rincones, en las esquinas
en los baúles ni en la ilusión de los relojes.

Solo podemos embriagarnos de tu memoria
para hallar tu palabra dicha, tu silencio
tu lenguaje, tu ideología
tu virtud y tu filosofía.

Construyo un monumento de recuerdos
con una figura hecha de impresiones
para escuchar tus consejos dulces y sabios
y sentir tu compañía.

Se ha ido la narradora  de los versos de Cortázar
del mundo de los sueños de Borges
de la rebeldía de Pizarnik,
la inspiradora de estas letras perforadas por la intensidad y la nostalgia.

Dejas en mi mundo
aquello que guardo con cuidado y ternura
tu experiencia vital, tus enseñanzas
y la sensibilidad de tu espíritu.

Mi querida Paula, será tu legado
el que encauzará nuestras vidas
forjará nuestro camino
y nos ayudará a conquistar nuestra humanidad.

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Alma

Hilda Liliana Galeano Vera
[email protected]
Dinamizadora del Servicio de Investigación, Desarrollo Tecnológico e Innovación del Centro de Comercio y Servicios, SENA, Caldas.

A mi amiga del alma Paula Andrea Valencia Mosquera.

Una y otra vez reviso tus fotos;
no siento consuelo, un vacío ataca mi alma.
Te sigo viendo tan segura y capaz de resistir;
el tiempo no ayuda, solo pesa y duele en el pecho.
Hablábamos de la vida y reíamos sin cansancio.

Compartimos alegrías, sueños y aventuras;
nuestras esperanzas crecían diariamente.
Dibujamos un mundo pintado de compasión,
el peso de la desolación lo cargamos juntas…
Acompañarnos, nuestra mejor arma.

Me arrebataron tu compañía, tu presencia.
Diariamente calmar mi nostalgia procuro;
escribíamos un futuro que la adversidad interrumpió,
y que el miedo desdibujó en mi creencia.

Honrar tu memoria será mi refugio,
los colores de tu vida seguirán brillando.
Encontrarnos en la eternidad es un paso inminente…
Las flores estarán presentes,
tu ausencia abrigará por siempre mi alma.

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La mejor frase

Mateo Valero
Estudiante de Licenciatura en Ciencias Sociales

Una luz y una frase pidieron. Así que revisé el archivo de las asignaturas que vi con Paula, tal vez encontraría una gran expresión suscitada por ella: la mejor frase, una tan profunda como su sabiduría, tan valiosa como su amistad. Pero, entre tanto papel, solo encontré sus notas calificadoras, trazos de colores y signos de interrogación en varias de mis ideas; toda una apología a la exigencia.

Ante el malogro de no haber registrado ninguno de sus aciertos, entendí que lo verdaderamente valioso no quedaba en los apuntes apresurados. Es la memoria de un consejo preciso su mejor frase, también la risa del apodo que me asignó aquel viernes. El valor seguirá aquí en el corazón, en donde reposan sus análisis literarios y los cuentos cortos sobre los que discutía toda una clase. Y, ante todo lo aprendido a la luz de su pasión, lo correcto será siempre hacer la mejor frase.

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No estaba lista

Yeidy Yasmith Estrada Valencia
[email protected]
Profesional en Filosofía y Letras

Era mi momento, nuestro momento. No entendía por qué, en el gran mundo de la filosofía, debía relacionarme con clases que me recordaban aprendizajes que tuve en tercero o cuarto de primaria; pero te conocí y entendí que las letras y todo lo que hay a su alrededor eran tu pasión. Entendí el significado de Alicia en el país de las maravillas y el sentimiento que me dejó el haber comprendido El principito. Entendí por qué Pessoa tenía tantos heterónimos y por qué José Asunción Silva escribía Nocturnos. Entendí también que los feos no sufrimos de melancolía todo el tiempo, como lo dice Mendoza, y que en ocasiones el negro es el nuevo color de moda. 

Quizá puedo escribir el sinfín de cosas que aprendí de ti y por ti, pero sé que ya lo sabes. Por ejemplo, nunca te di las gracias por recomendarme a María Mercedes Carranza o Alfonsina Storni; o qué me dices de Alejandra Pizarnik, esa poeta maldita, un tanto olvidada y suprimida por las inclemencias de la historia y la vasta literatura masculina. 

Siempre me pregunté por qué llevabas un libro contigo teniendo en cuenta la cantidad de ellos que tenías en casa. Después entendí que más que un objeto, era un símbolo. Creo que la literatura era para ti lo que para Platón era su idea del bien. Y creo, además, que si cambiáramos El cine era mejor que la vida” por Las letras eran mejor que la vida y, añadiéramos un poco de tu historia, entonces Juan Diego Mejía volvería a ganar el Premio Nacional de Cuento Colcultural. 

Pero, aunque quiera agradecerte por todo esto y más, también tengo que serte sincera y expresarte el dolor y el coraje que siento por no poder mostrarte cómo he aplicado lo que aprendí de ti; por no poder enseñarte nuevas obras que encontré turisteando por ahí, consejo que por supuesto tú me diste; por no poder mostrarte mi colección de literatura colombiana y mi otra colección secreta de libros que a nadie le gustan, pero que a mí me encantan. 

La muerte es una realidad que, generalmente, deseamos suprimir en un intento por no hurgar en nuestra sensibilidad. Justo cuando esta se presenta, estamos ahí, pusilánimes, como si nos hubieran sacado las emociones del cerebro. Y, en un afán por encontrarle sentido al suceso, iniciamos un interrogatorio sobre la vida de aquella persona que hace falta y que ya no estará más entre nosotros. 

Creo que en el libro de la vida no hay una explicación de cómo estar preparados para la muerte y mucho menos si es de repente. Y si te soy aún más sincera, no estaba lista, no tenía la suficiente madurez emocional para entender que lo que mencioné en el párrafo anterior, tendría que ver contigo. No estaba lista para entender que la última vez que te hice reír iba a ser eso: la última. No estaba lista para entender qué pasaba después de decir “adiós” o de apagar la cámara. Sin embargo, por fin pude entender la metáfora del conejo blanco en Alicia en el país de las maravillas y siempre estaré eternamente agradecida contigo. 

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Homenaje a Paula A. Valencia: maestra y amiga

Jacobo Rivera Tejada
[email protected]
Estudiante de Prof. en Filosofía y Letras, U. de Caldas
Codirector, Revista Cazamoscas

Cuando conocí a Paula tenía unos catorce o quince años y estudiaba en un colegio privado de la ciudad. Estaba en noveno y recuerdo haber oído a los de décimo quejarse por lo difícil que era la clase de Investigación, asignatura que ella impartía.

Recuerdo haber llegado a su clase bastante prevenido, pero deseoso por aprender. Mi madre, que por ese tiempo estaba empezando una maestría, me había enseñado lo que yo creía eran las bases de la investigación.

Cuando llegué a la clase me di cuenta de que la investigación era muchísimo más de lo que creía. Con Paula me di cuenta de que investigar era una actividad que requería organización, pero más que todo pasión; requería una sed insaciable por querer responder las preguntas que se nos cruzaban por la mente y un gran respeto por los planteamientos de las autoras y autores.

Años después, cuando pasé a la universidad, mi primera clase con ella fue Literatura Colombiana y fue sumamente grato reencontrarme con sus métodos para orientar asignaturas; esta vez con un tema que la apasionaba. Era increíble oírla hablar sobre literatura, sobre autores, corrientes, épocas y vanguardias.

Recuerdo haber elegido un libro de Luis Miguel Rivas para mi proyecto y haberme esforzado por conseguir unas palabras del escritor para la clase. Luis Miguel nos envió una carta que aún tengo guardada por ahí; en ella, el autor valluno reflexionaba que leer a los autores colombianos era, de cierta manera, leernos a nosotros mismos. Y terminó su pequeño escrito agradeciéndole a Paula por ponernos en contacto y a nosotros, los estudiantes, por leerlo.

Paula fue mi profesora en una oportunidad más, en un seminario donde trabajamos literatura del desasosiego. Fue ella quien nos presentó la literatura de Fernando Pessoa y al mismo tiempo a Ricardo Reis, Alberto Caeiro, Bernardo Soares y Álvaro de Campos. No escatimó en resaltar la genialidad literaria de Pessoa y no era para menos. También nos presentó a Primo Levi, autor a quien guardo un aprecio profundo, pues sus reflexiones me recuerdan siempre lo importante de ser humano y de no olvidar nuestra dignidad. 

Por último, tuve la suerte de verla en su sustentación de tesis de maestría que realizó justamente en corrientes y vanguardias de la literatura europea: del romanticismo al surrealismo. En especial, recuerdo su reflexión de cierre sobre el Angelus Novus, la pintura de Paul Klee, que tomó de referencia Walter Benjamin para hablar sobre el Ángel de la Historia. Aquel ángel que lucha incansablemente por enmendar lo roto, arreglar la catástrofe del pasado; pero inevitablemente es arrastrado por los fuertes vientos del progreso.

Paula fue para mí y para todos sus estudiantes una fuente de sabiduría, un ejemplo de lo que uno puede llegar a ser cuando persigue aquello que le apasiona. Fue una gran maestra y una amiga. Espero que la recordemos con esa pasión característica.

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Editoriales | Paro Nacional

La última marcha

Yeison Montoya Vanegas
[email protected]
Administrador Publico

Arengas vienen, arengas van.
En el aire, olor a ira, decisión y libertad,
gritos de júbilo y excitación en el ambiente.
Jóvenes, adultos y viejos
marchan al unísono de la protesta.

Allí no importa credo, color o profesión.
El cielo parece unirse a la fiesta y las nubes se tornan oscuras.
Con determinación todos avanzan y bailan
cual canción de emancipación.
Por la calzada de la calle principal aparecen ellos,
Cual figura de reprensión.

Defienden su gobierno
excusan al traidor a fuerza de ser esclavos.
Ellos, los del pueblo, van avanzando con más ímpetu que miedo,
el sonido de las voces se entreteje entre tambores y silbatos.

Suena una radio, es uno de ellos
y, al otro lado, una voz que dice “en marcha”.
Todo es confusión,
ahora las piedras vuelan como pájaros
y los estruendosos cañones hacen presencia.
Ellos, los del uniforme, sacan sus bolillos
he intentan frenar el río de gente,
el raudal de sueños y el sabor al cambio.

Hay ruido y desesperación,
unos corren;
otros, los más valientes, se unen de las manos
y avanzan hacia lo incierto.

Hay pavor, hay llanto, hay caos…
Sangre aquí y allá.
Se hieren unos a otros y los verdaderos culpables
yacen lozanos y sonrientes en sus mansiones y palacios
fingiendo indignación.

Ahora hay bombas y metrallas,
hasta el sol se escondió.
Hay una pausa seguida de un millón de segundos.
De lado y lado la fuerza se acabó.
¿Qué fue lo que pasó?
Todos se miran con angustia y resignación.
Entre tanto alboroto y desasosiego
lo único que distinguen fue a la mujer que cayó.

Ella era una líder que su comunidad nombró.
Destacaba, por su discurso, honestidad y proyección.
Cayó, cayó, una bala hizo nido en su pecho y jamás respiró.

Hoy en día solo se escucha el llanto de una madre
que clama sin rencor
exige por la justicia y la transformación.
Quizás no la de los hombres
tal vez sí por la de Dios.

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Editoriales | Paro Nacional

De la indiferencia a la acción

Camilo Ospina Patiño
Estudiante de la Licenciatura en Lenguas Modernas
Séptimo semestre
Universidad de Caldas

El teatro de la vida: el espectáculo y la realidad

En Colombia, el teatro de la vida se torna cada día en una tragicomedia absurda. Los ricos cada vez más y más ricos, más opulentos, llenos de propiedades, privilegios y cabezas de ganado. Mientras que la clase media lucha para no descender en el escalafón del progreso socioeconómico, se ahoga entre préstamos bancarios, servicios al alza y la carencia del fin de mes. Los pobres, más y más pobres, se arrastran entre el fango de la violencia y la desigualdad; la apatía y el olvido de sus compatriotas.

El cinismo y la corrupción son el pan de cada día, ¿en qué otro país los mal llamados “representantes del pueblo” interpretan tan cómicas y perversas actuaciones? En Colombia, los payasos no se limitan a dormir y vociferar barbaridades en plenarias del Senado; y, mucho menos, escatiman en costosos esquemas de seguridad y sueldos exorbitantes que pagamos con nuestros impuestos. Aquí el espectáculo no es de los payasos, sino de los espectadores, pues los primeros, entre risas y decretos a puerta cerrada, ponen a su audiencia vestidos coloridos, narices rojas y pomposos Cocacolos; mientras hacen sus juegos de naipes y, entonces, inocentemente despreocupados, reímos a carcajadas, ya coloridos, ya risueños, mientras nos avientan un pastel de mierda en la cara. ¡Pero no importa! Seguimos riendo, con los rostros y las sonrisas cubiertas de inmundicia, seguimos riendo y solo nos queda comer resignados, pues al fin y al cabo mañana será otro día y hay que trabajar.

Lo trágico y lo cómico se bifurcan en la triste pasividad de los oprimidos y abnegados; en conciencias alienadas en la labor diaria, en las oficinas y el transporte público; en las placenteras comodidades de opiniones fuera de contexto, de inválidos indignados tras pantallas y botones de compartir; en el miedo a tomar partido en acciones reales y concretas.

La moral de los bien pensantes

“[…] los nueve o diez cristianos a pies y puño limpio
haciéndonos sangrar con los símbolos de amor y paz
sobre sus pechos desalmados”.

El Relevo, Gioconda Belli

A menudo las comodidades y las atenciones hacen de la empatía algo abstracto y desconocido. Mientras para algunos no existan preocupaciones por la subsistencia diaria, poco importan las necesidades del prójimo, más allá de los ruegos por monedas o limosnas. Allí, en la cumbre de los lujos, se erige una cruz de apatía y se crucifica al desfavorecido. Estos pobres vergonzantes, camanduleros sin grandes riquezas pero llenos de odio y desprecio hacia los pobres, deben al banco sus viviendas y automóviles, y hasta dejan de comer por darse un “gustico” con el cual ostentar y aparentar el éxito resultado del trabajo duro y las oraciones.

Las falsas conciencias dividen y atomizan a nuestra ya fragmentada sociedad. Las ideologías recalcitrantes de la oligarquía colombiana han predicado los buenos y sagrados valores de la civilización cristiana, evangélica o católica, o cualesquiera de esos credos bastardos que predican el amor de Dios y para Dios, mientras aplican el odio y la más grande de las hipocresías. Pues, al fin y al cabo, la culpa y el perdón de los pecados se pagan yendo a misa, aportando un diezmo o confesándose con la autoridad terrena de un dios muerto. La fe y el miedo financian campañas políticas y grupos armados y, entre tanto, se llenan los hocicos recitando sus salmos favoritos, cantando, bailando y regocijándose bajo un halo de superioridad moral. 

El nuevo ídolo o Estado, baluarte de tan buenos valores, conserva en su interior la moral servil de credos inoficiosos para añadir los preceptos de “seguridad,  democracia y orden”. ¡Claro! Como todos aquellos dogmas, su naturaleza transaccional, ahora encarnada en las buenas acciones, y la defensa de la propiedad autorizan a los autodenominados “colombianos de bien”1 a defender su derecho sagrado a la violencia, la censura y a la supresión de todo lo que amenace sus privilegios y su buen gusto, pues no hay beneficio sin inversión tanto en la tierra como en el cielo. Amén.

Política de Estado

“Si la democracia es el gobierno de las mayorías,
¿cómo es posible que las mayorías estén desprotegidas
y se encuentren en la pobreza o en la miseria?”

Carlos Gaviria Díaz

En Colombia, lo más equitativo es la injusticia y mansamente aceptamos tan buena repartición de los buenos valores y deseos de los poderosos. En este país, conceptos como: equidad, libertad, dignidad y paz —tan bellos sobre un trozo de papel o pronunciados en un discurso político— están vacíos, no son más que cascarones rotos, sin significado o pretensiones que vayan más allá de cualquier campaña política de turno. 

En Colombia, la violencia es la ley y el Estado no es civil, sino más bien de naturaleza. El monopolio de la fuerza y la violencia lo ejerce todo aquel que posea los medios físicos, simbólicos o espirituales para coartar las ya reducidas libertades de un pueblo arrodillado en busca de lo que le queda de dignidad; agobiado por las armas legítimas como ilegítimas; preso de la incertidumbre y el terror. 

En esta esquina de América Latina, la actitud servil de nuestros gobiernos siempre ha complacido las razones e intereses imperiales del gran capital. Como decía el profeta de la Nada: “Ellos son poderosos porque nos han robado nuestra fuerza” (Arango, 1964, p. 42). Nos la roban y nos la seguirán robando, pues claudicamos sin siquiera luchar o ser conscientes de lo que está en juego; agachamos la cabeza; y asentimos sin revirar, mientras atendemos la masacre del pueblo y los páramos, a la ley del más fuerte. El triste dilema de un porvenir igual de trágico, cómico y absurdo.

Colombia ha sido la tierra del despojo. Aquí la propiedad es de quien la reclama a la fuerza y con las armas; de las multinacionales que saquean nuestra tierra y compran sus derechos de extracción a los bandidos que defienden su idea de progreso y patriotismo.Aquellos que se hacen llamar “patriotas” y se alzan en armas para defender al país del vandalismo, el terrorismo o el comunismo, entre otras artimañas discursivas que buscan deslegitimar y negar la lucha y las exigencias de un pueblo cansado de tanta infamia. 

¡Ay! Todo esto en nombre del orden y de un Dios amoroso y todopoderoso, pues ven en sus fúsiles crucifijos, en las camándulas látigos justicieros y en el agua bendita la sangre de sus detractores. La sangre y el plomo siempre han sido sus mejores argumentos mientras leen la biblia antes de cortar una cabeza o empalar a una mujer. 

¡Ah! Ni qué decir de aquellos otros que se abanderaban en un principio revolucionario bajo la máxima de los oprimidos y explotados, para, finalmente, terminar al igual que sus contrapartes: prolongado el conflicto, luchando por lo verdaderamente sacro en el país del polvo de ángel, negocio nefasto que satisface las narices entrometidas y ansiosas de los norteamericanos; mientras aquí la gente es desplazada, amenazada y asesinada por complacer sus vicios y excentricidades primermundistas.

Colombia es un narco-estado paramilitar. Los que llegan al poder tienen como único fin mantener los negocios ilícitos y las grandes fortunas de una clase de hampones que vieron sus mezquinas oportunidades en los cargos públicos del gobierno nacional y contratan esbirros para defender, a capa y espada, tan glorioso y noble emprendimiento.

Terror de Estado 

La farsa de los medios, las décadas de atropello, los grupos armados, la mofa de los poderosos, el hambre, la pobreza y el abandono del Estado; penurias que por muchos y largos años padecieron los campesinos y todos los excluidos. Hoy todos estos males y amenazas se muestran como una realidad agobiante para las clases medias y bajas de las ciudades que, muchas veces, ven frente a sus casas como golpean, secuestran y hasta matan a los que alzan la voz en contra de la infamia. 

Las medidas económicas, sociales y políticas regresivas del gobierno de Iván Duque Márquez, cabeza oficial y visible de una clase dirigente plagada mafiosos, han acabado con la mansedumbre del pueblo. Las calles se llenan con las voces y los reclamos de una generación que reconoce la perdición de su futuro en el desempleo, la inequidad y la violencia.

El derecho a la protesta pacífica está consagrado en el artículo 37 de nuestra constitución política y, como tal, debería ser respetado. Pero, ¿acaso en un país donde los derechos humanos son tan insignificantes como las necesidades y penurias de un pueblo, puede la constitución ser respetada? La respuesta, tristemente, es obvia: no. Y no es simple y llanamente una negativa por las vías diplomáticas, sino una respuesta que se materializa en la estigmatización de los protestantes como vándalos o terroristas; en la infiltración y sabotaje de la fuerza pública a las manifestaciones; y en el repugnante abuso de la fuerza.

Ante esto, la respuesta del gobierno y la Policía Nacional se reduce al despliegue de su lóbrego escuadrón de la muerte. Estos salen en supuesta defensa de las instituciones y del orden establecido, cuando todos conocemos su naturaleza depravada, una que obedece las órdenes de un psicópata genocida desde sus extensos aposentos. 

La incapacidad de nuestros gobernantes por aceptar la realidad de la situación y las demandas que se alzan nos ha traído a un punto ciego donde las partes no encuentran consenso; lo que prolonga el Paro nacional y, con este, la indignación popular y la represión estatal desmedida. Mientras el gobierno se abstiene de resolver la situación por medio del diálogo y los manifestantes reciben la estigmatización de la causa, además de burlas a la inteligencia y al sentido común.

Sublevación popular

“[…] el chasquido del látigo sólo puede
rubricar el silencio de los inconscientes
o de los cobardes”
2

La razón ilumina la consciencia y la injusticia, en algún momento, la exhorta a la acción. El desempleo, el hambre, la miseria, la desaparición forzada, la violación, la tortura, el asesinato y la impunidad son los crímenes ingentes en contra del pueblo que rebozan la copa de los oprimidos y enardece el espíritu popular en contra de las injusticias. Los bienes públicos, cosas materiales sin sueños ni aspiraciones, jamás se podrán equiparar en valor a una vida perdida a manos de quienes juraron protegernos y resguardarnos. 

El tiempo corre y el odio, tal como el amor, se gesta en lo profundo del alma, ambos tienen en común la vehemencia en su manifestación por los y las que ofrecen sus ojos a cambio de sus derechos; por los señalados de vandalismo o terrorismo; por las abusadas como botín de guerra y lamentable ejemplo de impunidad; por los desaparecidos que hoy flotan inertes, como balsas para los gallinazos sobre el río Cauca; por los masacrados en las últimas semanas de protestas en el seno de la supuesta democracia más antigua de Latinoamérica; por todos ellos, los que fueron, los que son y los que tristemente serán víctimas de la incapacidad de un Estado por garantizar y cumplir su rol fundamental. 

Por todo lo acaecido en la historia reciente de nuestro país las calles hoy gritan: ¡BASTA!

Protagonismo de novela

El Comité de Paro —conformado por los diferentes gremios, sindicatos y organizaciones— ha perdido la confianza del pueblo. Los políticos de la Coalición de la Esperanza, en un lamentable intento por abanderarse de la lucha popular, ganaron el repudio de los manifestantes, pues el descontento es general y no tiene bandera ni partido político: “Quienes se dicen representantes de la voluntad nacional son para las grandes mayorías de la población personas indignas de confianza, meros negociantes, vividores que no se identifican con su país y que no buscan su grandeza” (Ospina, 1997, p. 14). 

Lo que ocurre en Colombia es la afirmación de la voluntad del pueblo que ejerce su soberanía a pesar de la represión y la violencia. Tristemente, la política del espectáculo da cabida a personajes nefastos en busca de protagonismo y electores incautos en aras al 2022.

Todos aquellos oportunistas que hacen acuerdos con el gobierno que asesina impune en las calles, adalides autoproclamados sedientos de subrepticios privilegios, deben entender que han hecho un daño irreparable. Mientras el gobierno siga dilatando el diálogo y la negociación, y las calles se sigan llenando de sangre, el Paro habrá de continuar. 

Las demandas del pueblo deben ser representadas por el pueblo mismo; pues solo ellos viven en carne propia las dificultades de sobrevivir en este país y solo ellos deben pensar y expresar sus exigencias, y estas deben ser escuchadas y respetadas.

13 de junio 2021


1 También “persona de bien”. Es una expresión utilizada por un sector de la población para autocalificarse como buenos ciudadanos, a saber, personas que practican los buenos valores: ser creyente, respetuosa de la ley, compasiva, trabajadora y humilde, etc…
Actualmente, dichas expresiones han adquirido una connotación contraria o negativa. Así, “Colombiano de bien” o “persona de bien”, suele ser referida por otros sectores de la población, de forma irónica e incluso peyorativa para resaltar todos aquellos valores ausentes en las personas que se autodenominan de tal modo.

2 Enrique F. Barros, Horacio Valdés, Ismael C. Bordabehere, presidente. Gurmensindo Sayago, Alfredo Castellanos, Luis M. Méndez, Jorge L. Bazante, Ceferino Garzón Maceda, Julio Molina, Carlos Suárez Pinto, Emilio R. Biagosch, Angel J. Nigro, Natalio J. Saibene, Antonio Medina Allende, Ernesto Garzón. 1928, “Manifiesto Limiar – La juventud argentina de Córdoba a los hombres libres de Sud AméricaManifiesto de la Federación Universitaria de Córdoba”. Córdoba, Argentina. Universidad Nacional de Córdoba. Campus Virtual: https://www.unc.edu.ar/sobre-la-unc/manifiesto-liminar.


Referencias

Arango, Gonzalo. (1964). “El sermón atómico”. En: Obra Negra. Buenos Aires, Argentina: Carlos Lohlé. S. A. I. C.

Constitución política de Colombia. (1991). Colombia.

Ospina, William. (1997). ¿Dónde está la franja amarilla?. Santa Fe de Bogotá, Colombia: Editorial Norma S.A.

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Sueños de una mente utópica sin retorno: ¡no queremos guerra, queremos paz!

Dina Patricia Jaraba Maldonado
[email protected]

Paz, palabra tan diminuta, pero grande en sentido. Por ella muchos seres humanos han emprendido grandes aventuras y guerras, tratan de buscarla en un orden de cosas existentes o por existir, en lugares que potencialicen nuestra imaginación narrativa o en personas que nos amen. 

En este momento tan crucial para el país, nos debatimos aún si queremos seguir con las cadenas y herencias que dejó un gobierno colonial de siete siglos atrás, aunque esto implique asumir actualmente el costos o el manejos de corrupción y de grandes mafias que se quedan con la renta del país; o si se sale a la calle a protestar, mientras personas de instituciones que deben cumplir una función social —como es la de proteger a la ciudadanía y salvaguardar vidas— se dedican a generar escenarios de muerte y desolación en una conciencia colectiva.

En otras palabras, actúan con dolo para amedrentar a la ciudadanía con actos vandálicos, pues se sabe que hay infiltrados en las protestas que pueden ser policías disfrazados como ciudadanos o puede que sean vándalos pertenecientes a cualquier grupo delictivo que masacra mujeres, niños y niñas, jóvenes y estudiantes, y demás comunidades indígenas y raizales.

Estaremos de acuerdo en que la realidad que nos quiere pintar el gobierno y sus instituciones no se desdibuja ni siquiera por una doble moral, sino por la banalidad misma de su actuar que haciéndose pasar por “acciones legítimas y necesarias”, debido a que vienen de una fuente “legal” como son los uniformados de la Policía, el Escuadrón Móvil Antidisturbios [ESMAD]; además, se intuye la intención de generar caos para justificar un nuevo “orden de gobierno”. Entre varios de sus métodos —aparte del uso coercitivo e irracional de las fuerzas públicas—, se sustentan en el uso indiscriminado de los medios de comunicación, por medio de los cuales proliferan la creencia de que “los pobres son pobres porque quieren”, “hay que producir y no parar”, “los que piensan diferente son unos vándalos o reaccionarios”, etc.

No obstante, la subdermis del conflicto que ha diezmado la vida de muchos ciudadanos en el país tiene que ver siempre con un conflicto de intereses políticos, económicos y territoriales. Así pues, yo me cuestiono: ¿cómo se dimensiona el poder desde lo local, es decir, desde los municipios y poblados de las cinco regiones del país que han sido golpeadas por el conflicto?, ¿cómo ha sido el acto del poder de unos sobre otros?, ¿cómo educarnos y sensibilizarnos para una cultura de paz en un país tan territorializado por la violencia como Colombia? Y, entonces, ¿cómo podemos concebir la paz? 

Con tan solo una de tantos sueños que tengo, expresaré que sueño con que exploremos la paz desde nuestra cotidianidad, empezando por reconocer nuestros deberes para asumir con plena confianza y libertad nuestros derechos. Por ejemplo, comenzar por no tirar basura en la calle, dejar que los niños y niñas dibujen sus propios sueños o no imponer métodos de cómo adquirir un saber sobre algo. 

Sueño con un país en el que todos seamos capaces de recorrer nuestro territorio sin que nos sintamos temerosos por nuestra vida y organizarnos para trabajar en conjunto, con aquellas comunidades sociales, indígenas y raizales despojados de sus localidades.

Sueño con que nuestra lucha diaria esté encaminada a vencernos muchas veces a nosotros mismos; para escuchar y desarrollar nuestra inteligencia emocional y espiritual; para escuchar al otro, contrariamente a la capacidad de callar al otro, que ha sido una manera de nominar a otros sujetos categóricamente hacia un encubrimiento total de sus facultades como individuos y colectivos sociales, culturales y políticos. 

Sueño con una cultura de paz en la que nosotros, como jóvenes, y las generaciones que vengan no solo luchen y marchen por sus derechos, sino que efectivamente vivan esos derechos, sin tener que ponernos como ofrendas de sacrificios y como sujetos-objetos mártires en medio de una guerra de élites.

Sueño con que valoremos nuestras emociones y razón de ser, dándonos la posibilidad de aprender del prójimo; lo que implica el hecho de cooperar para tener acceso a los mismos recursos.

Sueño con que vivamos la paz aprendiendo de la lengua de nuestros aborígenes y creando pedagogía de libertad con ellos. Sueño con que no nos miremos desde una postura ideológica específica, para luego sentirnos desplazados en nuestro propio país. 

En conclusión, la paz, hermanas y hermanos de lucha, es armarnos de valentía para llevar la universalidad de cada saber y de nuestras experiencias en las universidades a los rincones de cada país. 

Es leerle un cuento o contarle una anécdota a un niño, niña, joven o adulto no conocido para nosotros, para que aprendan ellos mismos a narrar y a vivir una vida distinta a la de estar, por ejemplo, enajenados por la compra de votos para elecciones y el tráfico y cultivo de drogas o desplazados de los territorios que por derecho nos pertenecen, el secuestro y masacres por la expropiación de tierras; y lo peor, alienar la mente de niños y niñas al uso de armas por temor a que estos o su familia sean asesinados. Y luego llegar al punto de preguntarnos: ¿cuántas vidas más tienen que ser diezmadas para armar una lucha justa frente aquellos que han sorteado la vida de muchos colombianos a causa de la corrupción de su alma?

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Realidad latinoamericana en el cine

Reseña de la película Amanecer Rojo (1989)

Juan Sebastian Rosas Rubio
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Estudiante de Profesional en Filosofía y Letras
Universidad De Caldas

Para iniciar el análisis de esta película quisiera destacar la razón por la cual la hago:, el hecho de que por medio del cine se pueden contar historias que marcan y cambian vidas, pues este es un medio para aprender  y concienciar a los demás. Es importante tener en cuenta lo que un gran medio audiovisual puede hacer, cómo se puede transmitir una historia con imágenes que se quedarán en nuestra memoria y que probablemente también nos permitan sentirnos identificados con lo que se narra y se muestra. 

Rojo amanecer es una película mexicana del año 1989 en la que se narran los hechos ocurridos en la Plaza de las Tres Culturas (Tlatelolco) en Ciudad de México, los días dos y tres de octubre del año 1968. Está escrita por Guadalupe Ortega y Xavier Robles, y dirigida por Jorge Fons. Esta película independiente y clandestina tiene como argumento la masacre  realizada por la Policía y el Ejército contra los estudiantes, trabajadores y líderes sindicales, la cual ocurrió días antes de los Juegos Olímpicos en este país.

Colombia estuvo cerca de esto en el presente año al ser una de la sedes para la copa América, junto con Argentina. Afortunadamente la resistencia y el enfado del pueblo hicieron que este evento no se llevara a cabo. No obstante, las masacres, las desapariciones y la violencia en contra de los manifestantes —especialmente los jóvenes— aún continúa y se siente como si esto nunca fuese a parar; puesto que las miradas indiferentes de la gente en ocasiones prefieren observar un televisor en el que se transmite un partido que no solucionará ninguna problemática social en nuestro país que observar la represión y el daño que un gobierno comete en contra de aquellos que alzan su voz.

La película inicia en la mañana de ese 2 de octubre con un primer plano de un reloj, un elemento que nos acompañará durante toda la cinta y que será bastante importante para el desarrollo de la misma. El primer personaje que nos encontramos es con el abuelo de la familia, el señor Roque —interpretado por Jorge Fegan—, el padre de la matriarca del hogar. Este personaje es un hombre que prestó servicio militar en su juventud y que logró ascender al puesto de capitán. Claramente es un símbolo del conservatismo, un símbolo que nos es muy familiar, ya que todos tenemos a alguien así cerca: tíos, tías, abuelos o incluso nuestros padres. 

Poco a poco los integrantes de la familia se van despertando, entre esos la madre, Alicia —interpretada por María Rojo—, quien es la unión de la familia y con la que el espectador conectara más, pues será por medio de ella que veremos y escucharemos los diferentes puntos de vista de cada uno de los integrantes de la familia. A través de sus ojos vemos cómo se van dando poco a poco los acontecimientos de la película, dado que toda esta se desarrolla en el apartamento en el que viven.

Luego tenemos ante nosotros la figura del padre, Humberto —interpretado por Héctor Bonilla—, un hombre que trabaja para el Estado y está en un puesto relativamente privilegiado. Un padre que sabe que el gobierno para el que trabaja no se anda con rodeos y que no juega a la hora de decir y hacer las cosas, es por esta razón que les advierte a sus hijos que no sigan insistiendo en esos movimientos estudiantiles y de marchas. Este personaje no es del todo conservador, pero está resignado a aguantar al gobierno que se encuentra en el poder y para el cual trabaja. Un personaje que teme alzar su voz aunque no esté de acuerdo con todo porque sabe que los gobiernos autoritarios —como en el que nos encontramos en este momento en Colombia—, disfrazado de democracia, hacen cualquier cosa para callar a los inconformes. 

Seguido a este personaje, están los dos hijos mayores: Jorge y Sergio —interpretados por Demián Bichir y Bruno Bichir, respectivamente—, estudiantes universitarios que creen fielmente en el movimiento estudiantil y trabajador. Están inconformes con el gobierno de turno y marchan por una mejor calidad de vida, por la libertad y por la aparición de aquellos que no han vuelto a ver. Estos dos personajes son con los cuales podemos sentir una gran afinidad ahora mismo, debido a la posición en la que nos encontramos y a todo lo que sucede en nuestro país actualmente. Otros dos integrantes de la familia  representan, en cierto punto, la esperanza y  la inocencia:  Graciela y Carlitos —interpretados por Paloma Robles y Ademar Arau—, son los hijos menores, estudiantes de colegio y relevantes en esta historia en unos puntos álgidos.

Cada uno de los integrantes de la familia simbolizan algo, por medio de lo cual podemos ir viendo cómo se desarrolla este fatídico día grabado en la memoria de todos los mexicanos. Y, como si fuera poco, día que se repite constantemente en otros países y que pertenece ahora a una memoria colectiva. 

En la mañana, se reúne toda la familia para desayunar y, mientras lo hacen, escuchan las noticias en la radio. Están hablando sobre una marcha, la cual terminará en un mitin en la Plaza de las Tres Culturas;  además,  se menciona que los ciudadanos deben tener cuidado, pues las marchas pueden ser violentas. Las horas de la mañana son tranquilas para los integrantes de la familia y esa violencia de la que hablan en la radio parece alejada de ellos. Muchos sentimos eso cuando vemos o escuchamos las noticias, pero poco a poco nos damos cuenta que es una realidad que nos toca a todos.

Después de haber desayunado, cada uno de los integrantes de la familia se organiza para ir a realizar sus respectivos deberes: el padre a su trabajo; los hijos menores  a la escuela; los mayores a la universidad, luego a las marchas y posteriormente al mitin; y tanto la madre como el abuelo se quedaran en casa. El tiempo transcurre con normalidad, pero poco después se da la primera pincelada de represión y anomalía, la energía es quitada en todo el sector y, de esta manera, nadie puede oír la radio o ver televisión para saber lo que sucede. 

Todo gobierno represivo siempre busca silenciar a las personas desde las formas más sutiles, ahora nos toca ver cómo las redes sociales censuran o desaparecen las publicaciones de aquellas personas que tratan de mostrar la realidad de lo que se vive. Incluso “periodistas”, como Paola Ochoa, propusieron en nuestro país apagar el internet, esto, claro está, solo con el fin de silenciar al pueblo. Nada más autoritario y represivo que la censura.  

Tenemos leves primeros planos de los relojes de la casa, los cuales nos van acercando paulatinamente —con cada movimiento de sus manecillas— a lo que será un angustioso día. Los más jóvenes llegan a la casa después de haber estado en la escuela, el menor quiere jugar con su abuelo a los soldados y su hermana desea ir a casa de una amiga después de almorzar. El abuelo y el nieto salen al pasillo para hacerse en una pequeña terraza y jugar con los soldaditos del niño. 

Encontramos un primer plano de los juguetes formados y empuñando sus armas, y de repente un grupo de hombres de civil que están armados ingresan al lugar  en búsqueda de un lugar alto, uno de ellos porta  un rifle de francotirador. Estos hombres hacen parte del Batallón Olimpia y conforman un grupo de soldados vestidos de civil que iniciarán la masacre al lanzar unas bengalas de colores que serán la señal para que comiencen a acribillar a los manifestantes. Una estrategia bastante conocida en América Latina: policías y militares de civil que harán lo que quieran con sus armas y su poder.

El abuelo y su nieto vuelven a entrar al apartamento. Aunque la energía no ha vuelto, en ese momento entra una llamada, la madre contesta y es su esposo; él desea decirle algo, pero la voz se va disminuyendo poco a poco. Lo que la familia no conoce es que las líneas telefónicas de toda la ciudad han sido deshabilitadas. La madre, sin saber lo que sucede, envía a su hija a buscar un teléfono que funcione, pero esta vuelve intriga no solo porque ningún teléfono en toda el área no funciona, sino que también porque la cantidad de policías y ejército es inmensa. Vemos nuevamente un reloj, el día va avanzando y se acerca cada vez más la masacre. 

La niña sale de su hogar para dirigirse a la casa de una compañera de la escuela, tanto su madre como su abuelo le dan unos consejos. La tarde transcurre sin mucha novedad, el niño mira por la ventana la gran cantidad de gente que se encuentra en la Plaza de las Tres Culturas y escucha  una voz en unos parlantes que dice que el mitin ha finalizado y que es hora de que todos vuelvan a sus casas. Es en ese momento cuando una bengala de color rojo ilumina el cielo de la tarde y los militares comienzan a dispararles a los manifestantes, el niño ve con terror lo que pasa y llama a su madre, ella solo puede pensar en sus hijos. La masacre ha comenzado, la violencia de la cual hablaban en la radio y parecía lejana ahora se ha acercado un poco más a ellos. Tal como lo narra la antropóloga Margarita Nolasco:

De pronto llegó un carro militar y bajo un hombre vestido de civil que dijo:

– Soy del Batallón Olimpia, corran a esa gente vienen los demás. 

Entonces uno de los soldados ordenó:

– Se van de aquí inmediatamente.

– ¿Por qué nos tenemos que ir, si estamos en la calle?

Entonces nos apuntan con el rifle y nos dicen:

-Por esto. (Nolasco como se cita en Poniatowska, 1971)

El abuelo coge a su hija y a su nieto, y se los lleva al cuarto para que estén lejos de la ventana. Una bala entra a través de ella y queda incrustada en un retrato de Jesús, ni las figuras religiosas se libran de la barbarie. La madre, el abuelo y el niño esperan a que todo se calme, pero las cosas no parecen calmarse pronto. Son las 6 de la tarde y el abuelo enciende unas velas para iluminar el apartamento, después de esto decide ir a buscar a su nieta. La madre y el hijo se quedan en el cuarto del anciano esperando y rogando que no les pase nada a ninguno de sus familiares y es en ese momento que la puerta suena y entran al apartamento sus hijos acompañados de otros jóvenes, uno de ellos herido de gravedad. La sangre de los jóvenes se derrama primero, la sangre de aquellos que buscan el cambio.

Los disparos parecen cesar un poco y hay un poco de tranquilidad, dentro de lo posible. La madre atiende al joven herido —quien ha perdido a su hermana menor ahí afuera—, mientras los jóvenes se acomodan en el cuarto de los hermanos mayores. En ese instante, la energía vuelve, las luces se encienden y la puerta principal suena. Cuando la abren, encuentran al abuelo con su nieta, pero junto a ellos vienen dos militares y le solicitan al anciano que le presenten los papeles que confirmen que él fue militar. 

Los jóvenes están ocultos y guardando silencio, la madre busca estos papeles y luego se los lleva a su padre. Mientras lo hace, ve cómo afuera —en el pasillo— unos hombres de civil llevan a rastras a un profesor de matemáticas y a un estudiante, los golpean y los insultan; la violencia está ahora en la puerta de sus hogares. Los militares confirman que el anciano fue militar y se marchan del lugar. La violencia siempre termina llegando a las puertas de nuestros hogares, buscan falsos positivos para incrementar las estadísticas de los “delincuentes” y “terroristas” que capturaron en nombre de la represión gubernamental. 

El tiempo sigue transcurriendo y, en las horas de la noche, las líneas telefónicas son restablecidas, la madre decide preparar una comida para los jóvenes y el resto de la familia mientras esperan la llegada del padre. El ambiente es tenso y lleno de terror, el padre llega a casa y se ve aliviado, pero aún así acongojado por todo lo que tuvo que ver fuera del edificio donde viven. Les cuenta a todos cómo los militares llenaban dos camiones con cuerpos de persona y cómo los militares golpearon a un médico que les reclamaba, pues había encontrado a una anciana con una herida de bayoneta en la espalda.

Después de hablar un rato, deciden sentarse a escuchar las noticias y es en ese momento en el que confirman, aún más, la manera en que los medios están amangualados con el gobierno y sus fuerzas militares, en especial, cuando dicen que los manifestantes tenían francotiradores y estos iniciaron el fuego al atacar a las fuerzas policiales y militares, lo que dio pie al despliegue armado. Al oir esta afirmación, la indignación es grande y se refleja en el rostro de los jóvenes. 

Los gobiernos siempre compran a los grandes medios de comunicación para desinformar, tenemos a dos grandes ejemplos en la televisión de nuestro país y ni qué decir de los medios escritos. Nada como la infame imagen de las noticias de las 7:00 pm de RCN, diciéndole al pueblo que la multitudinaria marcha que se veía en Cali era porque celebraban y no porque protestaban a favor del Paro Nacional. Para eso están conformados esos medios: para mentir y tergiversar, ese es el famoso cuarto poder.

Después de esto deciden ir a descansar y planean cómo saldrán cuidadosamente en la mañana para volver a sus hogares. Parece que el horror ha acabado y que por fin podrán descansar. Transcurre la noche y llega la madrugada, y es en este momento que nos muestran una escena muy potente en la que una madre angustiada y sufriendo por su hijo recorre piso por piso el edificio de apartamentos, llama a su hijo desaparecido. Una escena fuerte y que no se aleja de la realidad latinoamericana y  de todo país que ha pasado por momentos iguales a estos. Los jóvenes alzan sus cabezas y escuchan a la mujer, después de esto vuelven a dormir. 

En la mañana, golpean la puerta, son tres hombres armados y vestidos de civil; ordenan que abran la puerta. Los padres se levantan, los jóvenes inmediatamente se esconden en el baño, los hijos mayores se quedan en su cuarto, el abuelo esconde al niño menor bajo la cama y la niña menor se queda en el cuarto de sus padres. Los hombres armados entran y amedrentan a toda la familia, no hay respeto de ninguna clase, el padre les advierte que es un trabajador del gobierno y como respuesta le amenazan con un arma, pues —en palabras de quien le amenaza— esa es la única influencia que vale en ese momento. 

Los jóvenes son descubiertos y es en este punto donde el título de la película cobra sentido, es en medio del amanecer que los jóvenes son ejecutados uno por uno. a madre, el padre y el abuelo, la niña y uno de sus hermanos mayores logran salir al pasillo, el otro hermano mayor es ejecutado en el apartamento. En el pasillo se escuchan varios tiros, luego solo queda silencio y despacio sale el niño menor de bajo de la cama. El niño llama a su mamá; sale del cuarto y los ve a todos muertos; camina descalzo sobre la sangre y los cadáveres; luego, en el pasillo fuera del apartamento, encuentra a su otro hermano mayor y a su hermanita ejecutados; llega a la última planta y ve a un soldado patrullando y a otro limpiando el suelo ensangrentado.E el niño se aleja, él sobrevivió esa mañana, pero su inocencia no.

Todos tenemos como referente a La Noche de los Lápices (1986), pero quería traer esta película que tal vez es poco conocida, pero que cuando la ves golpea con fuerza. Es inevitable sentirse identificado con los personajes y los sucesos acontecidos en aquel año son referentes que se deben tener en cuenta y que no se deben olvidar. El arte es un medio por el cual historias como estas siempre estarán ahí para permitirnos recordar; el arte nunca nos dejará olvidar; y, por esta, razón el arte se debe cuidar, porque es un testimonio para muchas personas y muchas generaciones que vendrán. 

Referentes

Fons, Jorge; Bonilla, Héctor & Trujillo, Valentín. (1989). Rojo amanecer. México: Cinematográfica Sol S.A.

Poniatowska, Elena. (1971). La Noche de Tlatelolco: Testimonios de historia oral. México: Ediciones Era.

Olivera, Héctor & Ayala, Fernando. (1986). La Noche de los Lápices. Argentina: Aries Cinematográfica Argentina Sociedad Anónima.