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Editoriales | Octubre

Sobre minifaldas y rebeldía

Laura María García
[email protected]
Estudiante de Diseño Visual
Universidad de Caldas

¿Cómo es que, en pleno 2021, 50 centímetros de tela y 130 centímetros de pierna pueden ser tan problemáticos? Tal vez, al impulsar la minifalda en los años 60, Mary Quant pensó que la sociedad estaba preparada para que las mujeres enaltecieran sus piernas desnudas y las enmarcaran entre zapatos y textiles de todos los colores, y si no lo estaba ¿a quién le importaba? al fin y al cabo terminaría convirtiéndose en símbolo de rebeldía. Sin embargo, después de 60 años y de considerables logros patrocinados por movimientos feministas, la minifalda sigue siendo fuente de controversia entre los más tradicionalistas.

¿Cómo podríamos omitir las voces cuchicheando cosas enfermizas? Elegir ponerse una minifalda depende, finalmente, del nivel de tolerancia que tengamos ─tolerancia no, aguante─­ para recibir, como mínimo, miradas malintencionadas. Aunque en un principio esta prenda haya sido tan escandalosa, significó también la liberación de la mujer ante las regulaciones de vestimenta tradicionalistas, además de la comodidad y versatilidad que representaba una falda que quedaba bien en todo tipo de cuerpo. Adicional a esto, con el uso de la pastilla anticonceptiva, la creciente independencia económica y la búsqueda de libertad, la sociedad demandaba revolución y transpiraba rebeldía; requerimientos que la minifalda cumplía.

Es importante resaltar el cambio que la sociedad británica experimentaba en la década de los 60, pues Quant se encargó de impulsar este atuendo entre una población que se encontraba en transformación. La minifalda se abría paso entre una juventud que rebosaba aguate y se levantaba contra la cultura de las ataduras y las inhibiciones. Jacky Hyams, en su libro White Boots & Miniskirts lo describe como la Era dorada del optimismo donde «Mini-skirted London was widely acknowledged as the swinging city, an unprecented explosion of Brit creativity had made a huge impact all over the world… Youth culture was big news, on the march, especially across the Atlatic» (2013). Esta explosión de creatividad, propia de los jóvenes londinenses, funcionó como motivación para la re-significación de diversas dinámicas sociales, por ejemplo, la moda.

Para ese entonces, la mujer se desligaba de miedos tales como el embarazo no deseado, leyes anticuadas de divorcio, restricciones económicas por género; todo empezaba a girar alrededor de la libertad (Hyams, 2013). Deshacerse de las siluetas Christian Dior, de maxifaldas acampanadas y pasar a las minifaldas versátiles de Quant era una oda a esa anhelada libertad.

Mientras Mary Quant y André Courrèges se disputaban la autoría de tan escandalosa pieza, el espacio de trabajo, la casa, restaurantes, bares y, sobre todo, la calle se volvían escenarios de mujeres con piernas descubiertas. Fue en ese momento que la democratización de la moda se convirtió en una realidad, y la sociedad femenina se apropió de su cuerpo para poder exhibirlo con mayor seguridad:

(…) [la] visibilización de la corporeidad como toma de conciencia del poder biopolítico de la indumentaria planteaban un amplio espacio de reivindicación que los diseñadores de la moda joven intentaban conquistar y que hablaba de una nueva forma de entender la corporeidad. (García, 2020, p. 43)

Las nuevas siluetas propuestas por Quant eran la respuesta a lo que la sociedad y, sobre todo, la mujer de los años 60 pedía: la emancipación de los estándares anticuados de la posguerra y la apropiación del cuerpo femenino como expresión de libertad. De hecho, a lo largo de la historia la moda, como el arte, han sido la representación de los fenómenos sociales. La moda constituye, en palabras de Julio Salazar (2011), un elemento estético sociológico proveniente de las calles. Con el objetivo de expresar ideas y conceptos, la indumentaria da cuenta de las dinámicas de una época en la que cada día se multiplicaban las mujeres con minifaldas y las minifaldas con menos tela.

La defensa de la minifalda jamás ha sido pasiva. No se debe considerar que todos pensaron maravillas de ella, que la recibieron con los brazos abiertos y las piernas destapadas o, mucho menos, que aceptaron que la mujer expusiera su corporalidad. La rebeldía, transgresión y comodidad que la minifalda significaba hasta entonces, empezaba a tergiversarse. Los detractores de esta prenda se lanzaron a tildarla de obscena y desagradable; las mujeres más conservadoras optaron por considerarla «horrorosa» e «indecente», según Chanel (como se cita en Foreman, 2014). «La minifalda es una reacción contra el convencionalismo y el puritanismo inglés» (Pueblo, 1968, como se cita en García, p. 47) y para muchos significaba una amenaza a las buenas costumbres y a la moral.

En aquella época, las minifaldas generaron tanta convulsión que se las empezó a culpar de los males de la revolución sexual de la sociedad ¿50 centímetros de tela? Sí, pero significaban rodillas y muslos «peligrosamente» descubiertos. La minifalda empezó a influir en esferas políticas: la Ciudad del Vaticano prohibió la entrada de mujeres con estas prendas. París casi las veta después del mensaje público de la prefectura de Policía, el cual afirmaba que «las minifaldas atraen a los desequilibrados y se les considera responsables del aumento de violencias de orden sexual» (Pueblo, 1967, como se cita en García, 2020, p. 49).

Una vez realizado el recorrido histórico, nos damos cuenta de que usar minifalda se pensó como símbolo de resistencia y liberación, pero se terminó convirtiendo en «atrevimiento» e «incitación». 60 años después se sigue juzgando a las mujeres que sufren abuso por la ropa que llevan[1]; después de tantas revoluciones culturales y protestas por la liberación de nuestros cuerpos, seguimos dudando de usar esta prenda de 50 centímetros de tela, la cual puede exhibir rodillas, muslos, tobillos, osadía y resistencia.

Conocer la historia de la minifalda nos lleva a valorarla como lo que es: un instrumento estético para la apropiación de nuestro cuerpo femenino. Y, ojalá no tenga que pasar mucho tiempo para que las futuras generaciones de mujeres se sientan seguras de que nadie atentará contra ellas por usarla. En últimas, los cuerpos no deben ser cubiertos para exigir respeto y la moda, como el arte, es la manifestación de la individualidad y de la sociedad. En este sentido, debe ser respetada hasta el punto de que las piernas se enmarquen y se enaltezcan las faldas por ser uno de los medios de expresión más revolucionarios. Como dijo Mary Quant en un reportaje para la revista Pueblo: «La minifalda no tiene que ver con eso [los males del siglo] […] los que no estén de acuerdo que se cubran hasta los tobillos» (p. 48).


Referencias

Blue Radio. (2013, 12 de noviembre).  A qué está jugando una niña que llega en minifalda: Andrés Jaramillo. https://www.bluradio.com/48044/que-esta-jugando-una-nina-que-llega-en-minifalda-andres-jaramillo

Foreman, Katya. (2014, 20 de julio). La minifalda: cómo surgió la prenda que conquistó al mundo. BBC Mundo. https://www.bbc.com/mundo/noticias/2014/07/140717_iconos_moda_minifalda_finde_dv

Garcia, Francisco. (2020). Mary Quant en España. La mini, la midi y la maxi a través de las fotografías de Juana Biarnés para el diario Pueblo. Indumenta: Revista del museo del traje (3), 40-55. https://www.culturaydeporte.gob.es/mtraje/en/dam/jcr:57057ff8-1bfd-4c8c-8b69-5ec4fc21ea5d/3-indumenta-04-maryquant.pdf

Hyams, Jacky. (2013). White Boots & Miniskirts – A True Story of Life in the Swinging Sixties: The follow up to Bombsites and Lollipops. Londres: Editorial John Blake.

Salazar, Julio. (2011). MODA, IDENTIDAD Y CAMBIO SOCIAL. Tres aspectos importantes del estudio de la industria cultural. http://files.americanadisenho.webnode.es/200000007-7a3187b2b4/J_SALAZAR.pdf


[1] Ejemplo de esto es el caso del restaurante colombiano Andrés Carne de Res, cuyo propietario, en una entrevista con la cadena radial Blu Radio (2013), comentó sobre la violación de la joven en el parqueadero del local y se refirió, específicamente, al sobretodo y a la minifalda que llevaba para descargar la culpa en su vestimenta y no en el agresor.

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Editoriales | Septiembre

¿Cómo se produce el movimiento de desplazamiento en los animales racionales e irracionales según Aristóteles?

Cindy Paola Lancheros Conde [1]
Estudiante de Pregrado en Filosofía
Universidad Nacional de Colombia sede Bogotá
[email protected]

“[T]odos los animales mueven y son movidos para algo, de modo que eso para lo que se mueven es para ellos el término de todo movimiento” (Aristóteles, Movimiento de los animales, 700b15-17).

Resumen

En este escrito se intenta dar cuenta de cómo, según Aristóteles, los animales logran desplazarse por sí mismos. Para ello dispondremos de cuatro secciones. En la primera de ellas exploraremos uno de los factores que pone en movimiento locativo al animal en cuanto animal; este es el objeto de deseo. A su vez, esta sección se subdivide en dos: en un primer momento caracterizaremos aquellos elementos del deseo que son comunes a todos los animales y, después, especificaremos aquellos que son propios de los animales racionales, junto con los tres tipos de movimiento locativo que resultan de ellos: acción continente, incontinente, y virtuosa. Acto seguido, en la segunda sección, explicaremos la deliberación, en cuanto cálculo racional. Luego, en la tercera sección, advertiremos el segundo factor implicado en el movimiento locativo, la phantasía, y dilucidaremos la distinción entre aisthetikè phantasía y phantasía logistikē. En la cuarta sección, mostraremos cómo puede representarse dicho movimiento en la figura del silogismo práctico. Por último, presentaremos algunas conclusiones derivadas de las secciones anteriores, en las que se evidencia cómo se produce el desplazamiento animal.

Palabras clave: acción, deseo, phantasía, deliberación, silogismo práctico.

Abstract

In this paper attempts to account for how, according to Aristotle, animals manage to move by themselves. For this we will have four sections. In the first one we will explore one of the factors that places the animal as an animal in locative movement; this is the object of desire. In turn, this section is subdivided into two: at first, we will characterize those elements of desire that are common to all animals, and later, we will specify those that are characteristic of rational animals, along with the three types of locative movement that result from them: continent, incontinent, and virtuous action. Immediately after, we will explain the deliberation, as a rational calculation. Then, we will notice the second factor involved in the locative movement, phantasía, and we will elucidate the distinction between aisthetikè phantasía and phantasía logistikē. Fourth, we will show how this movement can be represented in the figure of the practical syllogism. Finally, we will present some conclusions derived from the previous sections, which demonstrate how animal displacement occurs.

Keywords: action, desire, phantasía, deliberation, practical syllogism.

Dos factores, nos dice Aristóteles, son los que ponen en movimiento locativo al animal en cuanto animal: el deseo y el intelecto, en dado caso que la phantasía sea alguna clase de intelección (Aristóteles, Acerca del alma, 433a9). En primer lugar, en lo concerniente al intelecto, hay una distinción entre intelecto práctico e intelecto teórico. El primero de ellos es siempre en vista de algo y concluye en una acción, mientras que, el segundo, no se refiere a la acción y resulta en una proposición, ya que él no nos dice qué debe perseguirse ni qué se debe evitarse en cada caso, sino que opera por medio de la afirmación y la negación (cfr. Aristóteles, Ética Nicomáquea, 1139a24). Además, el deseo también comparte el carácter de ser en vista de algo del intelecto práctico, por lo que su objeto constituye el punto de partida de este último[2]. Y en la medida en que esto es así, cuando el objeto de deseo mueve, pone en movimiento al intelecto práctico, que es quien inicia la acción. Como consecuencia, solo se puede llevar a cabo un cálculo racional —deliberación— si hay un objeto de deseo que funcione como principio del intelecto práctico. En segundo lugar, es posible entender que la phantasía es un tipo de intelección práctica, si tenemos en cuenta que “las imágenes son como perceptos para el alma intelectiva (…)” (Aristóteles, Acerca del alma, 431a15). De ahí se sigue que si el intelecto práctico no mueve nada sin un objeto deseo, la phantasía tampoco lo hará. Y dado que esto es así, el principio de movimiento está en la facultad propia de dicho objeto; esta es la desiderativa: “El motor es, entonces, uno solo: la facultad desiderativa” (Aristóteles, Acerca del alma, 433a21).

Primer factor: objeto de deseo

Facultad desiderativa en los animales racionales e irracionales

Cabe aclarar que no es el deseo por sí mismo el que mueve, sino su objeto. Este objeto puede corresponder al bien o al bien aparente, mas, con independencia de cual de los dos sea, su referencia siempre será al bien práctico, esto es, aquel que puede ser de otra manera y que es realizable (cfr. Aristóteles, Acerca del alma, 433a29-31). Según Aristóteles, siempre deseamos lo bueno, ya que “(…) el bien es aquello hacia lo que todas las cosas tienden” (Aristóteles, Ética Nicomáquea, 1094a2) y “(…) todo lo que uno hace voluntariamente lo hace deseándolo, y lo que uno desea lo hace voluntariamente, pero nadie desea lo que cree que es malo” (Aristóteles, Ética Eudemia, 1223b7-5). Sin embargo, dado que no hay claridad de si lo que se desea es el bien o bien aparente, el deseo y la phantasía están sujetos al error. Desde luego, a alguien se le puede aparecer algo como bueno, pero no existe la certeza de si lo que se le aparece es el bien real o no. Es así como no siempre se considera la misma cosa como buena porque se está sujeto a la contingencia y a otros factores que serán explicados más adelante.

Aunque la facultad en virtud de la cual se da el movimiento locativo sea una en especie —desiderativa—, es mucha en motores —múltiples objetos posibles de deseo y diversas formas de aparecer de los mismos—. En razón de ello, se distinguen tres factores que intervienen en dicho movimiento: (i) el motor, que es doble: por una parte, (a) el motor inmóvil por cuanto inteligido o imaginado —en este caso, el objeto de deseo en acto, es decir, el bien práctico— y, por la otra, (b) el que mueve y es movido (la facultad desiderativa); (ii) aquello con lo cual el motor mueve algo que ya es corpóreo; y (iii) aquello que es movido —el animal—. El objeto de deseo, como consecuencia, aunque permanezca inmóvil, es capaz de mover a la facultad desiderativa, que, a su vez, mueve a los cuerpos para alcanzar determinado fin. Es así como el animal empieza a moverse de manera voluntaria, movido por la facultad desiderativa y, en último término, por el objeto de deseo. Para causar movimiento, es necesario, además, que la facultad mueva con un instrumento corpóreo que debe ser considerado como una función u operación común al alma y al cuerpo[3] (cfr. Aristóteles, Acerca del alma, 433b20).

Una explicación más amplia acerca del motor inmóvil es proporcionada con los siguientes dos ejemplos: (i) así como ninguna fuerza, por intensa que esta sea, puede mover un barco desde su interior y, en cambio, si alguien se sirve de una pértiga o de cuerdas, no harán falta más que un grupo de marineros para moverlo desde fuera; así también todo lo que se mueve necesita de un punto de apoyo extrínseco para moverse (Aristóteles, Movimiento de los animales, 698b2-10). (ii) una segunda muestra de que este —motor inmóvil— es un requisito para el movimiento se hace manifiesta en las articulaciones de los animales. En ellas “(…) el principio está en reposo y el fin en movimiento” (Aristóteles, Acerca del alma, 433b24), es decir, en el caso del brazo, para que pueda ser movido, es necesario que una parte del animal permanezca fija, a saber, el hombro, y así sucesivamente.

Facultad desiderativa en los animales racionales

En la facultad desiderativa, además, encontramos una clasificación de los deseos, según sean racionales —volición— o irracionales —apetito e ímpetu—. En virtud del primer tipo, los animales que tienen cálculo racional pueden moverse guiados por la recta razón, mientras que, gracias al segundo, en cuanto discrepa con dicho cálculo, los animales —racionales o no— se mueven según el apetito o el ímpetu. Así, el deseo puede obedecer a la razón, pero, también puede negarse a escucharla e ignorar sus mandatos. En este último caso es cuando nace la epithymía —apetito—, pues se mueve apenas algo se le presenta como agradable o placentero. Además, el thymós —cólera o ímpetu— es capaz de escuchar a la razón, aunque de manera incorrecta: “Así, la ira oye, pero, a causa del acaloramiento y de su naturaleza precipitada, no escucha lo que se le ordena, y se lanza a la venganza” (Aristóteles, Ética Nicomáquea, 1149a29-30). En último término, está el deseo que escucha a la razón y se deja persuadir por ella; este es la boúlesis —volición—.

A diferencia de los animales incapaces de llevar a cabo un cálculo racional, en los seres humanos “(…) los deseos se tornan contrarios entre sí” (Aristóteles, Acerca del alma, 433b5). Esta disputa de deseos se da entre los deseos racionales y los irracionales, y puede generar tres tipos de movimiento locativo. El primero de ellos es la acción del incontinente, en quien domina el deseo irracional, apetitivo e inmediato sobre su pensamiento. El segundo tipo de acción es la propia del continente, quien domina su apetito y se mueve según el deseo racional, pues este muestra que es bueno algo más allá del placer ipso facto. La última acción es aquella que ejerce el virtuoso, el prudente; aquel que, gracias a la buena deliberación, no erra cuando busca el bien:

El hombre bueno, en efecto, juzga bien todas las cosas y en todas ellas se le muestra la verdad (…) y, sin duda en lo que más se distingue el hombre bueno es en ver la verdad en todas las cosas, siendo como el canon y medida de ellas. (Aristóteles, Ética Nicomáquea, 1113a28-33, énfasis agregado)

Los animales racionales, además, son aquellos “que tienen percepción del tiempo” (Aristóteles, Acerca del alma, 433b7), esto es, aquellos que tienen rememoración: “(…) los demás animales participan de la facultad de recordar [memoria], pero, por así decirlo, de practicar la reminiscencia, ninguno de los animales conocidos, fuera del hombre. La causa es que la reminiscencia es una especie de inferencia” (Aristóteles, Acerca de la memoria y de la reminiscencia, 453a8-10). Así, la reminiscencia se entiende como una capacidad para reconstruir el pasado de manera activa, por medio de la asociación de imágenes. Al rememorar, como consecuencia, se relacionan imágenes hasta obtener lo que se quiere. En contraposición con el mero recuerdo que sobreviene pasivamente por una afección, la rememoración es la búsqueda e indagación activa de algo. Aparte de ser capaces de rememorar, los seres humanos también pueden inclinar su pensamiento y sus deseos hacia el futuro, debido a su facultad racional. Los objetos de deseo del hombre, entonces, pueden apuntar a lo que se aparece como bueno a mediano y largo plazo, y a una visualización global de la vida como buena. El ser humano es capaz, pues, de abstenerse de ciertos placeres inmediatos en procura de otro objeto o propósito que se le presente como bueno y preferible.

En el caso del incontinente, tal perspectiva del futuro se ve afectada y su conducta puede ser caracterizada como “una caída del agente racional de praxis en el presente inmediato” (Vigo, 2006, p. 287). Los incontinentes actúan, por consiguiente, en contra de sus propias creencias sobre lo que consideran bueno y se dejan llevar por lo que se les aparece como placentero; no advierten el futuro y se entregan a lo inmediato, así esto resulte ser opuesto a sus convicciones. En su disputa de deseos, por tanto, resulta victorioso el deseo irracional que lleva al ser humano a moverse en virtud de su apetito y no en pro de lo que considera mejor para su vida. El objeto de deseo es, en este caso, algo que el sujeto concibe como bueno —aun cuando sea disímil de sus creencias sobre lo que es bueno para su vida— y, de este modo, aunque la acción sea mala o poco benéfica, existe un deseo real que le da inicio, el cual solo puede resultar del bien o del bien aparente.

Con esto se muestra porqué, a diferencia de los demás animales, los animales racionales pueden llegar a ser incontinentes. Los animales irracionales, por su parte, no tienen convicciones sobre lo que es mejor en su proyecto de vida o sobre las consecuencias que tiene una acción a largo plazo. Ellos se guían solo por instinto, por aquello que en el presente se aparece como agradable, como un bien en sentido estricto; de modo que no actúan en contra de lo que consideran bueno, sino que siempre lo siguen. Por ello es que “sólo hay propiamente incontinencia allí donde, junto a deseos y apetitos no racionales, hay también deseos y convicciones racionales que pueden ser ocasionalmente abandonados en favor de los primeros” (Vigo, 2006, p. 295).

Deliberación

Antes de explicar el otro factor que pone en movimiento locativo al animal, es necesario dilucidar el proceso de deliberación a través del cual el sujeto elige el medio con el que va a alcanzar su objeto de deseo. A diferencia del deseo, la elección es de cosas realizables para cada individuo y es el resultado de la deliberación. En palabras de Aristóteles:

(…) [D]eseamos estar sanos, pero elegimos los medios mediante los cuales podemos alcanzar la salud, y deseamos ser felices y así lo decimos, pero no podemos decir que elegimos (serlo), porque la elección, en general, parece referirse a cosas que dependen de nosotros (Ética Nicomáquea, 1111b27-32).

La elección es de lo que consideramos como bueno. La deliberación tiene que ver con “cosas que suceden la mayoría de las veces de cierta manera, pero cuyo desenlace no es claro y de aquellas en que es indeterminado” (Aristóteles, Ética Nicomáquea, 1112b7-10), es decir, tiene que ver con cosas contingentes. Desde este punto de vista, la deliberación es posterior al objeto de deseo. Como se evidencia en el caso del médico (cfr. Aristóteles, Ética Nicomáquea, 1112b13), nunca se duda del objeto de deseo, de producir salud, sino que se examinan los medios más idóneos para conseguir dicho objeto. El fin ya está determinado por lo que no es tema de deliberación, más bien, es el punto de partida desde el cual inicia la deliberación. La estructura de la acción racional para Aristóteles es, por tanto, como sigue: objeto de deseo, deliberación de la mejor forma de alcanzar el fin, elección del medio como resultado de la deliberación y acción como adquisición del fin.

Segundo factor: phantasía

Como mencionamos al inicio del escrito, el otro factor —aparte del objeto de deseo— que pone en movimiento locativo al animal es la phantasía. En su caracterización, Aristóteles nos dice que: “(…) la imaginación será un movimiento producido por la sensación en acto” (Acerca del alma, 429a2-3), y “(…) parece ser un cierto movimiento que no puede producirse sin sensación, sino que se da en cosas dotadas de sensación y entre las cuales hay sensación (…)” (Acerca del alma, 428b11-13). Las representaciones imaginativas, por su parte, son resultado de la actividad sensitiva; algunas resultan ser remanentes de la sensación en acto. En este sentido, la phantasía es “(…) aquello en virtud de lo cual decimos que una cierta imagen se produce en nosotros (…)” (Aristóteles, Acerca del alma, 428a2). La phantasía también juega un papel cuasi-perceptivo en los casos en que la facultad sensitiva no puede ejercer con precisión su función, por ejemplo, cuando los órganos sensoriales no están sanos o el objeto de percepción está muy distante o donde no hay suficiente luminosidad. Lo que se percibe en estas circunstancias no responde de manera clara y directa a los sensibles en cuestión y, por lo tanto, está sujeta al error. Un caso del que nos podemos servir para ilustrar este fenómeno es el Test de Snellen, a medida que las letras de la gráfica decrecen o que la distancia del sujeto respecto a ellas aumenta, la phantasía tiene que efectuar un mayor trabajo para “identificar” las letras que se le aparecen al paciente y ante mayores deficiencias oculares, mayor es el lugar que cumple la phantasía en la percepción.

A pesar de que las representaciones imaginativas resulten falsas la mayoría de las veces (cfr. Aristóteles, Acerca del alma, 428a13), hay ocasiones en las que la phantasía sí muestra lo que es el caso. Este mostrarse es relativo a cada sujeto, en cuanto a cada quien se le aparecen las cosas de determinada manera. Así pues, es en virtud de la phantasía que al virtuoso se le aparece el bien y que al incontinente se le presenta el bien aparente. Bajo este panorama es posible aventurar una concepción básica de phantasía: es la capacidad de producir en el alma una experiencia cuyo aparecerse, es decir, cuyo contenido fenoménico, es semejante al de las sensaciones, pero que no necesita de ningún objeto sensible presente para producir dichas imágenes.

Tal como se sugirió de manera breve, la phantasía influye en el aparecer del bien a cada sujeto, así este posea una capacidad racional o no. Esto quiere decir que las distintas apariencias y apariciones que hacen de un objeto algo deseable son dadas en virtud de la phantasía. Sin importar la disposición que se tenga, el bien o el bien aparente siempre se aparecen por cuanto son inteligidos o imaginados (cfr. Aristóteles, Acerca del alma, 433b12) y, por tanto, a causa de la phantasía alguien puede estar más cercano al bien que otro. A pesar de ello, la forma en la que el bien se nos aparece no es arbitraria, ya que la phantasía “(…) es una afección que depende de nosotros y podemos imaginarnos algo cuando queremos” (Aristóteles, Acerca del alma,  427b19); que X o Y se presenten como deseables no depende, entonces, más que del sujeto mismo.

Esta capacidad para producir imágenes, en su manifestación más general y común a los animales, recibe el nombre de aisthetikè phantasía —imaginación sensitiva—. A partir de ella algo se puede presentar como apetecible o agradable y, por eso, los animales se lanzan a buscarlo. Además de esta, existe un tipo de phantasía más depurada y distintiva de los seres racionales: la phantasía logistikē —imaginación deliberativa—que opera como un ingrediente de la deliberación:

(…) [L]a imaginación sensitiva (…) también se da en los demás animales; la deliberativa, en cambio, solamente en los que hacen cálculos racionales. En efecto, si uno va a llevar a cabo esto o esto otro, eso ya constituye una función propia de un cálculo racional. Y es forzoso que el agente establezca la medida con una sola cosa, pues persigue lo más importante. Es capaz, por tanto, de producir una imagen a partir de muchas. (Aristóteles, Acerca del alma,  434a6-11; énfasis agregado)

Por esta razón es que, en el proceso deliberativo, la búsqueda del mejor medio para alcanzar el fin está determinada por las múltiples imágenes que un individuo posee. Tales imágenes o medios posibles son sintetizados en uno solo, el cual se escoge como ruta de acción. Para ello no basta la aisthetikè phantasía, ya que no nos presentaría los medios óptimos o preferibles, sino los más apetecibles. El animal racional necesita, por tanto, de una phantasía que acompañe su deliberación y que le permita examinar la mejor forma de acceder a fines que van más allá de lo inmediato y placentero. A través de la phantasía logistikē es que el virtuoso consigue guiar su actuar de manera recta, con los mejores medios para el mejor fin. De ahí que Aristóteles diga que: “(…) tanto la virtud como el vicio están en nuestro poder” (Ética Nicomáquea, 1113b8), y que “(…) si cada uno es, en cierto modo, causante de su modo de ser, también lo será, en ciertamanera, de su imaginación” (Ética Nicomáquea, 1114b1-2).

Silogismo práctico

El movimiento también es explicado por Aristóteles en términos de un silogismo práctico, el cual se entiende como una forma de razonamiento que nos lleva a la acción. Para esta clase de silogismo se hacen necesarias dos premisas, una respecto a un enunciado universal (premisa mayor): “(…) una persona tal debe hacer tal cosa” (Aristóteles, Acerca del alma, 434a18); y otra sobre lo particular (premisa menor): “(…) esta es una acción de tal clase y (…) yo soy una persona de tal tipo” (Aristóteles, Acerca del alma, 434a19). En el De Motu (Aristóteles, Movimiento de los animales, 701a24-25) se considera que estas premisas refieren a lo bueno y a lo realizable, correspondientemente. Esto es, la premisa mayor da cuenta de qué es lo bueno, por medio de la determinación de en virtud de qué se debe actuar. En cambio, la premisa menor refiere a qué se puede hacer, es decir, muestra —por medio de la percepción, el intelecto o la phantasía— los medios posibles para alcanzar el fin (premisa mayor), dependiendo del tipo de persona que se sea y de la disposición que se tenga.

Un ejemplo de esta forma de razonamiento se nos presenta en el De Motu (Aristóteles, Movimiento de los animales, 701a32-33): “Debo beber, dice el apetito [(premisa mayor)]: he aquí una bebida, dice la sensación o la imaginación o la razón [(premisa menor)]; se bebe inmediatamente [(acción)]”. Como se evidencia, la premisa universal remite a un deseo apetitivo, el cual se expresa como un mandato. Por su parte, la premisa particular presenta la percepción inmediata de un objeto que se aparece como un medio para satisfacer el deseo de beber. Por último, es de la necesaria concatenación de estas dos premisas que surge la acción; de otro modo, aunque se tuviera el deseo de beber, pero no hubiera algo para ingerir o algo que se presentara como un medio para alcanzar dicho fin, la acción no se daría, ya que esta no pertenecería al ámbito de lo realizable. Cabe notar que, en el caso de los seres humanos, a diferencia de los otros animales, la premisa menor está determinada por el resultado de la deliberación.

En el ámbito del silogismo práctico hay algo que resulta interesante subrayar y es la posibilidad de actuar sin aplicar la premisa universal al hecho actual (premisa menor). Tal es el caso del incontinente, quien, aunque conoce el mandato moral, se ve inclinado a lo que se le aparece como placentero y, por ello, es incapaz de actualizar la premisa particular. Esta manera de actuar, no obstante, se da gracias a que el agente no ha recibido una educación virtuosa que le permita tener control sobre sus impulsos instintivos. Para actuar, él tiene que resolver el conflicto de deseos que se le presentan. Así, como se manifiesta en la Ética a Nicómaco (Aristóteles, 1147a29-b4), en el caso de tener un deseo racional —“debe evitarse gustar lo azucarado”— y uno irracional —“deseo de gustar lo azucarado”—, y una misma situación —“esto que es una cosa concreta es dulce”—, el incontinente conecta la premisa menor con el deseo apetitivo e ignora el deseo racional de lo que considera mejor. De ahí que su acción resulte en gustar en seguida el dulce. En contraposición, el continente conecta la premisa particular con su deseo racional, de modo que evita gustar de lo dulce.

Consideraciones finales

“Por tanto, en general, como se ha dicho, el animal puede moverse a sí mismo de esta manera en la medida en que tiene facultad de desear; pero la facultad de desear no se da sin imaginación” (Aristóteles, Acerca del alma, 433b28-30). Es por esto que tanto el objeto de deseo como la phantasía sean condiciones necesarias para iniciar el movimiento locativo del animal. En el caso de los animales racionales, el esquema se complejiza más, puesto que la parte calculadora de su alma los lleva elegir la mejor vía para conseguir un fin. En estos seres, por ende, la deliberación constituye un elemento menester a la hora de llevar a cabo una acción. Tal proceso deliberativo, sin embargo, no opera solo, ya que, para lograr una elección, necesita de la phantasía logistikē y de las imágenes resultantes de esta.

Cabe notar, además, que la acción racional está determinada por el carácter de cada sujeto. Son, a fin de cuentas, tres los factores que caracterizan la acción de los seres humanos en cuanto animales racionales: (i) objeto de deseo, (ii) phantasía aisthetikè y logistikē— y (iii) deliberación. Tanto (i) como (ii) son comunes a los demás animales, pero (ii) solo cuando actúa como aisthetikè phantasía. Queda dicho, pues, el modo en el que los animales son capaces de desplazarse por sí mismos y cómo tal movimiento puede verse representado en el esquema del silogismo práctico.


Referencias

Aristóteles. (1987). Acerca de la memoria y de la reminiscencia. Traducción de Ernesto La Croce y Alberto Bernabé. Gredos.

Aristóteles. (1998a). Ética Eudemia. Traducción de Emilio Lledó. Gredos.

Aristóteles. (1998b). Ética Nicomáquea. Traducción de Emilio Lledó. Gredos.

Aristóteles. (2000). Movimiento de los animales. Traducción de Elvira Jiménez y Almuneda Alfonso. Gredos.

Aristóteles. (2010). Acerca del alma. Traducción de Marcelo Boeri. Colihue.

Moss, Jessica. (2012). Aristotle on the Apparent Good: Perception, Phantasía, Thought, and Desire. Oxford University Press.

Polansky, Ronald. (2007). Aristotle’s De anima: A Critical Commentary. Cambridge University Press.

Vigo, Alejandro. (2006). Razón Práctica y Tiempo en Aristóteles. Futuro, incertidumbre y sentido. En: Estudios Aristotélicos, cap. IX, p. 279-300. EUNSA.


[1] Agradezco a Sebastián Moreno, de la Universidad Nacional de Colombia, por su contribución en la elaboración de este artículo.

[2] Esto se evidenciará luego, cuando expliquemos la relación entre deliberación y objeto de deseo.

[3] Aristóteles no señala cuál es dicho instrumento. Sin embargo, en la literatura secundaria hay la sugerencia de interpretarlo como el pneuma. Del cual se habla en el De Motu (cfr. 703a5-28), en cuanto él es capaz de dilatarse y contraerse, y tiene cierto poder y fuerza para mover al animal. El desarrollo de dichas posturas, no obstante, va más allá del objeto de esta ponencia.

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Editoriales | Septiembre

«Las cosas que perdimos en el fuego» (2016) y el terror latinoamericano

M. Andrea Soto
[email protected]

Las cosas que perdimos en el fuego de Mariana Enríquez fue publicado en el 2016 por la editorial Anagrama. Es un compilado de cuentos de terror latinoamericano —específicamente argentino—, en el que priman los misterios paranormales y la violencia urbana en un contexto tercermundista, A continuación, se hará un breve diagnóstico respecto a las temáticas desarrolladas por Enríquez en algunos de los cuentos recopilados.

Sobre la antología: violencia y terror latinoamericano

Gran parte de las atmósferas exploradas por Enríquez se centran en la mezcla entre la violencia y el misterio, ambas temáticas hacen del libro una ventana al mundo real que se vive diariamente en América Latina. Y es precisamente este tipo de narrativa —entre violenta, cruel y terrorífica— lo que atrae con demasía cada uno de sus cuentos. La autora no busca romantizar la pobreza extrema, sino contar historias desde el barrio, desde la cotidianidad, desde el reconocimiento de zonas marginadas y olvidadas por el Estado, como lo es el barrio Constitución en Buenos Aires. El siguiente fragmento hace parte del cuento El chico sucio (Enríquez, 2016) con el que la autora empieza la antología:

No quiero escuchar las historias de terror del barrio, que son todas inverosímiles y creíbles al mismo tiempo y que no me dan miedo; al menos, de día. Por la noche, cuando trato de terminar trabajos atrasados y me quedo despierta y en silencio para poder concentrarme, a veces recuerdo las historias que se cuentan en voz baja. Y compruebo que la puerta de la calle esté bien cerrada y también la del balcón

La destreza de la autora consiste en narrar las historias desde la sencillez del lenguaje y desde la misma concreción de las acciones de sus personajes: no le interesa describir de manera extensa un lugar o un suceso —a menos que sea totalmente indispensable para la trama—. Aun así, logra crear una visión verosímil sobre la atmósfera social que construye. Es así como, toda persona nacida en Latinoamérica, puede sumergirse en su narrativa, sobre todo, por la cercanía del contexto social.

A estas historias se les debe agregar el contexto social y de denuncia muy sutil que hace Enríquez. Por ejemplo, en La Hostería, donde la trama gira en torno a una venganza por culpa de los celos padre-hija, la autora permite que sus protagonistas vivan el miedo y la zozobra de la dictadura argentina, sin necesidad de retratar una atmósfera real de la misma. Es así como la historia te empieza a envolver en un ambiente de encierro y pánico sin necesidad de la obviedad. Para ello, hace uso de la polifonía del lugar, de la noche y de las visiones —muy parecido a la voz en off en de la dramaturgia—, para retratar el hostigamiento militar y la tortura a rehenes:

No quiere que los turistas piensen mal, dice mi papá, porque fue escuela de policía en la dictadura, ¿te acordás de que lo estudiamos en el colegio?
¿Qué, mataron gente ahí?
Mi papá dice que no, que Elena se persigue, que ahí fue escuela de policía nomás. (Enríquez, 2016)

En El patio del vecino y El chico sucio es donde, a mi parecer, se retrata con mayor fuerza el olvido del Estado en los barrios marginales, la pobreza extrema que recae sobre la infancia: niños[1] huérfanos sin padres ni madres, a merced de las limosnas que pueda ofrecerle la sociedad. Pero el ingenio de la autora va más allá del realismo que podría encontrar en otro tipo de textos. Ella propone una visión deprimente del mundo real con el misticismo y el mundo paranormal. Ya sea desde el sincretismo religioso, muy acorde con los ritos brasileros en torno a la protección y a la imagen de San La Muerte; o al suspenso de un ser particular con aspecto humano, pero sin la capacidad de controlar su instinto animal. El retrato que hace, en ambos casos, de estos seres masculinos —el primero, un niño; el segundo, una especie de adolescente— son muestras de la decadencia del Estado y el auxilio que la sociedad ha negado a seres que pueden ser vulnerables e inocentes, pero también despiadados e incapaces de distinguir sus límites carnales.

También toca el tema sobre la modernidad, el encierro y la obsesión con el internet en Verde rojo anaranjado, en él su protagonista se sumerge en el mundo virtual hasta negar todo contacto con el mundo real. Este es uno de los relatos que más se acercan a esta nueva era en plena crisis sanitaria, donde la instrumentalización de la virtualidad y las nuevas normas de bioseguridad están marcando una nueva forma de existir y, sin ánimo de ser fatalista, de sobrevivir.

Otro aspecto importante es el papel de la mujer en todo el compilado, esto se debe a que la mayoría de sus cuentos son protagonizados por mujeres. En ellos se abordan temáticas femeninas sin necesidad de crear una especie de falsa moralidad sobre lo que deben o no hacer las protagonistas. Es decir, no pretende tomar partido, simplemente, los y las lectoras se harán una idea sobre los hechos y sobre las historias que se narran. Existe todo un panorama temático al respecto, desde violencia de género, como en Tela de araña; la crueldad y el oportunismo femenino, como aparece en Los años intoxicados; la obsesión por la imagen física en Nada de carne sobre nosotras.

Las cosas que perdimos en el fuego

Uno de los cuentos que mayor impacto tiene es precisamente el que recibe el nombre de la antología: Las cosas que perdimos en el fuego. Enríquez parte de una imagen real: una mujer quemada que pide monedas en uno de los subtes argentinos. La figura de esta mujer, tan fuerte para la autora, es la inspiración de la historia o, en términos de Mauricio Kartún (1995), la imagen como detonador. A esto se le agregaría la impotencia y el deseo por narrar un mundo ficcional capaz de hacer justicia por mano propia, pues “Es un texto que está pensando cómo debe ser la reacción frente a esa violencia” (Enríquez, 2010).

El cuento empieza con una mujer quemada que pide dinero en uno de los subtes de Argentina. Silvina, la narradora, empieza contando tres casos de mujeres que fueron quemadas por sus parejas sentimentales. En todos los casos, los criminales culpaban a las mujeres de quedarse dormidas con el fuego cerca, es decir, todo era parte de un accidente ocasionado por la víctima. Esto empezó a ser desmentido por las mismas víctimas, quienes —a pesar de las quemaduras de segundo y tercer grado— lograron sobrevivir un tiempo para relatar la verdad de los hechos y, lamentablemente, morir.

Este inicio del relato recuerda el caso de Natalia Ponce, agredida en el año 2014 por Jhonatan Vega, quien usó ácido sulfúrico sobre Ponce. Durante los juicios y entrevistas, Vega declaraba que lo hizo pensando en que Ponce iba a asesinarlo, a modo de esquizofrenia paranoica. Afortunadamente y debido a la lucha legal de Ponce, Vega fue sentenciado el 8 de septiembre de 2016 a veintiún años y diez meses de prisión por tentativa de homicidio.

Tristemente, este es uno de los pocos casos donde se pudo hacer justicia, ya que múltiples ataques de ácido han quedado impunes y, en muchas ocasiones, el agresor también resulta ser un desconocido. Se le suma a lo anterior la violencia con armas cortopunzantes y blancas, además del incremento de casos de agresión debido al encierro en esta crisis sanitaria.

El ingenio de la autora radica en la creación de una historia donde se dé lugar a una protesta radical en contra del hostigamiento hacia las mujeres. Es así como a partir de la quema indiscriminada de mujeres por parte de sus parejas, muchas de ellas deciden agruparse para crear una secta en contra de esta violencia: Las mujeres ardientes.

El juego de palabras es propicio para toda la trama del relato, la relevancia del fuego y la quema de brujas contemporánea a mano propia. Silvina narra el momento en que la mujer quemada del subte se encuentra a las afueras de un hospital donde hay una manifestación en contra del aumento de casos:

Si siguen así, los hombres se van a tener que acostumbrar. La mayoría de las mujeres van a ser como yo, si no se mueren. Estaría bueno, ¿no? Una belleza nueva. (Enríquez, 2016)

La belleza femenina y el estereotipo

Otro tema que es importante destacar es el de la belleza femenina y la imagen del cuerpo como instrumento de dominio masculino. La mujer quemada en el subte es consciente del impacto que tiene frente a los distintos tipos de espectadores: mujeres, hombres, ancianos, niños. Estos espectadores que prefieren ver a la ventana para evitar las cicatrices y deformaciones en el cuerpo de ella, por eso, siempre busca saludar de la mano o agradecer con beso en la mejilla. La protesta ante el cuerpo perfecto y el ideal de belleza la hace por medio de la confrontación a la vista y al tacto de los pasajeros como se relata en el siguiente fragmento:

Su método era audaz: subía al vagón y saludaba a los pasajeros con un beso si no eran muchos, si la mayoría viajaba sentada. Algunos apartaban la cara con disgusto, hasta con un grito ahogado; algunos aceptaban el beso sintiéndose bien consigo mismos; algunos apenas dejaban que el asco les erizara la piel de los brazos. (Enríquez, 2016)

Luego del incremento de casos por quemaduras, las mujeres —en forma de protesta— deciden optar por crear un nuevo tipo de belleza. Algo impensable en un contexto real, pues, en la ficción son muchas las que se suman al acto de incineración como protesta contra el abuso y la agresión de género. Esta lucha por un nuevo modelo de belleza lleva a Silvina a presenciar el inicio de una nueva era del eterno femenino. Comienza la era de las Mujeres ardientes.

En paralelo con el contexto real de la violencia de género latinoamericana, cabe resaltar un fragmento de Despentes (2007) en su Teoría King Kong:

Nunca iguales nuestros cuerpos de mujer. Nunca seguras, nunca como ellos. Somos el sexo del miedo, de la humillación, el sexo extranjero. Su virilidad, su famosa solidaridad masculina, se construye a partir de esta exclusión de nuestros cuerpos, se teje en estos momentos. Es un pacto que reposa sobre nuestra inferioridad.

Y, en esta posesión del cuerpo femenino, el cuento busca narrar la lucha contra los estereotipos y contra las agresiones. En el mundo ficticio creado por Enríquez, es paradójico el accionar de las autoridades, quienes se muestran indulgentes en su capacidad para sentenciar y penalizar a los agresores. Sin embargo, en el momento en que la protesta de las Mujeres ardientes empieza a adquirir más adeptas y los casos de quemas aumentan, deciden buscar y sentenciar a las autoras intelectuales y materiales de dicha protesta: “Las quemas las hacen los hombres, chiquita. Siempre nos quemaron. Ahora nos quemamos nosotras. Pero no nos vamos a morir: vamos a mostrar nuestras cicatrices” (Enríquez, 2016).

Un cuento importante para el contexto latinoamericano y necesario para las personas que de una u otra manera se han visto involucradas en algún tipo de violencia de género. El talento de Enríquez va más allá del solo narrar; crea un escozor, una identificación con las protagonistas de su relato, con la madre de Silvina, con las Mujeres Ardientes y con la justicia poco eficiente, en la que la responsable de los actos termina siendo la víctima. Son muchos los relatos de las mujeres que han sido víctimas y que ahora deben cargar con el peso de sus cuerpos deformados, no solo como recuerdo de la impunidad de los agresores, sino como punto de encuentro de miradas y juzgamientos sociales por no encajar en el prototipo de belleza impuesta desde el pensamiento masculino: para consumir y vender.

Todas las historias creadas por Enríquez, desde la fantasía y desde su propia experiencia —como lo ha relatado en muchas entrevistas—, tienen la vitalidad del misterio, del horror, de los sucesos paranormales. Muchas de sus historias dejan abierto el final, en muchos casos, para que el mismo cuento termine creando una sensación de pánico a los y las lectoras. Imágenes crudas y fuertes, relacionadas con diferentes ritos brasileros, donde aparecen cabezas humanas sin cuerpo, violaciones, canibalismo; edificaciones con vidas propias, mujeres atormentadas y obligadas a la autoflagelación; obsesiones por el cuerpo humano, entre otros hechos que permiten darle un peso enorme a cada cuento. A diferencia de la literatura de terror norteamericana y europea, la latinoamericana lleva consigo todo un contexto de violencia cruda, donde se le puede tener miedo a seres sobrenaturales, pero se le teme, con mayor horror, a los seres vivientes.


Referencias

Canal BIBLIOTECA NACIONAL MARIANO MORENO. (21 de enero de 2019). Mariana Enriquez. Autores x autores. [Archivo de vídeo]. Youtube. https://www.youtube.com/watch?v=w4ZIq5zNYW0

Despentes, Virginie. (2007). Teoría King Kong. Traducción Beatriz Preciado. Editorial Melusina, S.L.

Enríquez, Mariana. (2016). Las cosas que perdimos en el fuego.  EditorialAnagrama. Argentina, España.

Fiscalía General de la Nación: en la calle y en los territorios. (2016). Sentenciado a 21 años y 10 meses de prisión Jonathan Vega por atacar con ácido a Natalia Ponce en su rostro. CMR/AAEA. https://www.fiscalia.gov.co/colombia/noticias/sentenciado-a-21-anos-y-10-meses-de-prision-jonathan-vega-por-atacar-con-acido-a-natalia-ponce-en-su-rostro/

Kartún, Mauricio. (1995). Apuntes de dramaturgia creativa. Teatro del Pueblo. SOMI. URL: http://www.teatrodelpueblo.org.ar/sobretodo/06_sobre_la_creacion_dramatica/kartun001.htm


[1] Me refiero a niño en masculino, pues ambos protagonistas lo son.

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Editoriales | Agosto

Confesión nonata

Luisa Fernanda Jaramillo Jaramillo
[email protected]
Estudiante de Sociología

Samuel, hasta el día de hoy me sentí verdaderamente alegre con tu muerte, pues me parecía un jolgorio digno de ser cantado: ¡mi hermano ha muerto! Ya me liberé de la culpa y del juicio condenatorio de mi conciencia, ese que me persiguió durante lóbregos años haciéndome ver como una personificación de Caín. También me liberé de las palabras, de las voces repetidas en esta cueva ósea y del ejército que se agitaba adentro. Pero hoy, al recordar tu muerte, el llanto me revienta los ojos.

Verás, la cosa va así: cuando mamá me anunció, sentada en el borde de la cama, que ibas a irrumpir en la tranquilidad aparente de mi hogar, fruncí el ceño, la miré con una rabia infantil pero segura y le pregunté: «¿por qué no abortas?». Te imaginarás lo que esa propuesta —en boca de una niña de 13 años, “bien educada” y de “buena familia”— significaba para una madre conservadora, de origen campesino y sin mayores estudios. En ese momento le vi en el rostro la intención, no solo de sacudirme una mejilla, sino también de obligarme a poner la otra humildemente arrepentida, pero no lo hizo. De inmediato, toda su rabia se rompió en un llanto diminuto y su cuerpo se encogió para abrazarte. Yo me sentí tan avergonzada que no tuve otra alternativa que levantarme y dejarla contigo y su lamento silencioso.

Samuel, esa noticia hizo que yo me sintiera desplazada como un trasto viejo. Ya papá no me balanceaba sobre sus rodillas porque mi cuerpo se había estirado, pero el tuyo, diminuto y liviano, iba a gozar de su último aliento del día. Tampoco me imaginaba a mamá cuchareando tu sopa, llevándote al parque para que le dieras maíz a las palomas o comprándote ese ridículo arroz inflado que me daban como golosina. Yo no quería tu llanto a media noche ni tus tontos juguetes regados por toda la casa, mucho menos las instrucciones de mamá sobre el orden que debían conservar los espacios.

Hay algo que debes saber: el matrimonio del que somos fruto lo hizo el abuelo motivado por el ego de su apellido. Nuestros padres aceptaron ciegamente el contrato y siguieron el mandato divino de poblar la tierra —como si ya no estuviera bastante poblada—. En el primer intento, sus ilusiones se vieron rápidamente frustradas por un accidente; con el segundo esfuerzo no tuvieron mejor suerte porque, tras una parsimoniosa espera de ocho años, ese ser es quien escribe; el tercer intento eres tú, a quien me dirijo inútilmente. Tú estabas en el séptimo mes y era la tarde de un jueves fresco, nada extraordinario. Mamá se levantó de la cama y dio dos pasos en dirección a la cocina, pero se quedó inmóvil, como si una extraña fuerza la hubiese sujetado al piso y le impidiera moverse. En ese instante una mancha roja resbaló entre sus piernas. Papá corrió con ella para el hospital; esa noche no regresaron a casa. Él llegó la mañana siguiente con el rostro poblado de sombras y con su voz llana y pesada me informó que había arreglado con el sepulturero tu entierro y que el velorio iba a ser en nuestra sala.

En ese entonces vivíamos en un tercer piso muy pequeño, ¿ves? no teníamos lugar para ti. Sin embargo, en la diminuta sala había espacio suficiente para todas las personas que acompañaban nuestro dolor: estaba papá con la mirada perdida en sí mismo; mamá con sus manos cruzadas sobre las piernas, absorta y con los ojos puestos en la diminuta caja que guardaba tu cuerpo ya formado; también estaba el dueño del inmueble, quien asistió por pura casualidad, pues era el día en que se cumplía el pago del arriendo; y yo me encontraba en una esquina, sentada en una silla de pasta blanca que me dieron nuestros padres cuando tenía cinco años y casi que sonreía abiertamente. No recuerdo si papá y mamá lloraron en el entierro, pero no hubo un desfile memorable ese día porque no era nada, porque no eras nadie, incluso el casero nos había abandonado.

Permanecimos en silencio un par de años. Tu nombre no sonaba en las escaleras, tampoco en los almuerzos y nunca lo escuché de madrugada ni en los sollozos enterrados en la almohada. Mamá y papá solo te mencionaban para acordar el día de limpieza de tu tumba y lo hacían como si estuvieran preguntando por tu control de vacunas. Nunca hablábamos seriamente de ti. Te mencionaban cada año, cuando recordaban que la hierba crece y que probablemente la lápida se había perdido de vista y con ella tu nombre. ¡Cuánto dolor me causaba ese silencio, ese pacto de olvido! Sentía una rabia de perro, casi que podría decirse que la baba me goteaba en el mentón. El enojo estaba dirigido a un extraño grupo formado por la fuerza de la naturaleza y las costumbres: a ellos, a nuestros padres y a esa niña de trece años que interpelaba un nacimiento.

En mi juventud, cuando el mundo me empezó a doler desde todos los ángulos, sobrevino una nueva alegría por tu muerte, porque tus pies no alcanzaron a tocar esta tierra esquilmada, porque el abuelo no te bañó a las cuatro de la madrugada con leche de vaca durante los primeros días de nacimiento, porque tus ojos no presenciaron la miseria, porque tu alma no conoció la bajeza y el pecado, porque no te fuiste obligado para la guerra, porque ellos no consiguieron imponerte la carga de la vida. ¡Y claro! también me alegré por mí porque me evitaste las preguntas que nunca hubiese sabido cómo responder, las que me exigirían agachar la cabeza y desviar la vista nublada del escrutinio de tus ojos.

Hoy, sin embargo, acudo a la tristeza, a sentir profunda tristeza por tu muerte. Si estuvieras aquí —perdóname, Samuel— las angustias y las preocupaciones urgentes serían de ambos. Tú también estarías dispuesto, en razón de las buenas tradiciones y del amor, a escuchar las conversaciones incesantemente repetidas en la boca de él, a asistir la rabia de ella y, de nuevo, el abandono de él. Esta soledad no sería únicamente mía, yo no sentiría el cansancio de ambos en mi propio cuerpo ni tendría que lidiar con la última voluntad de papá; esa de ser enterrado al lado de esa cruz de palo que sembró en el patio de la finca.

Yo no estaría sola preguntándole a mamá porqué deja monedas regadas por toda la casa, limones en un vaso de agua ni porqué esconde el salero. Seríamos dos conviviendo con la vejez, con los caprichos de ambos y con toda su tristeza. Estaríamos los dos despidiendo sus cuerpos cuando la muerte se aproxime para llevárselos de manera definitiva y no viviría en mi mente —como una herida profunda— la imagen de una mujer con semblante de eremita en el cementerio municipal de Jardín que abstraída mira los límites de la oscuridad definitiva, sin más presencia que la de los muertos, la de todos muertos.

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Editoriales | Agosto

Llevar un mar por dentro: lectura de «El fin del Océano Pacífico» (2020)

Mariana Valencia Giraldo
Comunicadora social y periodista

Universidad de Manizales
Magíster en Literatura

Universidad Tecnológica de Pereira
[email protected]

            El mar es lo más cercano a la perpetuidad. Con mucho afán nos hemos encargado de ponerle límites al mar para sentir que podemos abarcarlo. Todas sus fronteras ya tienen nombres y en ellas nos ubicamos a contemplar su extensión acuosa e inacabada. Permanecemos en el confín, nadamos en sus orillas o navegamos por encima de su superficie azul; pero somos incapaces de dirigirnos hacia el fondo del agua. Algo muy parecido al mar es el cielo, que es uno de los eufemismos de la muerte. Lo que parece ser nuestro fin es, más bien, la vicisitud de lo profundo, de lo desconocido, de lo eterno. Adentrarse en el mar es el destino.

            El hado guarda similitud con la condensación del mundo o de la existencia propia. Todo lo que acontece —desde el principio del universo— tiene su microcosmos en la humanidad. En El fin del Océano Pacífico (2020) de Tomás González, la existencia cabe toda en Ignacio. El libro está narrado a través de las digresiones que hace el protagonista para experimentar la humanidad, el tiempo y la familia en el recuerdo de su vida y las vidas de quienes lo rodean. Su historia es el presente. En un solo día transitan la niñez y la vejez de la mano. Ignacio dice en un fragmento del relato: «Al día siguiente, es decir hoy, otra vez salió el sol, otra vez caminaba Ester en bola por el cuarto, otra vez admiré los hoyuelos, sentí la contentura por todo el cuerpo. El sol sale de nuevo siempre, pero no siempre va a salir de nuevo» (González, 2020, p. 162); y, en ese momento, condensa la posibilidad del mañana cuando habla del día siguiente, la certeza del presente desde donde habla y el pasado inmediato en el que el sol salió para volver a salir al otro día. Siente la reiteración de su vida que se expresa ante él como una repetición que le permite anticiparse a sus emociones y a su excitación, siendo esta última tan parecida al calor del sol. Cada día nuevo será como el día anterior; todos tan parecidos a la tarde en el hospital, al único viaje al mar o a la muerte.

Antes del fallecimiento de la madre de Ignacio, esta estaba en una clínica de Medellín. Le dice a su hijo que quiere volver al Pacífico con el propósito de ver a las ballenas que llegan hasta ella en sueños. Ese deseo de su madre enferma hace que Ignacio recree los acontecimientos del viaje que aún no ha sucedido a través del recuerdo de un viaje anterior que hicieron juntos. O, tal vez, esa anécdota de su madre enferma es una imagen sacada de la memoria. Ignacio es el sujeto anacrónico del relato y en él sucede la regresión: es el reencuentro de todos los lugares, los recuerdos y los seres que lo habitan hasta el final de sus días. La interacción de Ignacio con su madre es un vaivén entre la reminiscencia y la añoranza. Después salen del hospital y se enrutan hacia el viaje que Ignacio recordará desde el lecho de su muerte, es decir, desde el Pacífico mismo. Ignacio se mueve a través de múltiples recuerdos que se confunden con el momento actual en el que vive y es por esa razón que viaja al Pacífico: tiene el afán de reencontrarse con las múltiples vidas que lo atravesaron durante su vida, en el único lugar que recoge la memoria colectiva y el recuerdo —tan extenso como el mar— de su existencia. La vida de Ignacio es el viaje al lugar en el que descubrió la finitud y allá llega a morir.

            Él se precipita en esa búsqueda sin saber qué quiere encontrar. Incluso, su madre le anticipa su destino en tres oportunidades. En ellas, le habla de las ballenas que se lanzan con saltos extendidos hasta el cielo para volar mientras las alumbra la superficie del mar. Ignacio ya no sabe si ese es un sueño, una alucinación o la premonición de la muerte. Escucharla a ella hablar de las ballenas —que las conoció fuera de su propia naturaleza— lo hace dudar de sí mismo, de su existencia y de lo que siempre creyó saber de la vida. Él guardaba del mar y de las ballenas la imagen del exterior, pero su madre tenía todos esos elementos por dentro. Se aventura a buscar allá adentro a las ballenas que salen solo en los periodos de delirio cuando su madre exterioriza el mar. En ese momento, Ignacio siente que puede retornar al interior de su madre como antes de nacer y volver a ser parte de ella.

            Nadar en el líquido amniótico es como dejarse sumergir por la placidez del mar y, por esa razón, madre e hijo eligen el más pacífico de los mares. Sin embargo, Ignacio viaja hasta el Pacífico para descubrir que a medida de que pasa el tiempo en el mar empieza a sufrir apnea. Siente el ahogo y con él la intermitencia de su existencia y la de su familia que se va pareciendo cada vez más al olvido. Va dejando atrás el interior de su madre para convertirse en ella, le hereda la meningitis y empieza a sentir que las alucinaciones son parte de la realidad. Las interacciones con los demás comienzan a ser el último recurso que le queda para sentir que está vivo, como le sucede en una de sus últimas charlas con su hermana Adriana y con Grekna:

¿Se le ofrece algo, doctor?, dice Grekna. Irme a dormir, digo, estas charlas con Adrianita son exigentes. Grekna me mira raro, como si no hubiera habido ninguna conversación con Adriana y no quisiera decírmelo. No pregunto. ¿Para qué? Si lo de Adriana es, entonces esto de Grekna tomándome del brazo no es, pero una de las dos tiene que ser, porque no estoy muerto. (González, 2020, p. 253)

            Ignacio experimenta la duda y brota de allí para existir, aunque crea que dudar es lo contrario de la existencia. La imagen selvática del Pacífico —que representa la belleza perturbada y el olvido— le recuerda a Ignacio sus emociones. Sentir el Pacífico en los pies y en los oídos —con los pies y los oídos que se parecen a los de Cristo— es recordar que vive. Por dentro tiene el límite entre la selva y el mar, y es capaz de la transmigración o la diáspora del sujeto sobre el territorio. La selva es su parte identitaria, aquello que lo devuelve a lo que siempre conoció de sí mismo y que no podrá apartar nunca; a su familia que atraviesa el espectro del tiempo para dejarlo a su suerte en el camino; a la Violencia del país; a la enfermedad sin cura; al amor.

            «Parecería ser que en momentos de crisis como este uno vuelve a sus formas anteriores» (González, 2020, p. 170), dice Ignacio; y en esa frase se le percibe como quien inicia su camino de regreso al lugar del que nace el ruido de la naturaleza, que es diferente al ruido —ya ausente— de la civilización. En la selva se acumula el ruido desde siempre y ese estrépito suena multiplicado, superpuesto. Ignacio dice que es «hermosa e inhumana» (González, 2020, p. 54) y que no deja de serlo aunque no se le mire. La selva existe porque él la escucha con el oído izquierdo, como si estuviera sentada a la siniestra de Dios. Es el escenario de la persecución y del encierro. Allá permanecerá, aunque sea ausente.

            El mar, por el contrario, es lo que resta. El mar tiene la cualidad de ignoto e invita a la búsqueda y a la pérdida. De esa forma, el mar se convierte en lo intimista. Ignacio viaja hasta el Pacífico porque quiere experimentar, desde el recuerdo, lo nuevo: las ballenas que siempre están de regreso, el otro, su profesión, la mujer suya y su padre muerto. El mar es la liturgia de la pesquisa y es, también, el encuentro y la purgación. En él puede apartarse de su única vida—que es la vida de los otros— para entenderla desde la vivencia íntima. Solo fuera de sí está el entendimiento.

            El Pacífico es la frontera en la que alguien va a situarse para ver el mar desde la orilla y preguntarse por su profundidad desconocida. Será el estanque inmenso en el que alguien se zambullirá para averiguar lo que hay y no volver porque era su última voluntad. Ignacio es arrojado al mar porque estaba condenado a la muerte. Ni con los pies de Cristo caminará sobre su superficie, sino que se hundirá sin remedio y verá que su vida vuelve a iniciar hasta acabar. Pasa la vida entera en el Océano Pacífico.

Referencias

González, Tomás. (2020). El fin del Océano Pacífico. Editorial Seix Barral.

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Editoriales | Paro Nacional

Inhumanidad en el Paro Nacional o el porqué nos quitan los ojos

Anyela Botina
[email protected]
Licenciatura en Filosofía y Letras
Universidad de Nariño

En Antropología de la inhumanidad de María Victoria Uribe (2018) se analizan las masacres que vivieron las zonas rurales de Colombia en la época de la violencia bipartidista (1946-1964), el surgimiento de las guerrillas en los años sesenta y el paramilitarismo durante las décadas finales del siglo XX. Hoy, en el estallido social que vive Colombia, es pertinente retomar el análisis de este libro para reflexionar acerca de los actos violentos que todos hemos vivido con proximidad y que nos han llevado a afirmar que la violencia que por muchos años ha vivido el campo ha dejado de ser invisible para las personas que habitan las ciudades del país.

Se ha dicho que la violencia que ha sufrido el campo no puede compararse a la violencia que hoy vemos en las ciudades por el estallido social, pero esto hace pensar que la guerra del campo es una realidad alterna y mínima al escenario que vive toda Colombia, cuando la guerra nunca ha terminado. Pues, mientras se ha intentado reparar, resignificar los territorios y buscar la verdad, siguen apareciendo muertos en los ríos, madres buscando a sus hijos desaparecidos bajo un manto de indiferencia, debido a que esta guerra tiene como mejor arma el silencio cómplice y la mirada de desprecio hacia los colombianos que habitan la periferia del país.

Para continuar con el análisis, tomo como referencia el capítulo Las masacres como síntoma social en donde la autora define el síntoma social como “una mancha inerme que no se puede incluir en el círculo discursivo” (Uribe, 2018, p. 80). Es así como la violencia en Colombia ha permeado todos los escenarios sociales, puesto que, las reestructuraciones históricas que ha vivido el país han permitido que las ciudades puedan mirar un panorama aparente de tranquilidad; mientras que simbolizar y tramitar la guerra en el campo, donde el conflicto sigue vivo y a sus anchas, es una forma de resistencia marginada que lucha en contra de la violencia, el olvido y la injusticia. Una labor más que heroica, injusta.

Las prácticas crueles que hoy se viven en las ciudades son parte del síntoma social colombiano, son el fantasma que nunca se ha ido, que acecha desde siempre en el sueño tranquilo de las personas en la ciudad y que al menos hoy miramos en todas partes, sin lograr ser indiferentes. Tanto así que podemos afirmar que las ciudades están conociendo, en una pequeña dosis, la zozobra y la incertidumbre  que por años han tenido que vivir las zonas rurales de nuestro país. O será, más bien, que por fin quisimos ver esa incertidumbre como nuestra porque siempre ha estado ahí, retumbándonos en la cabeza, pero solo la escasez, los casos de violencia que noche a noche se escuchan frente a nuestras casas o en redes sociales y que nos impide seguir con nuestra vida “normal” ya no nos ha dejado poder mirar para otro lado.

Las masacres que se viven en el campo, hoy se viven en las calles y dan cuenta de que este país ha sido y sigue siendo el país de las masacres. Estas que son un síntoma colectivo que nos impide ver la realidad social y resignificar los espacios, la cultura y el futuro que se ha normalizado en el odio hacia el pobre, el campesino, el negro, el indígena y la mujer, y que muestran la negación de un conflicto y de nuestras responsabilidades como ciudadanos.

El síntoma social en Colombia hoy se evidencia en los ataques de la fuerza pública hacia los y las manifestantes. Los casos de agresiones oculares —o como comúnmente se nombra: “sacarles los ojos”—, se consideran actos cometidos al azar e incluso son señalados como engaños o exageraciones. Prueba de esta manera de concebir las agresiones oculares es la afirmación de la senadora Paola Holguín: “dejen de llorar por un solo ojo” (Holguín, 2021). Pero estos actos no ocurren al azar, sino que son casos de violencia sistemática en contra de los y las manifestantes que van mucho más allá de ser una simple agresión y se encuentran lejos de ser un engaño.

Según la ONG Temblores, han ocurrido 65 casos de agresiones oculares en lo que va del Paro Nacional desde el 28 de abril al 31 de mayo (Temblores ONG, Indepaz y Paiis, 2021). Estos hechos son de total repudio, pues confirma que la mejor arma del estado es el miedo que se inscribe como mensajes de terror en los cuerpos y que busca, al igual que la guerra en el campo, silenciar con el fin de que estos casos queden en la impunidad y las víctimas sean cubiertas por la indiferencia social.

Esta tecnología del terror que utiliza los cuerpos como textos da cuenta de que los cuerpos de los manifestantes se deshumanizan y se expropian de su identidad. En el caso de las agresiones oculares, el ojo tiene una doble función: por un lado, dentro del campo de lo simbólico, esta parte del cuerpo humano contiene una representación ligada a nuestra humanidad y, más aún, la mirada. Es la mirada lo que nos permite reconocer al otro, es el rostro lo que nos acerca y nos humaniza, y que también puede ser un castigo y generar incomodidad cuando la mirada del otro nos increpa, nos crea conflicto y nos vigila. Además, dentro del fenómeno actual representa una gran herramienta porque, hoy en día, los medios de comunicación y las redes sociales privilegian el sentido de la vista y es por estos medios donde se han denunciado los ataques de la fuerza pública. Como también  ha sido por medio del arte plástico que se han resignificado los espacios —como las avenidas, los puentes, las estatuas— a través de grafitis, murales y monumentos que denuncian las prácticas inhumanas de la Policía y el Gobierno.

Por otro lado, las agresiones oculares son un mensaje de terror, pues se rompe con el orden simbólico del cuerpo que crea una identidad corporal ambigua que produce desconcierto e intimidación, como lo afirma uno de los testimonios de las víctimas: “el ojo se abrió en dos” (Lago, 2021). Es así como estos mensajes cumplen la función de perpetuarse en el tiempo al permanecer grabados en la piel y convertirse en una advertencia para los y las manifestantes.

Dentro de estos mensajes de guerra que se inscriben en el cuerpo, también es importante resaltar los 25 casos de violencia sexual a mujeres por parte de la fuerza publica (Temblores ONG, Indepaz y Paiis, 2021). Aunque se considere que estos delitos son arbitrarios a las manifestaciones, por el contrario, diría que dan cuenta de la lógica de la guerra, el terror y la misoginia que están presentes en nuestra sociedad; que utiliza los cuerpos femeninos como territorios de conquista, como mensajes de guerra que deshumaniza los cuerpos femeninos y los expropia de su identidad; y que vulnera el derecho de las mujeres a manifestarse.

Todos estos abusos y delitos por parte de la policía son sistemáticos y buscan generar terror en la sociedad, pero también desnaturalizar a los y las manifestantes con el fin de que haya una retirada o un debilitamiento de las convicciones y problemas que hoy nos importan a todos; pero que si todo se acaba hoy, aquellos jóvenes heridos y mujeres violentadas sexualmente, no serán más que eso, casos aislados, cifras inciertas, sin nombre. Tan solo una realidad alterna e impropia que miramos con indiferencia, que sabemos que quedará impune y que a nadie le importan. Prácticamente, una muerte en vida.

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Editoriales | Paro Nacional

Panegírico al movimiento

Rafael Eduardo Ruiz Vergara
[email protected]
Filósofo/Sociólogo
Est. Estudios Clásicos
Universidad de los Andes

Si uno se para a pensarlo bien, en toda circunstancia nos acecha el naufragio. Es cierto que no hay sepultura para el que sucumbe entre las olas.
Petronio, El Satiricón, III, 115.

En los últimos meses nos hemos podido dar cuenta, más que nunca, de que la indolencia es hermana de la ignorancia, pues se nutre de circunstancias deplorables que buscan ocultarse. Colombia se ha vuelto el escenario de los movimientos conscientes de sus habitantes frente a un estatismo político —muchas veces arbitrario— que opta por inmovilizar el querer pensar nuevas realidades. A través de una alegoría de mares, navegantes y caminantes, queremos relatar un proceso que parte de la impasibilidad e indiferencia hasta llegar al conocimiento de la realidad y al convencimiento de cambios necesarios para el país.

La profundidad

Sumergidos en océanos de discursos ideológicos y propagandísticos; permanecemos absortos ante la realidad como fósiles conservados en ámbar, perturbados —si acaso— por los vaivenes de intereses y actitudes políticas que nos mantienen atados —con los grilletes del dogmatismo— a una indiferencia hacia el otro que no piensa como nosotros. Como ciudadanos, flotamos entre algas en este claroscuro fondo marino que compartimos, espectadores de acantilados que destilan corrupción y que nos enseñan —convencidos de que así son las cosas— que los ideales políticos deben defenderse con insultos; que las desacertadas políticas de los gobiernos deben resolverse con cambios de posturas desentendidas; y que el único medio por el que debe optar el Estado para encontrar soluciones a las peticiones generalizadas es la represión.

Ante las burbujas que ascienden zigzagueantes a la superficie —muestra de la efervescencia interna de los cuerpos que pulsan por expresarse frente a las injusticias— y sin aún dar cuenta de la terrible levedad de la existencia suspendida, consideramos estas nefastas ideas (insultos, pretendidas confusiones y represalias) como axiomas, sedados por la presión que anula el pensamiento, viviendo el letargo de la zona bentónica y quizá empuñando la mano, con maravillosa lentitud, ante las iniquidades que se expresan a diario en este país.

En esta nación dispersa —sumergida en frías e inmutables aguas—, los gritos se deshacen, inaudibles frente al ruido blanco de las atrocidades de la fuerza. Aquí, donde no hay tierra, coexistimos como rocas marinas; oyendo promesas y consuelos como ecos, inmersos en desdichas y embarcados en ruinas (Eurípides, Medea, 30). Inmovilizados, damos por cierto que las lágrimas por las pérdidas —acto público de eterno valor— no son más que manifiestos llevados por corrientes al olvido, alejándonos de la imperativa acción de despertar.

Somos como las tétricas y, al mismo tiempo, bellas imágenes góticas de aquellas mujeres preservadas en cristales de la película The Black Cat (1934) del director Edgard Ulmer, con la diferencia de que nosotros estamos vivos y con los ojos abiertos. Nos ahogamos en el sopor de la espera, incólumes, observando transacciones arbitrarias de poder y atribuciones de cargos, como si de una repartición de dulces se tratase. Sin embargo, aquí no hay pasteles y mermelada, solo amargura. La cotidianidad se ha inundado bajo avalanchas de difusiones televisivas y radiales, arrastrándonos de izquierda a derecha, entre acusados y acusadores, noqueándonos. En la profundidad, reprimir es asesinar la actuación y, por esto mismo, menospreciar el significado de la política como diferencia.

La superficie

Es en el seno de esta calma acuática que los ciudadanos, al encontrar puntos de apoyo unos en otros, recuperan el aliento y, agitando la superficie del adormecido mar, inician una reacción. Fuera de esta confusión se respira el aire de una extraña libertad, se olvida el entumecimiento de la mente y se forman, por fin, opiniones propias.

Estos que han despertado, ahora nadadores, se encuentran pronto con toda suerte de islas, donde recuerdan que pueden alzarse y caminar, sintiendo el peso propio de sus vidas. El mundo que se expande es distinto, crítico por cuanto libre de grilletes, y de ellos depende que se formen caminos y se lideren procesos. Son estas personas las que comparten mensajes y crean redes de información, dan a conocer lo que sucede y cómo se vive en los lugares más apartados de nuestro país. Semejantes a inventores, construyen naves y se echan a navegar de nuevo —poniendo en riesgo sus vidas— sobre mares de incertidumbre, violentos pero de calma aparente.

Algunas de estas embarcaciones levantan mástiles y extienden velas, pero se dejan llevar por los suaves vientos de alta mar y profieren discursos sobre aquellos que antes los ahogaban. Estos navegantes son los que se han alzado en la política bajo imperios demagógicos. Se sabrá entonces que solo deseaban salvarse a ellos mismos, y así: “Al reducirla a una música ligera y vana, a una especie de entretenimiento, habéis convertido el discurso en un cuerpo sin nervio, sin vida” (Petronio, El Satiricón, I, 2).

Frente a estos, no obstante, hay otros que no comparten sus acciones e ideales y, a causa de esta misma inconformidad, no olvidan a aquellos que fueron sus puntos de apoyo. Crean y lanzan salvavidas, procuran movimientos incesantes de ondas para transformarlas en olas y, así, avivar a los sumergidos indolentes. Mientras aquellos comparten información desatendida y malintencionada, esparcida sin distinción con redes que atrapan al desprevenido; estos transmiten información específica de las realidades a través de la política como pedagogía, comprenden la singularidad de los segregados y de los excluidos, atados a lo más profundo, y se vinculan a un ejercicio de pensamiento y acción consciente de sus problemas de raíz.

Desde entonces se han reanimado millones y juntos han ayudado a los que naufragan, han encontrado a los desaparecidos que se enfrentaron, con valentía, a las fieras marinas que manejan el poder. Esta labor del líder que informa y protege es, lamentablemente, cada vez más escasa, pues no conviene a los oradores que fomentan el odio y la guerra en el país, aquellos que desean conducir a los ciudadanos de nuevo a aquella soporífera profundidad.

Como en todo, algunos de estos líderes se ven perdidos entre pruebas y desatinos, como Jasón y Odiseo; hacen frente a toda suerte de reveses, pero sus convicciones deben llevarlos a hacerse los de oídos sordos ante las distracciones de aquellos poderes tradicionales de la política que, como Caribdis, atraen y arremolinan intereses, resguardados por herencias inamovibles como aposentos de rocas. Esta es la lucha que se vive en la superficie; una en donde el sueño de la ignorancia y la vigilia de la participación se entrelazan, como si de una moneda lanzada al aire se tratase, mostrando, a veces, la cara de los ciudadanos que buscan asirse a tierra firme y, otras, el sello de los oradores que manejan la guerra creyéndose, de manera equívoca, victoriosos; pues en una nación en guerra, como hemos aprendido de nuestra historia, solo se cuentan pérdidas.

Los movimientos

De seres pensados como reales a imágenes del mar, las musas de las aguas han terminado por convertirse en símbolos que potencian y suavizan las marchas que inician con este despertar ciudadano[1]. De todos aquellos que han emergido de la perplejidad, gran parte se han visto ayudados por estas fantásticas musas, vueltas pasión e inspiración que fomentan el descubrimiento de la creatividad a través de mensajes y bailes de cuerpos que se movilizan con pendones, banderas, cartulinas y todo tipo de materiales.

Aun arrostrando penas del inmóvil pasado y poniendo los pies sobre la tierra con el fin de rectificar el significado de la política como diferencia, los nadadores, ahora caminantes, se han vuelto a escribir cartas y a transmitir videos en los que denuncian e informan. Con ello se inicia un temblor, expresión de la efervescencia de los cuerpos antes neutralizada; despiertan a los que dormitan allá a lo lejos, neutrales ante el mundo; forman un oleaje que desecha grilletes y que aumenta la agitación de un mar revuelto que cuestiona estructuras de poder que mantienen a los cuerpos en aguas templadas de la información sin crítica; sacuden la eterna quietud y nos arroja afuera; nos permiten ver, de manera conjunta, el lugar donde permanecíamos anestesiados. En las marchas que recorren al país que ha emergido, fuera de aquel mar impenetrable y confuso, se recuerda a aquellos que sucumbieron entre las olas, víctimas de choques con escollos y pináculos, lucha de cuerpos que marcharon en son de paz frente a máquinas que marcharon en son de guerra.

Por las calles, carreteras, trochas, caminos y senderos del país, la multitud avanza contra la corriente que desea tragárselos de nuevo. Esta vez hacen sentir sus gritos y cánticos, y abandonan el estatismo de la profundidad y la contradicción de la superficie. En esta tierra, Colombia, se protesta por el eterno movimiento de las convicciones.


Referencias

Eurípides. (2019). “Medea”. En Esquilo, Sófocles y Eurípides. Obras completas. Ed. Cátedra. 260-288.

Petronio. (2018). El Satiricón. Ed. Gredos

Platón. (2007). Diálogos II. Gorgias. Menéxeno. Eutidemo. Menón. Crátilo. Ed. Gredos. 339-461.

Ulmer, E., Laemmle, C & Asher, E. (1934). The Black Cat. Estados Unidos: Universal Pictures.


[1] Si de algo es testigo la mitología griega, es de la hermosa coincidencia entre los nombres de las divinidades y sus cualidades, acciones y pensamientos. No en vano, Sócrates hizo su mayor esfuerzo por explicar a Hermógenes los nombres de los dioses por la naturaleza de sus atributos (Crátilo, 396a).

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Editoriales | Paula Valencia Mosquera, in memoriam

El suspiro del recuerdo

Valentina Orozco Piedrahita
[email protected]
Estudiante de Licenciatura en Ciencias Sociales
Universidad de Caldas

Ella, desde la intimidad de su espacio, rodeada de grandes escritores que en el trazo de sus hojas la lograron cautivar, reflejó en nosotros su lado maternal, familiar y profesional. Ella, una enamorada de las letras que, poco egoísta, decidió compartir sus reflexiones y gustos en cuanto a libros, autores y experiencias a un grupo de aprendices que, cautivados por la idea de descubrir la magia de la literatura, curso tras curso, la escogían como su guía en la emocionante tarea de leer. Ella, la voz firme y la sonrisa radiante, entregando todo, abría las puertas de la curiosidad a quienes como cómplice, la buscaron para rememorar las grandes obras del ayer y del ahora, contribuyendo a transformar su forma de ver y leer y escribir.

Ella, amante de las letras, insistente en promover la expresión oral y la seguridad a la hora de expresarse verbalmente, con su carácter fuerte y presencia arrolladora, no perdía oportunidad para fomentar en sus cursos la reflexión y el análisis. on su humor sarcástico y ligeramente negro, evidenciaba su pasión al demostrar cómo a través de los libros y las letras, la imaginación y la realidad pueden ser exhibidos y contrastados. Combinando la imaginación y la razón, nos aterrizó en la realidad que la palabra escrita hace manifiesta.en medio de este cargamento de realidades e ilusiones, nos dejó un último mensaje: la vida, en su inexplicable suspiro infinito, nos enseña que los momentos construidos y albergados en la memoria son valorados en el ahora gracias a la oportunidad de haber podido experimentarlos, vivirlos y evocarlos, evidenciando cuan fuerte puede ser el impacto y la huella que una persona puede dejar en otra.

Vale la pena entonces, reconocer que el recuerdo y la esencia de su ser, aunque duela, debe hacerse desde el desapego y la libertad, aceptando y reconociendo que vivir y morir es una meta que la fragilidad de la vida nos recuerda de súbito con la explosión de la inevitable burbuja construida a lo largo del paso por la vida terrenal. Hoy la cámara se apaga con un adiós infinito, cargado de emocionalidad y nostalgia, y con el suspiro final del recuerdo de una vida que muy pronto apagó su luz. Hoy celebramos su recuerdo y su inigualable paso por este mundo, seguros de que, en las fronteras más allá de la percepción humana, se encuentra un ser derrochando magia, luz y sabiduría.

Ella…
la voz que habla,
la voz que inspira.
Mujer radiante
de presencia arrolladora.
Ella portadora de emocionalidad,
en el escenario de la vida
que le tocó bailar,
pudo comunicar lo que es
la magia de enseñar.

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Editoriales | Paula Valencia Mosquera, in memoriam

Legado

Natalia Arango
Licenciatura en Lenguas Modernas
Universidad de Caldas

Busco en los espacios físicos y palpables
en la inmensidad de la noche
y en la profundidad de los sueños
el sentido que ha partido contigo.

Pero comprendo
que no debemos explorar
en los rincones, en las esquinas
en los baúles ni en la ilusión de los relojes.

Solo podemos embriagarnos de tu memoria
para hallar tu palabra dicha, tu silencio
tu lenguaje, tu ideología
tu virtud y tu filosofía.

Construyo un monumento de recuerdos
con una figura hecha de impresiones
para escuchar tus consejos dulces y sabios
y sentir tu compañía.

Se ha ido la narradora  de los versos de Cortázar
del mundo de los sueños de Borges
de la rebeldía de Pizarnik,
la inspiradora de estas letras perforadas por la intensidad y la nostalgia.

Dejas en mi mundo
aquello que guardo con cuidado y ternura
tu experiencia vital, tus enseñanzas
y la sensibilidad de tu espíritu.

Mi querida Paula, será tu legado
el que encauzará nuestras vidas
forjará nuestro camino
y nos ayudará a conquistar nuestra humanidad.

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Editoriales | Paula Valencia Mosquera, in memoriam

Alma

Hilda Liliana Galeano Vera
[email protected]
Dinamizadora del Servicio de Investigación, Desarrollo Tecnológico e Innovación del Centro de Comercio y Servicios, SENA, Caldas.

A mi amiga del alma Paula Andrea Valencia Mosquera.

Una y otra vez reviso tus fotos;
no siento consuelo, un vacío ataca mi alma.
Te sigo viendo tan segura y capaz de resistir;
el tiempo no ayuda, solo pesa y duele en el pecho.
Hablábamos de la vida y reíamos sin cansancio.

Compartimos alegrías, sueños y aventuras;
nuestras esperanzas crecían diariamente.
Dibujamos un mundo pintado de compasión,
el peso de la desolación lo cargamos juntas…
Acompañarnos, nuestra mejor arma.

Me arrebataron tu compañía, tu presencia.
Diariamente calmar mi nostalgia procuro;
escribíamos un futuro que la adversidad interrumpió,
y que el miedo desdibujó en mi creencia.

Honrar tu memoria será mi refugio,
los colores de tu vida seguirán brillando.
Encontrarnos en la eternidad es un paso inminente…
Las flores estarán presentes,
tu ausencia abrigará por siempre mi alma.